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Martes 22 de abril de 2025 - 11:17 AM

Historia de un desactivador de bombas en Santander

Esta es la reveladora historia de un técnico en explosivos que debió reemplazar a uno de sus compañeros, desintegrado por un cilindro bomba en Barrancabermeja. Durante diez años le plantó cara a la muerte, desactivando artefactos que podían estallar en cualquier segundo.

Esta es la reveladora historia de un técnico en explosivos que debió reemplazar a uno de sus compañeros, desintegrado por un cilindro bomba en Barrancabermeja, Santander. Fotos: Vanguardia
Esta es la reveladora historia de un técnico en explosivos que debió reemplazar a uno de sus compañeros, desintegrado por un cilindro bomba en Barrancabermeja, Santander. Fotos: Vanguardia

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1997. Aunado al sopor real del clima, el Magdalena Medio, y en especial Barrancabermeja, hervía. Las gigantescas teas de la estatal petrolera atraían, como abejas al panal, a tuberos, soldadores, obreros, maquinistas, contratistas, tal como desde sus inicios, como ha sido siempre desde que, en 1918, la Tropical Oil Company, de Estados Unidos, puso sus ojos en las tierras bermejas que hacían gárgaras con el crudo que tiznaba el barro. Por eso buscó horadarle el alma, trajo sus machín machón y empujó la creación del ‘municipio millonario’ en 1922, cuando comenzó a rugir aquella ciudadela de hierro.

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La ‘miel’ del oro negro convocaba actores sociales de diferentes índoles: prostitutas, camioneros, pescadores, guerrilleros, paramilitares, bandas criminales, micro y narcotraficantes. Claro, policías, militares, para tratar de contener, controlar... presencia del Estado, que llaman. Cóctel perfecto para sorbos de muerte.

Primero se escuchó y se sintió el efecto de los carteles del tubo, que agujereaban el poliducto a costa de vidas; cuando menos, una mano, un brazo o un dedo amputado por la fuerza del chorro de la arteria rota, cuyo néctar se evidenciaba después en las calles de las comunas, a costos irrisorios frente al precio del galón oficial. Y por ese mercado, muerte. Todos querían su parte, todos sabían y todos lo sufrían.

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A veces ni la escafandra ese traje de máscara que más parece de buzo que de desactivador— sirve de nada, porque uno enfrenta con pocos elementos el proceso, guardando los protocolos que nos han enseñado. En esa época no se hacía lo de ahora, que hacen estallar los paquetes de manera controlada.

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Fueron cinco disparos —no una explosión— los que lo enviaron directo a la nómina de pensionados por salubridad de la Policía. Hoy, con 54 años, añora su trabajo. Foto: Vanguardia
Fueron cinco disparos —no una explosión— los que lo enviaron directo a la nómina de pensionados por salubridad de la Policía. Hoy, con 54 años, añora su trabajo. Foto: Vanguardia

La gasolina y los demás hidrocarburos se convirtieron en parte esencial de la sopa que lleva a la producción de cocaína, más rentable para la activación de los emporios cocaleros del sur de Bolívar. Y más muertes por el control.

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Poco a poco, la presión subía, hasta que aparecían modos cada vez más letales y ‘efectivos’, por su dureza, para obligar a ceder a quien se tuviera que ‘apretar’, de un lado u otro.

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Ya habían reventado en el escenario nacional los carrobombas de los narcos, cuyos zumbidos eran ‘aplaudidos’ por los vidrieros cuando los oían avasallando ventanas, cornisas, fachadas y todo a su paso.

‘Optimizaron’ la muerte

Con la idea maniquea de la efectividad letal, los grupos armados buscaron la forma de mejorar la carcajada de la muerte: desarrollarla igual de efectiva, pero menos voluminosa, fácil de transportar, con elementos más criollos, como los cilindros. Ya las FARC los hacían volar con rampas en el sur del país, hasta que estalló el primero en las comunas del puerto.

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Las balas no cesaban. Ese año, después de una noche interminable, los paramilitares que integraban una escuadra franquiciada de las Autodefensas —que acá llamaron Autodefensas Unidas de Santander y el Sur del Cesar (Ausac)—, lideradas por Guillermo Cristancho Acosta, alias ‘Camilo Morantes’, advirtieron con sangre y lamentos lo que habría de convertirse en la dolorosa estratagema del terror: ejecutando masacres indiscriminadas con asesinatos sistemáticos que parecían aislados.

