Porque hay historias que no pueden olvidarse. Porque hay mañanas -como la del 29 de julio de 1967- que despiertan a gritos y marcan para siempre la vida de nuestra tierra.

El 29 de julio de 1967 todos los santandereanos de esa época afrontaron una sacudida tan profunda que se instaló en la memoria colectiva como una grieta imposible de sellar.
Y es que así amaneció Bucaramanga aquel día trágico. Eran las 5:24 de la mañana cuando la tierra comenzó a estremecerse, como si algo en las entrañas del planeta se hubiese quebrado de golpe.
Fueron 30 segundos de pánico, tal y como se lee en las portadas de la entonces Vanguardia Liberal. Medio minuto de estruendo y confusión que bastó para que el miedo se esparciera como una ola sobre calles, techos y almas.
Los reporteros del diario salieron, cuaderno en mano, a recoger los escombros del alma de una ciudad que todavía no entendía lo que había vivido.

Tenía apenas unas semanas de haberse posesionado el joven alcalde Jaime Trillos Novoa cuando le tocó enfrentar lo que muchos consideraron una prueba de fuego: un temblor de magnitud 6.8, con una profundidad de 161 kilómetros, cuya furia sacudió no solo a Bucaramanga, sino a todo Santander y a buena parte del país.
Las estructuras emblemáticas de la capital, como la Catedral de la Sagrada Familia, el edificio Turbay y el antiguo colegio El Pilar, mostraron sus heridas en forma de grietas y fragmentos de yeso esparcidos en el suelo.
La ciudad, entonces más pequeña, se enfrentó de golpe con su fragilidad. Los barrios populares vieron cómo sus casas se resquebrajaban, cómo los techos se desplazaban y las paredes se rendían al movimiento de la tierra. Se calcula que al menos el 20 % de las viviendas populares sufrieron daños.
Los ingenieros hablaron de construcciones viejas, materiales inadecuados y falta de mantenimiento. Pero para los habitantes, la explicación era más simple y más brutal: la tierra les había cobrado una deuda impagable.
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Sin embargo, el mayor dolor no se sintió en Bucaramanga. En Betulia, un municipio que aún vivía al ritmo pausado de la provincia, el temblor fue devastador. El 80 % de sus edificaciones quedaron inservibles. Las casas -algunas de bahareque, otras de tapia pisada- colapsaron una tras otra. La gente durmió en la plaza pública, bajo el cielo que, al menos esa noche, no se movía.
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Allí, en medio del polvo y el silencio posterior al caos, los mayores escarbaban entre las ruinas lo poco que quedaba, y las campanas de la iglesia, mudas por primera vez, parecían guardar un luto silencioso.

Fue en Betulia donde el sismo dejó una cicatriz más honda: física, emocional y espiritual.
En total, ocho personas murieron en Santander, 16 más resultaron heridas en Bucaramanga y las pérdidas económicas alcanzaron los cinco millones de pesos de la época, una cifra que hoy puede parecer menor, pero que entonces representaba un duro golpe para una región que apenas comenzaba a modernizarse.
Hoy, casi 58 años después, recordamos que el sismo del 67 no fue solo un movimiento telúrico; fue una llamada de atención, un hecho que partió en dos la historia reciente del departamento. Fue también un punto de partida para empezar a pensar en el riesgo, en la prevención y en la necesidad de construir con memoria.















