En la sección de ‘Bucaramanga, Ayer y Hoy’, evocamos la historia del almacén que ‘descubrió’ en 1957 el autoservicio y nos trajo el encanto de la promoción del ‘Bara...TÍA’. Veamos:

En la esquina de la carrera 15 con calle 36, donde hoy vivimos el estrés y el agite diario del flujo vehicular del centro de Bucaramanga, existió hace muchos años una famosa tienda, llena de estanterías de madera, vitrinas repletas de artículos al detal, cachivaches, gelatinas de colores y con el perfume persistente del café recién molido y la música de promoción.

Hablamos del TÍA, aquel almacén que transformó la manera de comprar en Bucaramanga y que, durante décadas, fue testigo de historias cotidianas, meriendas, ferias escolares y descuentos tan recordados que popularizaron el lema: ‘¡Bara...TÍA!

Corría el año de 1957 cuando Tiendas Industriales Asociadas, TÍA, abrió sus puertas en la capital santandereana. Lo hizo con una propuesta que, para la época, resultaba revolucionaria: el mostrador abierto.
A diferencia de las tiendas de mediados de siglo, donde el cliente debía pedir lo que necesitaba y esperar a que se lo entregaran, en el TÍA los bumangueses podían tocar, mirar, husmear, comparar y decidir si compraba o no. Algo común en la actualidad, pero novedoso entonces.
Sí, había un aire moderno en recorrer sus pasillos. En el segundo piso vendían los hoy conocidos ‘corrientazos’; las empanadas y papas rellenas, acompañadas de Hipinto, tan grandes que podían durar toda la vuelta al almacén; y en el rincón de los juguetes convivían los ‘yo-yo’, las pelotas de caucho con letras en relieve y las maras que hacían reír a los niños con su rebote impredecible.
El primer TÍA se instaló en el antiguo local del otrora almacén ARO y, desde entonces, se convirtió en punto de encuentro. Las mujeres, con falda bajo la rodilla, medias veladas y zapatos negros, eran los rostros amables de las cajas registradoras. El maquillaje de ellas debía ser discreto: base suave y labial claro.
Los hombres, en cambio, trabajaban en bodega, tras bambalinas del comercio y solo subían a las vitrinas en caso de algún trabajo ‘pesado’.

Muchos recuerdan con cariño cómo, afuera del local, los fotógrafos callejeros capturaban momentos y entregaban un recibo para reclamar la foto dentro de la tienda. En aquellos días, hasta una imagen hacía parte del ritual de ir al TÍA.
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Allí se conseguía de todo: cremas Ponds, jabones Spree, polvos Bardot, cuadernos Cardenal, chocolate en cajas y papel higiénico ‘barato’.

Cada stand tenía clasificada su mercancía, aunque toda revuelta y acomodada en cajones.
El tiempo fue su mayor ‘enemigo’, porque el TÍA se aferró a su estética original de cajas registradoras marrones que crujían al marcar, letreros hechos a mano con marcador azul y rojo, ropa empacada en plástico y colgada bajo carteles blancos con letras rojas. Y como no se renovó, los nuevos formatos comerciales llegaron con pasos más veloces. Lo que alguna vez fue símbolo de modernidad empezó a parecer detenido en una vitrina del pasado.
El 23 de noviembre de 2017, el almacén cerró sus puertas para siempre. La cadena anunció su retiro, dejando una estela de nostalgia. Hoy, el TÍA ya no está, pero su memoria sigue intacta entre quienes alguna vez entramos a curiosear, a comprar lo del día o simplemente a perderse entre los recuerdos.
El TÍA no fue solo un almacén: fue parte del corazón céntrico de Bucaramanga; un lugar en donde la ciudad aprendió a mirar, a elegir, y, sobre todo, a recordar.

















