Desde que comenzó el año, la delincuencia prácticamente no le ha dado respiro ni a los ciudadanos, ni a las autoridades que se ven evidentemente rezagadas ante las distintas formas de criminalidad que hacen sentir a los habitantes del área metropolitana que no están seguros en ninguna parte.

Publicado por: Carlos G. Martínez Gómez
El asesinato de Cristian Mauricio Chanagá, ocurrido el martes pasado en el barrio El Rocío, llevó al límite la paciencia y los nervios de los habitantes de Bucaramanga y el área metropolitana, quienes cada vez se sienten más vulnerables ante la acción de sicarios y grupos delictivos que operan con impunidad en las calles, donde ocurren asesinatos selectivos y ajustes de cuentas, que atemorizan a una población que ha vuelto a sentirse acorralada por el hampa, como lo han expresado esta semana.
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Lo que la gente está experimentando no es más que el reflejo de una cruda inseguridad que en enero pasado dejó un saldo sangriento de 20 homicidios, un rastro trágico del que solo se salvó Girón, único municipio metropolitano que no registró muertes cruentas durante este período.
Bucaramanga concentró la mayor parte de estos casos, con 12 homicidios, seguida por Floridablanca y Piedecuesta, donde las disputas entre bandas y el microtráfico han exacerbado cada vez más la violencia, con una serie de crímenes que reflejan que hasta allí se ha extendido la presencia de estructuras delictivas bien organizadas y, lamentablemente, demuestran que esos municipios también sufren por la incapacidad de las autoridades para contener su avance.
Además del caso de Chanagá, en El Rocío, el homicidio de Lewis Athagualpa Martínez Evies, un mototaxista ejecutado en la Plaza Guarín a comienzos de febrero, causó terror a la comunidad de ese sector de la ciudad, pero, aunque ya los ecos de aquella noticia suenan bajo, el hecho dejó ver que para el transporte informal la ciudad también se ha convertido en un campo de batalla que lleva incluso a acciones criminales.
Malas señales de violencia en Bucaramanga

En esta heterogénea violencia que estremece al área metropolitana, las autoridades han visto que el homicidio en Piedecuesta, de José Alfonso Rincón, en el que participó un menor de edad, deja indicios sobre un fenómeno aún más descarnado y es el reclutamiento de jóvenes por parte de organizaciones criminales, para ser usados en sus operaciones sicariales.
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Floridablanca, por su parte, siente también que una ola de hechos delictivos han ocurrido últimamente en su entorno, lo que crispa aún más los nervios de la población. Según las autoridades, varios homicidios de enero estuvieron directamente vinculados a enfrentamientos entre bandas, lo que confirma que el microtráfico y las disputas territoriales tienen en la ciudad dulce otro de sus frentes de guerra.
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Pero la inseguridad no se limita a los homicidios. Los robos y hurtos también han aumentado significativamente, lo que toca mucho más directamente la realidad de los ciudadanos. Según la Policía Metropolitana, en enero se registraron más de 200 casos de hurto a personas en Bucaramanga, con el Centro y Cabecera encabezando la lista de las zonas más peligrosas, en la que siguen varios barrios periféricos como puntos críticos. Entre las varias causas de esta situación, la falta de alumbrado público y el abandono de espacios urbanos, contribuyen significativamente a que los delincuentes operen con mayor facilidad e impunidad.
De aquí que cuando dijimos que los ciudadanos ya no se sienten seguros ni en las calles, ni en sus propios hogares, es porque las cifras de las mismas autoridades así lo muestran: el 70% de los robos ocurren en la calle, el 14% en los buses urbanos, el 10% en las viviendas, el 4% en taxis y el 2% en otros sitios. Es un balance ominoso para una ciudad que, como Bucaramanga, no había vivido una situación de inseguridad tan acentuada.
Lo que tenemos entonces, en Bucaramanga y los demás municipios conurbados, es la acción de una criminalidad que se expande y actúa simultáneamente en frentes tan diversos y perversos como el microtráfico, el sicariato o el reclutamiento de menores, lo que, sumado a la débil acción gubernamental sobre factores sociales como la falta de empleo, la carencia de una cultura de convivencia o las oportunidades de emprendimiento, llevan a la urgente necesidad de combinar la represión del delito, con programas que actúen sobre las raíces de los problemas sociales.
Respuesta integral

En conclusión, la ola de violencia que azota a Bucaramanga y su área metropolitana, y que viene en ascenso desde hace varias administraciones, expone una compleja relación de criminalidad, desigualdad y deterioro del tejido social que hacen que los homicidios, los delitos menores y la sensación de inseguridad no solo afecten la calidad de vida de los ciudadanos, sino que también representen un enigma que las autoridades aún no logran descifrar.
En todo caso, la respuesta a esta crisis debe ser integral, combinando esfuerzos operativos en materia de seguridad, con iniciativas que promuevan la inclusión social y estimulen la convivencia pacífica, de lo contrario, la espiral de violencia seguirá en crecimiento y dejará a su paso más víctimas y una sociedad cada vez más atemorizada y fracturada.
Sólo buenas intenciones del Alcalde de Bucaramanga

El alcalde Jaime Andrés Beltrán, quien hizo de la seguridad la principal consigna en su campaña proselitista, ha intentado implementar medidas para contener la ola de violencia, pero los resultados hasta ahora han sido insuficientes.
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Lo que a los ojos de los expertos significa esto es que aunque se han efectuado operativos y se ha aumentado la presencia policial en algunas zonas, la administración aún no ha logrado concretar una estrategia que enfrente exitosamente la criminalidad diaria, y mucho menos ha definido una política de fondo que actúe sobre las causas estructurales de la delincuencia.
















