Esta es la historia de un encantador pensionado de Ferrovías quien, a sus 79 años, se ha dedicado a hacer réplicas de las locomotoras del ayer. Veamos:

Don Luis Gabriel Guerrero Ríos cierra los ojos y, por un momento, parece que el tiempo retrocede. En el silencio de su casa, en el barrio Mutis, y a sus 79 años, vuelve a escuchar el rugido metálico de aquellas locomotoras de vapor que alguna vez atravesaron el país. En su memoria todavía pasan aquellos trenes de lujo que salían cargados de historias, pasajeros y sueños.

Este hombre guarda en su memoria los años de la época dorada de los antiguos Ferrocarriles Nacionales, entidad en la que trabajó durante más de veinte años y de la cual se jubiló en 1991.
Creció en un tiempo en el que los rieles eran destinos. De niño, su fascinación era tan simple como profunda: contar los vagones: “Me quedaba parado al borde de la estación mirando pasar el tren”, recuerda con una sonrisa que parece haber estado guardada durante décadas.

“Enumeraba los vagones y hablaba con los maquinistas porque quería ser uno de ellos”. Con los años, ese deseo infantil encontró su camino. Luis Gabriel, natural de Barrancabermeja, terminó trabajando entre locomotoras y el orgullo de formar parte de aquellos hombres que movían al país sobre rieles de acero.
Para él, el tren no era solo un medio de transporte: era una forma de vida. En aquellos días, el corazón ferroviario latía con fuerza en el Puerto Petrolero, donde trabajadores y viajeros se reunían después de cada jornada. En el Café Madrid también estaba el Club Ferroviario, las mesas llenas de historias y los tintos que se enfriaban mientras las conversaciones seguían rodando, como vagones interminables.

“Cada pasajero traía una leyenda”, dice Don Luis Gabriel. “Uno aprendía a escuchar. El tren no solo llevaba gente, también llevaba la vida de cada quien”.
Hoy, ya pensionado y con los años caminando despacio, Luis Gabriel vive en el barrio Mutis. Pero la distancia no ha logrado apagar ese viejo silbido que lo acompaña desde niño. Quizás por eso, cuando la nostalgia apretó más fuerte, decidió hacer algo singular: reconstruir su tren.
Con paciencia de artesano y memoria de ferroviario, diseñó una réplica de aquellos vagones que marcaron su vida. No es una locomotora de museo ni una reliquia guardada bajo vidrio. Es un pequeño tren que vuelve a andar, a su manera.
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“Yo quería verlo otra vez aunque fuera pequeño y aunque fuera solo un recuerdo”, dice.

A veces lo saca a las calles del barrio Mutis. Los vecinos se detienen a mirarlo, los niños preguntan y el viejo ferroviario vuelve a contar las historias de cuando los trenes cruzaban Colombia como largas serpientes de acero.
Cuando puede, incluso lo lleva hacia el norte de la ciudad, como si buscara repetir aquel recorrido que alguna vez conoció de memoria en el Café Madrid.
Pero su historia con los trenes empezó mucho antes. En 1957, cuando el general Gustavo Rojas Pinilla gobernaba el país, cada niño recibió una locomotora de cuerda como obsequio. Era un juguete sencillo, pero cargado de simbolismo: el tren representaba el futuro de una nación que creía en los rieles como camino hacia el progreso.
“Ese juguete fue mi tesoro”, recuerda Luis Gabriel. “Yo no sabía que unos años después el tren verdadero se detendría cerca de mi casa… y que algún día yo terminaría diseñando uno”.
Durante décadas, los trenes siguieron pasando. Hasta que un día dejaron de hacerlo. Luis Gabriel recuerda bien ese momento. Fue en 1991. La bandera roja ya no volvió a ondear y el humo de las locomotoras se desvaneció.
Los rieles comenzaron a cubrirse de polvo y óxido. Lo que había sido símbolo de unión y movimiento terminó convertido en silencio.
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La empresa se liquidó y, con ella, también terminó la vida laboral de miles de ferroviarios, entre ellos la de Don Luis Gabriel.
Pero hay cosas que no desaparecen con los decretos ni con el paso del tiempo. Hoy, sobre la vieja estación de su memoria, permanece ese pequeño tren que él mismo diseñó. No es solo una réplica: es la suma de sus años, de sus viajes, de las conversaciones en el Café Madrid y de los días en que el país parecía avanzar sobre rieles.
Su locomotora en miniatura es, quizá, una forma de resistencia contra el olvido.
Antes de despedirse, el pensionado de Ferrovías vuelve a cerrar los ojos. Guarda silencio unos segundos, como si escuchara algo que los demás no alcanzan a oír: “Todavía escucho el silbido”, dice con voz tranquila. “Algunos dicen que es el viento, pero yo sé que es el vagón. El tren todavía pasa, aunque sea en mis recuerdos y en mi barrio Mutis”.