El 19 de marzo, un grupo de ocho hombres que se transportaba en una camioneta sin placas por el centro de Barrancabermeja asesinó a cuatro personas con armas de largo alcance.

Este hombre extraña el sonido del radio, la tensión del llamado, la adrenalina en la punta de los dedos. Pero sobre todo, vive para contarlo. Y lo hace sin nervios. Foto: Vamguardia.
Este hombre extraña el sonido del radio, la tensión del llamado, la adrenalina en la punta de los dedos. Pero sobre todo, vive para contarlo. Y lo hace sin nervios. Foto: Vamguardia.
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De Héctor Fabio solo hallaron parte de uno de sus talones, el arma de dotación —una pistola Jericó— y algunos fragmentos de su humanidad adheridos: restos de su cuero cabelludo... Su compañero lo vio desintegrarse.

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Acribillaron a Climaco Martínez, de 48 años, frente a su esposa, en su casa cerca al parque Aguas Claras. Después, el tour criminal recorrió el barrio La Granja, donde asesinaron a tres pela’os entre los 18 y los 23 años.

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Fue la carta de presentación de las Ausac y el primer capítulo de una funesta historia escrita con sangre.

Su presencia la ‘justificaban’ porque —lo hicieron saber— los muertos eran supuestos auxiliadores del ELN y las FARC. Se presumía que la guerrilla tenía fuertes bases sociales desde la década de los sesenta en el llamado puerto petrolero santandereano.

Entonces, los recipientes ideados por Walter Snelling para envasar gas licuado de propano, GLP, a presión, mutaron. Se volvieron armas de guerra no convencionales. Alcanzaron la ‘perfección’ para el martirio, el exterminio.

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Llegó ‘Garfield’, el desarmador de bombas

Pero también llegó la contraofensiva. La Policía ya había advertido la persecución contra los técnicos en explosivos, convertidos en punta de lanza para mermar el efecto devastador de las bombas. Estallaban por doquier. Las dejaban en cajas, las enviaban a domicilio a víctimas que no cedían a las extorsiones, o las ubicaban estratégicamente en locales comerciales, el blanco favorito.

Desde Bucaramanga solicitaron a la Dirección Central de la Policía la preparación urgente de expertos. Para ese año, con poco menos de 26 años y un curso ‘flash’ de cuatro meses, fue asignado un joven agente a quien en las filas conocían como “Garfield”.

Se había estrenado hacía poco en dos escenarios: uno en el barrio Zapamanga, donde dejaron una ‘caja bomba’ que descartaron rápidamente; y luego, una bomba panfletaria en una calle de Piedecuesta.

—Esa sí era de verdad. Lo más asombroso es que un niño la pateó varios metros y, gracias a Dios, no pasó nada. La desarmé. Esa fue mi primera vez —contó con una sonrisa socarrona, entre dientes. Parecía más de vergüenza que de orgullo. Quizá porque “no era de alta jerarquía”. Hasta que lo llamaron desde el Puerto Petrolero.

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—Cuando me iba para allá casi siempre mi familia sabía… bueno, en realidad ellos conocían de mi trabajo, pero poco les decía hacia dónde viajaba. Pero cuando se trataba de Barrancabermeja, siempre me demoraba. Eso allá estaba complicado de verdad. A los compañeros les tocaba combatir antes de que yo pudiera cumplir con la desactivación de alguna bomba, porque las dejaban bien armadas. Y ese día fue muy duro. Uno de mis dos compañeros de allá tuvo que ver cómo desaparecía el agente González Betancurt, Héctor Fabio.

25 años después de trasegar por el Nororiente del país desactivando explosivos, encontré al agente “Garfield”, pensionado, vive para contarlo.
25 años después de trasegar por el Nororiente del país desactivando explosivos, encontré al agente “Garfield”, pensionado, vive para contarlo.

La voz se le torna solemne, pausada. Hasta se podría decir que le dolía.

González Betancurt era técnico antiexplosivos de la Policía Nacional, adscrito a la Sijín de Barrancabermeja, pero fue llamado a la zona de Cinco Estrellas, en el corazón del municipio, donde la guerrilla había dejado un cilindro con una carga capaz de arrasar todo en un radio de por lo menos 200 metros.

