Hoy evocamos el ayer de El Centro, el sector donde comenzó a escribirse la historia urbana de Bucaramanga.
Por el corazón de las calles empedradas de El Centro corría una pequeña quebrada que arrastraba las aguas lluvias y residuales de la naciente Bucaramanga. Aquella corriente partía en dos las vías y les daba un aire rústico, casi rural, a un sector que con el tiempo se convertiría en el epicentro urbano.
Una de esas arterias era la actual calle 37. Los cronistas cuentan que allí se levantaban las casas de las familias más acomodadas, en una época en que el prestigio se medía por la cercanía a la plaza y al poder local. Las noches se iluminaban con lámparas de arco voltaico, cuya luz blanca y vibrante acompañaba el paso sereno de los vecinos.
A comienzos del siglo XX, el lugar aún conservaba el aliento colonial. Las viviendas lucían techos de teja de barro, muros de tapia pisada, caña brava y acabados sencillos que hablaban de otro tiempo. Eran construcciones levantadas con las manos y los saberes de la tierra. Cada fachada era una página de historia; cada zaguán, un relato familiar.

Por aquellos días, desde lugares hoy desaparecidos como Puerto Botijas o Puerto Santos, llegaban recuas de mulas cargadas de mercancías. Entraban por las calles polvorientas rumbo a los almacenes, dinamizando una economía que comenzaba a tomar impulso.

El paisaje urbano se completaba con el pintoresco acueducto de las tres B —Bobo, Barril y Burro—, un sistema elemental pero eficaz que llevaba agua a los hogares de la población de aquel entonces.
En el entorno de la plaza funcionaban chicherías y guaraperías como La Socorrana y Las Delicias, donde el bullicio popular marcaba el ritmo de las tardes. Y en la calle 33, entre carreras 13 y 14, se levantaba el recordado Hotel Santander, más cercano a una fonda colonial que a un hotel moderno: con posada, potrero y un singular aire hospitalario.
Pero el tiempo, implacable y transformador, llamó a la puerta. La actividad productiva y comercial que creció con fuerza en la primera mitad del siglo XX atrajo nuevas manos, nuevas familias y nuevas necesidades. El Centro comenzó a expandirse y a cambiar su fisonomía. Las viejas calles se ensancharon hasta convertirse en avenidas; el sonido de los cascos de mula fue reemplazado por el tráfico vehicular; las familias pudientes migraron hacia otros sectores y El Centro emprendió cambió.

Edificaciones más altas sustituyeron a muchas casonas coloniales. El comercio ganó terreno, la vida administrativa se consolidó y el sector se convirtió en punto de encuentro obligatorio para todos.
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Aun así, entre el concreto y el asfalto, sobreviven huellas del pasado: las palmas del tradicional Parque García Rovira continúan elevándose como testigos silenciosos, y todavía se conserva la casa donde se hospedó Simón Bolívar.

Hoy, El Centro se reconoce como un espacio donde convergen comercio, trámites, memoria y cotidianidad. Ya no es el mismo de las quebraditas ni de las lámparas de arco voltaico, pero tampoco ha perdido del todo su alma. Se ha transformado, sí, a veces con dureza, a veces con nostalgia.














