Cuando el agua era punto de encuentro: memoria y abandono de la fuente del Parque Santander. Hoy evocamos a la pileta de los recuerdos: auge, caída y olvido de un ícono bumangués.

Hubo un tiempo en que el centro de Bucaramanga vibraba al ritmo de una fuente hexagonal que le dio una mirada distinta al Parque Santander, entre las calles 35 y 36 con carreras 19 y 20.
Esa pileta, desde finales de los años 60 y comienzos de los 70, devolvía al cielo su reflejo y a los bumangueses una razón para quedarse un rato más en el centro.

La idea de adecuarla fue de la Compañía del Acueducto, bajo el liderazgo de la Secretaría de Planeación de entonces, la cual estaba a cargo de Gonzalo Romero Mantilla.

Tenía forma hexagonal, sencilla y armónica, como si hubiese querido dialogar con las líneas republicanas que rodean lo que alguna vez se conoció como la ‘Plaza Belén’.

Sus chorros no eran ostentosos; eran constantes, frescos, casi musicales, y amenizaban a una ciudad que empezaba a expandirse. Esa pileta, para quienes vivieron esa época, ofrecía una pausa.

Carlos Hernández, visitante frecuente del Parque Santander, recuerda que “la pileta fue un éxito inmediato. Decir que se convirtió en un ‘hit’ no es exageración: todo el mundo quería una fotografía allí. Familias enteras posaban los domingos después de misa; parejas jóvenes sellaban promesas bajo el murmullo del agua; niños perseguían palomas mientras el sol se quebraba en diminutos arcoíris”.

Durante más de cuatro décadas, la fuente fue punto de encuentro, fondo de retratos y brújula urbana. Tenía, además, un hechizo particular: “Nos vemos en la fuente”, bastaba decir.

Los artistas también la adoptaron. Pintores la retrataron en óleos donde el centro parecía más luminoso y amable. Dibujantes la evocaron como símbolo de una Bucaramanga que crecía sin perder del todo su aire provinciano. La pileta dejó de ser concreto y tubería para convertirse en memoria compartida.
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¡La dejaron abandonada!
Pero el tiempo -y el abandono oficial- empezaron a “secarla”. La falta de mantenimiento la fue apagando, al punto de que el agua dejó de correr con la misma alegría; las baldosas se agrietaron y la noche trajo sombras menos románticas.

En los años más duros, hacia la década de los 90, el abandono oficial la dejó convertida en baño público de habitantes en situación de calle. Aquella estructura que había sido orgullo ciudadano comenzó a doler.
En 2010 llegó la sentencia: el mítico hexágono fue demolido como parte de trabajos de adecuación. Se prometió una transformación acorde con los nuevos tiempos. Pero, como tantas promesas politiqueras, jamás revivió.

La nueva propuesta quiso ser contemplativa, incluso pedagógica, con un guiño a la conciencia ambiental y al debate sobre el aumento de la temperatura global. Más tarde, otro rediseño apostó por una estética más “moderna”, casi futurista, con la idea de chorros que emergerían desde el piso.
Pero algo se quebró en el camino. Aunque las conexiones hidráulicas permanecen bajo la superficie -como raíces que se niegan a morir-, la fuente nunca volvió a funcionar como tal.
El espacio terminó convertido en una plazoleta seca, amplia, correcta, pero muda. Donde antes el agua templaba el calor y la prisa, hoy el concreto absorbe el sol sin decir nada.

De manera paradójica, mientras Bucaramanga presume el dinamismo del Parque del Agua, el viejo Parque Santander guarda silencio en su centro.
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La fuente que acompañó a varias generaciones durante décadas ya no canta. Y en ese silencio hay una pregunta que flota, incómoda: ¿por qué no recuperarla? ¿Por qué resignarnos a una plazoleta cuando aún laten las tuberías bajo el suelo?
Tal vez no se trate solo de activar unos chorros. Creo que es un asunto de memoria, de identidad, de reconciliarnos con ese pasado en el que el centro era lugar de encuentro y no de paso apresurado. Porque la fuente no era únicamente agua: era escenario de historias mínimas que hoy sobreviven en álbumes familiares y en conversaciones de café.
Le propongo algo: si usted conserva fotografías antiguas en la fuente del Parque Santander -imágenes donde aparezcan sus padres, sus abuelos, usted mismo con pantalones cortos o vestido de domingo-, compártalas. Envíelas a este correo: eardila@vanguardia.com

Porque tal vez, al reconstruirla en imágenes y recuerdos, Bucaramanga encuentre razones para que el agua vuelva a correr en el lugar donde aún, aunque no se vea, sigue esperando.
















