¿Se acuerda? Los niños, aunque querían ‘pasar en vela’, eran enviados a dormir temprano

La Navidad de antes en Bucaramanga tenía un encanto que hoy se recuerda con una mezcla de nostalgia y cariño. Era una época donde la música se escuchaba desde temprano, con los tocadiscos puestos en las puertas de las casas y los vecinos conversando mientras sonaban los coros navideños. La gente se quedaba despierta hasta la madrugada sin afán, disfrutando de las noches frescas y del ambiente alegre que se armaba en cada cuadra.
Los niños, aunque querían ‘pasar en vela’, eran enviados a dormir temprano. Los papás les decían que si no cerraban los ojos, el Niño Dios no iba a llegar. Y ellos, entre sueño y emoción, terminaban rindiéndose. Más tarde, los padres escondían los regalos debajo de la almohada o a un lado de la cama, cuidando que nada se saliera de lugar.

La mañana siguiente era una fiesta por sí sola. Apenas amanecía, los niños corrían a la calle con sus juguetes nuevos. Se escuchaban risas por todas partes, bicicletas estrenándose, muñecas mostrando sus vestidos y pelotas rebotando en las aceras. Era un desfile infantil que todos esperaban.

En aquellos años no existían los celulares ni los mensajes instantáneos. Lo más parecido a un “Feliz Navidad” escrito era un telegrama o las tarjetas decembrinas que se enviaban por correo y que luego se colgaban en el árbol. Ver la letra de un ser querido en una tarjeta era un regalo en sí mismo.

Las calles de Bucaramanga tenían su propio brillo. Los bombillos de colores se encendían desde temprano y en las cuadras colgaban tiras de papel o plástico que bailaban con el viento. Muchos recuerdan con cariño el primer árbol iluminado del Parque Santander, donde los fotógrafos trabajaban sin descanso tomando registros familiares.

El pesebre se armaba solo desde la noche del 15 y la madrugada del 16 de diciembre. Las familias buscaban ramas secas para construir chamizos, que luego los niños decoraban con papeles de colores, algodón y luces sencillas. Cada casa tenía su propio estilo, pero todos compartían la misma ilusión.

Antes, la Navidad era más espiritual. Se sentía una fe tranquila, sencilla, que no necesitaba grandes cosas para expresarse. Las misas de gallo se llenaban, y en cada hogar se rezaba la novena con devoción, aunque a veces los villancicos se desafinaran entre risas.

La pólvora también hacía parte de la celebración. Los totes, las chispitas Mariposa, las martinicas y los cohetes llenaban las noches de ruido y humo. No existían tantas reglas como hoy, y aunque no todo era seguro, era parte del paisaje navideño que muchos evocan.
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Las fiestas se vivían en la calle. Los vecinos sacaban las sillas, compartían asado, brindaban con aguardiente o vino y se pasaban de casa en casa dejando una copita como saludo. La música no paraba y más de uno veía el amanecer sin darse cuenta de la hora.

No faltaban los juegos de aguinaldos, las visitas a los pesebres de las iglesias, los paseos por los parques iluminados y, claro, el tradicional año viejo esperando la quema. La Navidad era un motivo para juntarse, para conversar, para reír y para sentir que nadie estaba solo.

Hoy, las celebraciones han cambiado. Muchos pasarán la Nochebuena pendientes del celular o compartiendo fotos al instante. Y claro, todavía seguimos oliendo el tamal, seguimos recibiendo regalos y hasta seguimos bailando los nuevos arreglos de los 50 de Joselito.

Aun así, como dicen los abuelos, “la Navidad de antes era más alegre, más devota y más familiar”. Y puede que hoy todo sea más rápido, más comercial y más tecnológico, pero lo cierto es que el espíritu navideño sigue ahí, esperando que lo vivamos a nuestra manera. Porque, aunque los tiempos cambien, los recuerdos siempre encuentran la forma de volver cada diciembre.
















