El Centro de Bucaramanga cae en oscuridad, miedo y abandono nocturno.
Cuando la noche cae sobre el Centro de Bucaramanga se da una ‘metamorfosis’ que, si bien es parecida al caos que se vive de día, resulta ser una transformación más inquietante. Lo que durante el día es comercio, tránsito y voces, al anochecer se convierte en un territorio donde la penumbra parece tener el control. Las luces de varios postes no encienden, y las sombras se adueñan de cuadras enteras.

En las esquinas, las bolsas de basura se acumulan sin que nadie las recoja. Algunas han sido rotas por animales o por personas que buscan entre los desechos algo útil o algo que vender. El olor es penetrante. A pocos metros, un hombre envuelto en una cobija improvisada se acomoda sobre un cartón. “Aquí uno se acostumbra a todo, incluso al miedo”, dice en voz baja, sin revelar su nombre.

Más adelante, en una cuadra, un taxista observa con cautela antes de avanzar. “Después de las nueve de la noche esto cambia completamente. Uno recoge carreras, pero con cuidado, porque ya han atracado a varios compañeros”, asegura Óscar, quien lleva quince años trabajando como conductor. Señala una esquina donde, según dice, los delincuentes aprovechan la oscuridad para acercarse sin ser vistos.
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Las puertas entreabiertas de algunas viviendas dejan ver movimientos discretos. Son casas de lenocinio que, según vecinos, funcionan desde hace años. La música suena en bajo volumen, pero suficiente para delatar su presencia. “Esto se llena de gente extraña, carros que llegan y se van rápido. Nadie controla nada”, afirma Marta, comerciante del sector, quien cierra su negocio antes de las seis de la tarde. “Antes uno podía quedarse un poco más, ahora no. El miedo lo saca a uno corriendo”.
En otras cuadras, pequeños grupos permanecen reunidos en las aceras, consumiendo drogas sin ocultarse. El humo se mezcla con el aire pesado de la noche.

Algunos observan fijamente a quienes pasan, otros simplemente permanecen ausentes, atrapados en su propio mundo. “Uno evita mirar, evita pasar cerca. Aquí cualquier cosa puede pasar”, cuenta Javier, un vigilante privado que trabaja en un edificio cercano. Dice que ha visto robos, peleas y persecuciones.
Las pocas personas que aún caminan por la noche en El Centro lo hacen mirando hacia todos lados, con la urgencia de quien sabe que no debe quedarse. El sonido lejano de una motocicleta acelera los nervios. Nadie se detiene más de lo necesario.

Cuando la noche avanza, El Centro respira un desorden que no necesita anunciarse para sentirse. Es un territorio que resiste, pero que también advierte. Quien lo cruza lo sabe: aquí la noche es sinónimo de riesgo. Y mientras las horas pasan, queda la sensación de que este corazón urbano, que alguna vez latió con fuerza, hoy sobrevive entre sombras, esperando que alguien vuelva a encender la esperanza que la oscuridad parece haber apagado.















