Bucaramanga
Miércoles 05 de marzo de 2025 - 07:05 AM

Sobreviví a la emboscada de las Farc que dejó 16 muertos: historia de un soldado traumatizado

Tiene pesadillas. Ocurrió en un mes de marzo. Fue un ataque de las Farc y el Eln desde Venezuela. Esto es lo que no puede olvidar.

Historia de un soldado profesional y las pesadillas que vive.
Historia de un soldado profesional y las pesadillas que vive.

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Raúl se resbaló y cayó en una zanja cuando intentó correr por la trocha. Quiso sujetarse pero las manos también se le deslizaron. Cayó pesadamente en medio de la vegetación que cubría la acequia. Sus botas tocaron aquel cuerpo duro de hojas como escamas gruesas. En la caída se lastimó una pierna y aunque quiso lanzar un alarido por el dolor, se contuvo. “En medio de un combate con la guerrilla uno no puede andar gritando”, relata.

Raúl, soldado profesional, buscó apoyo en la hojarasca, que formaba un esqueleto natural sobre la zanja. En medio de la maraña respiró reposado, abrió bien los ojos y se puso en la posición de ataque que le enseñaron meses atrás en el Ejército. Adelante, subversivos de las Farc y el Eln, disparaban y lanzaban granadas a todo lo que creyeran que se movía monte abajo.

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Guerrilleros y soldados eran tostados por el sol que caía ese miércoles a las 2:30 p.m. en una loma de la vereda El Milagro, donde abundan los mosquitos, en jurisdicción de Tibú, Norte de Santander. Enormes balas hacían saltar pedazos de roca y levantaban polvo de la trocha. Los arbolitos espinosos y sedientos se quebraban como si fueran de papel. Las metralletas apuntaban hacia la parte de arriba del cerro. Los fusiles ‘raqueteaban’ por diez minutos. Luego venía la respuesta del Ejército, hasta terminar en un silencio pasmoso. Al rato otra vez la primera ráfaga... Y viceversa.

Aún lastimado, Raúl decidió esperar unos 40 minutos en la zanja hasta que el dolor de la pierna desapareciera.

“¿Para qué voy a correr más si no me puedo mover bien?”, se decía y casi por instinto sus ojos se abrían camino entre las ramas que cicatrizaban la trocha, mientras calzaba entre sus manos venosas el fusil caliente por los disparos iniciales.

Se trató de un ataque entre las Farc y Eln en Norte de Santander.
Se trató de un ataque entre las Farc y Eln en Norte de Santander.

Era su primer combate. Nunca en sus 23 años había intentado matar a alguien. Eso fue lo que menos pensó la mañana en que terminó en un camión de la Policía, tras una batida en la carrera 15 con calle 36 de Bucaramanga. Había salido de Aguachica cuatro años atrás (sin libreta militar) para Bucaramanga, en busca de mejor fortuna, pero la vida se lo trajo de repente a combatir a la espesura de Tibú, en el epílogo de una incursión guerrillera que comenzó cinco días atrás.

El domingo 17 de marzo de 2002 más de 150 guerrilleros del frente 33 de la Farc y el Eln, asentados un kilómetro adentro de Venezuela, ingresaron en zona rural de Tibú para robar 11 vehículos, cinco de ellos de Ecopetrol. Luego los incineraron en la vía a La Gabarra.

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Cuatro contraguerrillas de la Segunda División del Ejército fueron desplegadas en la vereda El Milagro, sin que se presentara contacto armado ese domingo. El oficial al mando les comunicó a sus superiores esa noche que tenía información de que las Farc habrían ingresado a territorio venezolano, donde tendrían un campamento.

La orden al otro lado del radio era la de rastrillar toda el área buscando subversivos.

El lunes fue un día calmado. El martes hubiera sido igual pero la ración de fríjoles que tomaron como alimento, hizo estragos en los estómagos de los soldados. El miércoles a partir de las 2:30 p.m., todo fue distinto.

“Estábamos a punto de alcanzar la parte de arriba de la loma. Íbamos avanzando cuando sentimos el golpe. Ellos nos encendieron a plomo y granadas...”.

Los soldados se dividieron por toda el área y respondieron a la agresión que caía de la parte superior del monte, aunque por la espesa maleza el enemigo no era visible.

Pasados unos 40 minutos de combate, Raúl decidió salir de la zanja. Sintió que su pierna le respondería. Se arrastró por la trocha y respondió al santo y seña que lo agarró por su derecha.

- ¿Alto de alto, quién está?

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- Pollo y alverja, dijo. Ha de saberse que para esta ocasión la contraseña se refería al reducido menú del día.

Raúl se acercó a cinco soldados, y se percató de lo que sucedía en la primera línea de combate. El oficial al mando envió el primer pelotón al frente, mientras la escuadra de Raúl prestaba apoyo.

“Vimos unos 15 guerrilleros que corrían. Se metían montaña adentro. La orden fue seguirlos. Coger para adelante, enfrentarlos. Eran puros pelados. Los seguimos unos 400 metros hacia arriba donde estaban los propios, los más duros de la guerrilla. En eso fue que nos sentimos rodeados. Por seguir a esa gente habíamos caído en una emboscada. Ahí comenzó la tragedia...”.

