Miguel Humberto Castellanos, concejal de Puente Nacional, cuenta cómo la política lo llevó de la veeduría ciudadana a soñar con un municipio de mejores vías terciarias, turismo ecológico y educación para los jóvenes.

Publicado por: Redacción Cultural
A las tres y media de la mañana, en la vereda Popoa Norte, el frío cala los huesos y el lodo se pega a los zapatos como si no quisiera soltar. Miguel Humberto Castellanos Archila recuerda a esos niños, algunos aún con sueño, otros en brazos de sus padres, caminando durante horas para llegar al colegio porque el puente colapsó. No había paso. No había transporte. No había respuesta. Él tampoco era concejal aún. Era un veedor ciudadano con una libreta en la mano, una indignación bien plantada y una pregunta insistente: ¿y ahora qué hacemos?
Fue ahí, dice, donde entendió que la política no era discurso, sino acción. “Lo que más nos marcaba era ver a esos jóvenes que querían estudiar y tenían que levantarse a las tres y media de la mañana para caminar dos o tres horas porque no tenían transporte escolar. Eso le da a uno motivación para trabajar”. En ese momento la indignación se transformó en camino: la acción popular interpuesta con apoyo de la comunidad logró que se construyera el puente. Y a él le dejó una certeza: la política debía medirse en soluciones concretas, no en aplausos.
Miguel habla con la velocidad de quien tiene mucho que decir y poco tiempo para adornarlo. Hoy es concejal de Puente Nacional, un municipio en el suroccidente de Santander con 27 veredas, una historia ferroviaria olvidada y una topografía que va del páramo al calor húmedo de los cultivos. Nació y creció allí, entre las montañas que sus abuelos eligieron para echar raíces. “Puente Nacional es lo más grande que tengo en mi vida, porque aquí crecí, me formé y aquí mis abuelos hicieron su vida. Es un municipio verde, pujante, lleno de historia, con todos los pisos térmicos, desde el páramo de Guantiva-La Rusia hasta el calor húmedo de los cultivos. Eso lo hace maravilloso y lo evoca a uno a seguir engrandeciéndolo”.
Recuerda que a mediados del siglo XX Puente Nacional fue símbolo de progreso: cinco estaciones de tren, ferrocarril y autoferro, el Hotel Agua Blanca como primer hotel colonial construido con recursos públicos. “Ese desarrollo se detuvo, se congeló en el tiempo, y nuestra tarea es retomarlo y llevarlo más allá”, asegura.
Su primer contacto con la política fue familiar. En 2007, su padre se lanzó al concejo, y Miguel, entonces adolescente, repetía los discursos de Horacio Uribe como si fueran canciones. “Ese fue mi primer escenario político. Los recitaba en el carro con mi papá. Al principio parecía un juego, pero en realidad fue un entrenamiento”. De esos años le quedó también la herencia de una tradición: “Mi familia siempre fue galanista, y ese antecedente me dio las bases para querer trabajar en lo público”.

Después vendrían los ejercicios de veeduría ciudadana, el Consejo de Juventud y finalmente la curul en el concejo municipal. Esa transición, confiesa, fue un aprendizaje intenso: “En la veeduría uno solo vigila cómo se ejecutan las cosas. En el concejo es distinto: uno toma decisiones, aprueba presupuestos, prioriza recursos. Y ahí uno entiende que no todo se puede resolver porque los recursos son limitados y las necesidades son muchas más”.
Una de sus obsesiones son las vías terciarias. No porque sea un tema técnico, sino porque lo escucha una y otra vez en las veredas: los campesinos no piden internet ni parques, piden caminos para sacar sus productos. “El campesino lo único que pide son vías, no pide absolutamente nada más”, dice sin rodeos.
Pero también se rebela contra la política de la promesa fácil: “Todos prometen arreglarlas, pero nadie plantea cómo. Si son 800 kilómetros de vías terciarias y seguimos alquilando maquinaria, nunca lo vamos a lograr. Hay que pensar en comprar equipos, en tomar decisiones que den frutos no solo hoy sino mañana. Ese es el tipo de persistencia que necesitamos los jóvenes: no ser efervescentes como en una marcha, sino construir a largo plazo”.
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Ese pensamiento estratégico se fortaleció en su paso por Lideremos, un programa de formación de liderazgo en el que, según dice, aprendió lo más difícil para un santandereano: escuchar. “Nosotros somos echados pa’lante. Queremos algo y lo buscamos como sea, pero pocas veces escuchamos. En Lideremos entendí que liderar no es imponer una razón, sino construir consensos desde la palabra. Esa lección nunca se me va a olvidar”.

Para él, escuchar significa entender que los jóvenes no deben luchar solo para el presente, sino para sentar precedentes que transformen el futuro. “Las decisiones no se toman al hoy, sino al mañana. Y como juventud debemos pensar en eso: en organizar a nuestros municipios para que los que vengan encuentren mejores herramientas”.
Cuando se le pregunta cómo sueña a Puente Nacional en 10 años, no habla de grandes obras ni slogans de campaña. Habla de lo que ha visto en los ojos de la gente: mejores vías terciarias, turismo ecológico como motor de ingresos y educación como base de todo. “Yo no quiero que los jóvenes se queden aquí por falta de opciones, sino porque quieran transformar su propio territorio. Veo un Puente Nacional donde el turismo ecológico nos dé ingresos, donde las vías estén en buen estado y donde la educación sea el pilar para que nadie tenga que irse obligado”.
Y deja un consejo para quienes apenas piensan en dar el salto a la política: “Lo primero es conocer el territorio. Solo así se pueden construir propuestas reales, no sueños vacíos”.
Miguel sabe que hay cosas que no se olvidan. Como esa vez que un puente caído le mostró todo lo que hacía falta construir. No solo en la carretera, sino en la forma de hacer política.














