¿Estamos en la ciudad de los ‘malos pasos’? Para el transeúnte, caminar por Bucaramanga no es tarea fácil.

El ciudadano de a pie sale de su casa con la intención de hacer una diligencia, tomarse un café, ir a la oficina, encontrarse con un amigo o, simplemente, caminar un rato para despejar la cabeza. No pide grandes avenidas ni calles de lujo. Apenas espera encontrar una Bucaramanga por la que se pueda transitar sin sobresaltos, donde poner un pie delante del otro no represente una aventura de ‘alto riesgo’.
Pero basta recorrer unas cuantas cuadras para descubrir que la calle esconde más de una trampa. Entonces, el trayecto se convierte en una prueba de equilibrio, atención y buena suerte. Porque en la capital santandereana, a veces, caminar es exponerse a dar un mal paso.

Una de las ‘emboscadas’ puede aparecer en el Paseo del Comercio, donde las baldosas desajustadas y deterioradas obligan al peatón a mirar permanentemente hacia el suelo. Quien camina distraído, conversa por celular o lleva la mirada puesta en un almacén puede terminar con un pie torcido, sufrir una caída aparatosa o recibir un golpe que le amargue el día.
Hay que calcular dónde pisar, esquivar desniveles y buscar el siguiente punto firme. Lo que debería ser un recorrido tranquilo se parece más a una carrera de obstáculos. Y no se trata de exagerar: un paso en falso puede traducirse en una lesión o una incapacidad.
En otras zonas, la escena cambia, pero el peligro persiste. Alcantarillas sin tapa y ‘baches’ en las redes de servicios públicos aparecen por doquier, convertidas en trampas para el caminante desprevenido. Basta imaginar a una persona que sale del trabajo, a un adulto mayor que avanza con dificultad o a un padre que lleva a su hijo de la mano para comprender la dimensión del problema. Un hueco puede pasar inadvertido hasta que el pie queda atrapado o el cuerpo pierde el equilibrio.

¿Quién responde cuando alguien termina en el suelo? ¿Quién se ocupa de señalizar, reparar y proteger estos puntos antes de que ocurra una desgracia? Mientras llegan las respuestas, el peatón sigue poniendo el cuerpo.

En el centro histórico de Bucaramanga, los bolardos tumbados o destruidos también hacen parte del inventario de obstáculos. Aquellos elementos que deberían ordenar el espacio público y proteger determinadas zonas terminan convertidos en piezas torcidas, fragmentos de concreto o estructuras que estorban el paso.
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A esto se suman los hierros retorcidos que sobresalen en algunas vías, como si la ciudad hubiera dejado a medio recoger los restos de una obra. El caminante debe sortearlos con cuidado, mientras los andenes, en ciertos sectores, son tan angostos que apenas permiten el paso de una persona. Cuando dos peatones se encuentran de frente, alguno tiene que hacerse a un lado y exponerse a la calzada o a cualquier otro peligro. En esas condiciones, la movilidad peatonal deja de ser un derecho que debería ejercerse con comodidad y seguridad para convertirse en un ejercicio de supervivencia cotidiana.
Y si el suelo amenaza los tobillos, el cielo tampoco ofrece garantías. De los postes de las redes de servicios cuelgan cables sueltos, incluidos los de internet, que forman marañas difíciles de ignorar y plantean interrogantes sobre el mantenimiento y la seguridad de la infraestructura.

En la calle 35, entre carreras 9 y 10, los techos de algunas casas viejas parecen ‘pedir auxilio’: sus estructuras deterioradas dan la impresión de estar a punto de desplomarse. El peatón pasa por debajo y, aunque desconozca la historia de esas edificaciones, no puede evitar mirar hacia arriba. ¿Habrá que esperar a que caiga una teja, se desprenda una parte de la cubierta o suceda un accidente para que alguien intervenga? La prevención debería llegar antes que los escombros.

El panorama se completa con el mobiliario urbano arruinado, los elementos que han perdido su función, las superficies desniveladas y los rincones que parecen haber quedado por fuera de cualquier plan de mantenimiento.

Bucaramanga exhibe así una colección de pequeños abandonos que, sumados, terminan por afectar la vida diaria de miles de personas. El problema no consiste solamente en que las calles se vean feas o descuidadas. Está en que una baldosa suelta puede hacer caer a alguien, una alcantarilla destapada puede provocar una lesión grave, un bolardo destruido puede convertirse en un obstáculo y un techo inestable puede representar una amenaza para quienes transitan debajo. Son riesgos concretos que afectan especialmente a los adultos mayores, las personas con discapacidad, los niños y quienes deben desplazarse a pie porque no tienen otra alternativa.

Y sí, muchos ciudadanos ya han vivido estas situaciones: un tropiezo, una torcedura, una caída inesperada o ese susto que queda grabado después de estar a centímetros de terminar en el suelo.
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Cada quien conoce a alguien que se ha lastimado en una acera en mal estado o ha tenido que cambiar de ruta para evitar un hueco. Sin embargo, esos episodios suelen quedarse en la conversación familiar, la queja entre vecinos o el comentario indignado de quien regresa a casa con un raspón. Mientras tanto, la trampa urbana permanece en el mismo lugar, a la espera de su siguiente víctima. El ciudadano común no debería tener que caminar con la vista fija en el pavimento ni vivir pendiente de lo que puede caerle desde un techo. Una ciudad digna se reconoce también por la seguridad que ofrece a quienes la recorren a pie, sin afanes y sin miedo.
Al final, el recorrido deja una pregunta inevitable: ¿cuántas de estas trampas urbanas podrían corregirse mediante inspecciones oportunas, mantenimiento constante y autoridades dispuestas a escuchar a sus habitantes?

La solución comienza por reconocer que el espacio público no es tierra de nadie y que cada baldosa rota, cada cable colgante, cada alcantarilla sin tapa y cada estructura deteriorada merece atención antes de que ocurra un accidente. Por eso, la invitación está abierta a los lectores: si en su barrio, en el centro o en cualquier calle de la ciudad encuentra una trampa urbana, cuéntela, describa el lugar y, si es posible, aporte una fotografía que permita identificarla.
Envíe su denuncia al correo eardila@vanguardia.com. Entre todos podemos ayudar a poner estos ‘lunares negros’ en evidencia y reclamar una ciudad en la que salir a caminar no sea una apuesta contra el peligro. Porque nadie debería terminar en urgencias por culpa de un mal paso que pudo evitarse.