Uno de los sobrevivientes habló con Vanguardia y contó sus pesadillas. Por lo menos 200 guerrilleros lanzaron pipetas de gas por tres días contra los militares en combate.
Uno de los sobrevivientes habló con Vanguardia y contó sus pesadillas. Por lo menos 200 guerrilleros lanzaron pipetas de gas por tres días contra los militares en combate.

La emboscada y el combate contra las Frac y el Eln

La cadena de montañas y llanuras de La Milagrosa sirvieron de muro que retenía los gritos de los hombres que caían muertos, barridos de una sola ráfaga en las piernas y el vientre.

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Los fusiles sonaban. Paraban. Luego reaparecían a los pocos segundos quemando sus últimos peines de balas, en un intento de impedir la avanzada del enemigo.

“Nos encendieron a plomo, cilindro, plomo y cilindro. Eran muchos. Les dábamos bala y seguían saliendo por todos lados. Nos habían emboscado. Allá murieron muchos compañeros soldados...”.

Raúl se lanzó al piso. Respondió con el arma por el lado por donde sentía que le caía la munición y a pesar de que el miedo en esos momentos insiste en paralizar el cuerpo, “uno recuerda que tiene que controlarse. Calmarse y analizar qué es lo que va hacer. Si uno se acelera pierde el año, se lo traga el tigre”.

“Uno se enfrentaba a bala cada 10 o 15 minutos. Luego había una pausa, y volvían a comenzar las ráfagas. Ellos nos gritaban hijueputas, vendidos, chulos, ‘patiamarrados’, regalados, sapos y cuanta maricada se les atravesara en la cabeza. Se escuchaban muchas cosas que uno no entendía. En esos momentos la cabeza queda en blanco. No le dan a uno ganas de comer, dormir, no le dan ganas a uno de nada sino de disparar y salir vivo de allá. La consigna que teníamos era echar para adelante, que para atrás asustaban. Uno coge moral de los compañeros y sigue peleando...”.

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En las siguientes horas Raúl y los demás del pelotón aprendieron que los soldados profesionales, más aún si son novatos, pocas veces salen invictos de su primer combate.

Ellos aprenden que el monte no es un lugar de entrenamiento. Allá se enseña realmente a matar, a atacar como las fieras con el hocico embarrado en sangre sólo por tratar de sobrevivir.

“Uno lucha por la vida. Lo malo es que aquí en la ciudad no saben eso. A veces al soldado lo tratan mal, la gente no sabe lo que uno pasa allá. No es como en las películas. Allá no se escucha nada. A veces se veía cómo ellos perdían terreno. De nuestro lado algunos resistíamos de las heridas…”.

Recostado a un lado de la trocha, Raúl y sus compañeros tomaban lo último que quedaba de sol. Iban a ser la seis de la tarde. Tomaban aire sin hablar, mirando entre los árboles secos que tenían al frente. Descansaban un rato del combate aunque el corazón les saltara en el pecho y el estómago quisiera aflojarse.

Así, cubiertos por esos árboles, fueron recuperando fuerzas sin terciar palabra, esperando que las balas dejaran de sonar al otro lado. Pero no fue así, porque estalló una granada.

Dirán que fue Dios, la suerte o la mala puntería de uno de esos guerrilleros. A unos siete metros de donde Raúl se protegía, había caído una granada de mortero 60 milímetros y una esquirla le pegó en la pierna derecha a Raúl, que con una mano trataba de contener el chorro de sangre.

“Llegó un enfermero, me puso unas gasas y seguí en el combate. No me dolía para nada, después, cuando me llevaron al dispensario, me agarró el dolor...”.

“Esa noche nadie cerró los ojos. Cuando oscureció dejaron de caer cilindros, pero uno veía las granadas. Me sacaron al otro día en helicóptero por estar herido, pero el combate duró tres días. La mayoría de los que íbamos en pelotón allí llevábamos poco tiempo en el Ejército.

A Cúcuta, donde fue atendido Raúl, llegaron los cadáveres de los hombres del Ejército caídos en combate.

En la acción 12 soldados resultaron heridos.
En la acción 12 soldados resultaron heridos.

“Yo no los vi por estar hospitalizado, pero allá nos dijeron que algunos tenían heridas de fusil y machete. Que los habían encontrado sin botas, sin arma, sin uniformes. Que la guerrilla se los había robado. Dijeron que los de la contraguerrilla que mandaron primero habían quedado heridos y que en la noche llegaron los guerrilleros para rematarlos. Que para no hacer ruido los mataron a machete. Les tiraban el sablazo en la cara o en donde cayera”.

Raúl asegura que “a raíz de esa emboscada, tomé la decisión de no seguir más. Pedí la baja y me la dieron. Ya me había salvado de morir de milagro y no quería más guerra. Dios me había librado una vez de morir y no quería volver a estar así...”.

Las noches siguientes Raúl vio a sus compañeros de batalla revolverse toda la noche intentando dormir, escuchando en sus sueños sapos y chicharras, sobresaltándose con los ladridos de los perros afuera, rememorando en pesadilla la imagen del combate.

“Muchos soldados quedaron traumatizados. Ellos vivían callados, nerviosos, en terapias. No podían dormir pensando en esa mierda. Esas cosas nunca se olvidan, pero siempre se callan”.

Al fin y al cabo por más que intente olvidar lleva consigo ese combate. Todos esos muertos que el cielo mudo en la selva contó. Desde entonces Raúl supo que ya nada sería igual que antes, porque el tiempo del dolor había empezado.

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