La investigación precisó que el experto murió a causa de una detonación que prácticamente desintegró su cuerpo, cuando manipulaba —sin ninguna medida de protección— un cilindro bomba utilizando una contracarga.

“Garfield” dice que tal vez tenía algún tipo de sensor de movimiento, porque los dos agentes que llegaron al sitio lo movieron para evitar más estragos. Pagaron con su humanidad.

En la primera fase, aquel agente desactivó el temporizador electrónico colocado en el artefacto, en plena zona comercial y bancaria de Barrancabermeja, pero se percató de que el cilindro tenía un gran poder y que contaba con otros sistemas de activación. Entonces decidieron retirarlo a un lugar apartado, para hacerlo explotar de forma controlada y así proteger a cientos de ciudadanos.

Lo hicieron. Se subieron a una pequeña camioneta oficial y se movieron unos metros… hasta que se escuchó el estallido ensordecedor.

De Héctor Fabio solo hallaron parte de uno de sus talones, el arma de dotación —una pistola Jericó— y algunos fragmentos de su humanidad adheridos: restos de su cuero cabelludo... Su compañero lo vio desintegrarse.

El dictamen forense anexado al proceso de reclamación de la familia, por haber enviado al agente con las mínimas herramientas de protección, indicaba que fue una “muerte instantánea con desaparición del cuerpo. Encontraron solamente parte de una de sus extremidades inferiores, aproximadamente a 20 metros, en campo abierto, así como su arma de dotación, tipo pistola Jericó. También fueron encontrados fragmentos de su humanidad en un diámetro aproximado de cien metros a la redonda…”.

Agrega el documento que “el agente Héctor Fabio González Betancurt fue llamado a desactivar un cilindro bomba del ELN de alto poder y con varios sistemas de detonación, por el solo hecho de su idoneidad personal y preparación, sin otra alternativa, pues la falta de elementos técnicos no podía ser superada y el riesgo de una explosión y de una tragedia mayor era inminente. (…) No se infiere que la víctima incurriera en un descuido”.

De ninguna manera. “Garfield” asegura ahora, a sus 54 años, que los mueve un acto de altruismo, patriótico y, sin temor a dudas, mal pago.

—Ahí no caben descuidos, créame. Cuando uno le planta cara a estos aparatos, está tranquilo, sin nervios. El miedo se ha perdido de tanto desactivar la muerte. Uno no piensa en morir, porque la verdad, si lo hace, es probable que ocurra algo por desconcentración. Cuando se nos entrena, siempre tenemos en cuenta tres escenarios, no hay nada más: coronarlo, salir herido, mutilado o muerto... No hay más.

Pensar en la fatalidad desconcentra

—A veces ni la escafandra —ese traje de máscara que más parece de buzo que de desactivador— sirve de nada, porque uno enfrenta con pocos elementos el proceso, guardando los protocolos que nos han enseñado. En esa época no se hacía lo de ahora, que hacen estallar los paquetes de manera controlada. Yo recuerdo que desarmé todo lo que me dejaron por hacer. En Simití desactivé no menos de 30 bombas en un momento; en Barrancabermeja, incluso ese día, debí terminar lo que Héctor Fabio no pudo.

Lo quiso, lo añora

Tenía por lo menos 25 años que no veía a “Garfield”. Ha cambiado poco, quizá se ve más ‘señor’, calmado, con menos frenesí, con menos nerviosismo. Tiene más cabellos plateados en su barba rala, en sus ensortijados churcos. El día en que me lo encontré, esperaba a su esposa de manera paciente, desprevenido, en una parada de bus de la carrera 33 con calle 49, frente al Club Unión. No ha perdido el ‘recelo’, eso que se siente cuando alguien te mira:

—¡Periodista! ¿Ya no se acuerda de mí?

—¡Claro que sí, “Garfield”!

Era él, el desactivador de bombas, el que le plantó cara a la parca durante casi una década, el que añora la adrenalina, el que dice sin temor que lo volvería a hacer, el que no le teme a nada, porque de tanto desarmar explosivos, se le extravió el miedo.

Irónicamente, cinco impactos de bala que horadaron su humanidad en un combate en San Vicente de Chucurí lo enviaron directo al sistema pensional por sanidad hace 20 años. Con las bombas... cero nervios, aún.

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