Conozca la historia de un club que vivirá para siempre en la memoria de Bucaramanga.

Suele pasar que los lugares más entrañables se construyen mirando al cielo, pero con los pies en la tierra. La verdad es que muchos de ellos nacen del deseo profundo de compartir la vida y de tener un rincón propio donde soñar con algo mejor.
Así fue el origen del Club de Profesionales de Bucaramanga, una idea sencilla y luminosa que brotó entre amigos, a finales de los años 50, cuando a muchos jóvenes, a pesar de sus títulos, se les cerraban las puertas de otros clubes más tradicionales.
En nuestra sección del recuerdo Bucaramanga, Ayer y Hoy, evocamos con cierta nostalgia esa época en la que cerca de 50 hombres decidieron abrir su propio espacio de sano esparcimiento. Se hizo sin alardes, como quien se sienta en la sala de una casa para conversar.

Primero fue una casona en la carrera 27 con calle 34, y luego -en 1966- el club echaría raíces definitivas en la calle 44 con carrera 34. Desde entonces, por más de cinco décadas, fue un punto de encuentro cálido, sencillo y fraterno, donde bastaba con ser profesional para pertenecer.

El club fue creciendo con sus miembros: llegaron la piscina, la bolera, el turco, los salones, los billares y con ellos también llegaron las historias.
Allí se aprendían cosas que no enseñaban en la universidad: bailar sin miedo al ridículo, brindar con los amigos, enamorarse sin protocolos, en fin... La vida se celebraba con ternura y sin excesos, como en las inolvidables Fiestas de Rojo y Negro, donde todos se vestían con esos colores como si el ritual mismo protegiera los buenos recuerdos.

Para muchos, era el lugar donde se vivían las primeras borracheras, las primeras conquistas, los primeros bailes aprendidos a punta de ensayo y corazón. Pero también era el refugio sereno donde los abogados hablaban con los ingenieros, los médicos con los economistas, y donde una copa podía convertirse en un puente entre saberes.
En una de las crónicas del ayer se recuerda que Hernán Hernández, uno de sus socios más fieles, decía que el club funcionaba porque todos daban algo de sí: unos, conocimiento; otros, dinero; otros, experiencia; pero todos, sin excepción, ponían el alma.
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No todo fue fácil. En los años 70, una reforma tributaria casi lo deja sin aliento. Se fueron más de 300 socios de un solo golpe. Pero los que se quedaron lo sostuvieron como se aferran los recuerdos más queridos: con terquedad, con manos solidarias, con el convencimiento de que ese lugar no podía morir. Y no murió, al menos no del todo.
Y es que el Club Los Profesionales de Santander hizo hasta lo imposible para seguir ofreciendo a sus afiliados una variada gama de espacios para el esparcimiento: áreas de restaurante, un salón para espectáculos, cuatro pistas de bolos, además de zonas húmedas como turco, sauna y jacuzzi, entre otros servicios.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la asistencia fue disminuyendo y el número de socios inscritos cayó de forma gradual, hasta que el deterioro se hizo evidente.
¿Qué ocurrió? Contaba Nelson Pinto, quien fungía como representante del club, que la causa principal fue el cambio en las dinámicas sociales y la forma en que las nuevas generaciones se relacionan con este tipo de espacios.

En 2016 se escribió la última página de este club. Incluso, por causa del abandono en el que quedó la edificación, el lugar terminó convirtiéndose en un punto crítico para el vandalismo y la inseguridad. Vecinos del sector aseguraban que lo que antes fue un distinguido club, ahora era visitado con frecuencia por personas en situación de calle, quienes lo usaban para consumir sustancias psicoactivas, refugiarse o, en algunos casos, como sitio de paso para cometer hurtos.
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Hoy, a casi diez años de su cierre definitivo, lo que queda es el recuerdo. En el terreno donde alguna vez sonaron carcajadas, brindis y música, se levantará un nuevo edificio. Pero quienes alguna vez cruzaron sus puertas saben que allí hubo algo más que columnas y paredes: hubo una comunidad, pertenencia, alegría y empuje. Porque fue un club donde ser profesional era también tener con quién celebrar la vida.
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Allí ya no se realizan fiestas ni hay socios, ni porteros o celadores que saluden en la entrada; en el lugar se ven residuos de construcción y maestros u obreros dispuestos a levantar una nueva mole de cemento.
Pese a ello, el espíritu del Club Los Profesionales sigue vivo en las memorias de quienes lo habitaron y lo visitaron. Porque hay lugares que, aunque cierren, siguen abiertos para siempre en la memoria y el corazón de una ciudad como Bucaramanga.


















