Ambientada en la Sevilla del siglo XVII, Malnacida, de la escritora santandereana María Sanguino, sigue a María Isabel, una joven aristócrata cuyos sueños revelan conocimientos sobre mitologías sumerias, egipcias y judeocristianas. La protagonista deberá enfrentarse a una pregunta: ¿está perdiendo la razón o conoce algo que los demás no pueden comprender?

Publicado por: Redacción Cultural
El problema no es solamente lo que sueña, sino todo aquello que parece saber: en la Sevilla del siglo XVII, María Isabel, una joven de familia aristocrática, comienza a tener sueños que no sabe cómo explicar. En ellos aparecen conocimientos relacionados con mitologías sumerias, egipcias y judeocristianas; imágenes y referencias que, poco a poco, empiezan a salir de sus noches para instalarse también en sus delirios.
Y esto es muy peligroso porque nuestra protagonista vive en una época donde estos conocimientos en una mujer generan sospecha y puede acarrearle, incluso, la muerte. Por supuesto, María Isabel comienza a ser observada de otra manera: la persiguen, sospechan, y entonces llega la encrucijada: ¿está perdiendo la razón o en realidad sabe algo que otros no comprenden?
Ese es el punto de partida de Malnacida, la novela de la escritora santandereana María Sanguino, una historia atravesada por secretos familiares, linajes, miedos heredados y el descubrimiento de una mujer cuando se reconoce a través de la mirada de quienes la consideran extraña.
Detrás de la novela hay años de lecturas, preguntas religiosas y una fascinación por aquello que durante siglos se ha considerado prohibido. María creció, cuenta, en una familia “bastante religiosa, bastante católica”, y desde pequeña le causaron curiosidad preguntas sobre Dios, la creación, el bien y el mal.
A esas inquietudes se sumó luego la literatura.

Mary Shelley y Frankenstein, Bram Stoker y Drácula, y más adelante Charlotte Brontë y Jane Eyre dejaron una huella en su manera de leer y, después, de escribir. El gótico le ofrece un territorio donde podía hablar del miedo y del monstruo replanteando lo que por años han sido en la superficie.
“Me apasioné por el tema de poder representar las experiencias como lo son el dolor y el sufrimiento a través de figuras como lo terrorífico, lo horroroso”, explica Sanguino sobre su relación con el género.
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En Malnacida, esa monstruosidad tiene cuerpo de mujer.
María Isabel se reconoce a sí misma como una “mujer bestia” que observa qué pasa cuando alguien construye su identidad a partir de lo que los demás ven en ella y cuando esa mirada externa es también en una voz interior: “La mujer que es un monstruo es la mujer a la que los demás le han dicho que es un monstruo y se lo empieza a creer”, dice.
Por eso, aunque la novela ocurre varios siglos atrás, la escritora insiste en que sus conflictos no están completamente lejos del presente y la muestra son las propuestas estéticas recientes, tanto en la literatura como en el cine y la música, de la rabia femenina, históricamente asociada con el control hacia la mujer y esa rebeldía contra la dominación.
La novela también se acerca a otro asunto que ha interesado a la escritora durante su formación: el amor y, particularmente, la manera como ha sido representado para las mujeres.

En uno de sus trabajos universitarios investigó el amor romántico y comenzó a preguntarse por qué tantas figuras femeninas de la literatura han vivido el amor desde el sacrificio, el sufrimiento o la pérdida. Menciona, por ejemplo, a Ofelia, cuya historia termina atravesada por la muerte, mientras el imaginario masculino de otras épocas encontraba en el amor al héroe que iba a la guerra y regresaba pensando en su amada. En Malnacida, el amor tampoco es necesariamente una salvación: puede ser una condena.
La religión ocupa otro lugar importante. La iglesia aparece incluso como parte central de la imagen de la portada y María Isabel cuestiona la institución religiosa. Para Sanguino, esa tensión surge de su interés por revisar el papel que las instituciones religiosas han tenido en distintos procesos de control y exclusión y a su vez, explica parte de la estética de la novela: el negro, el blanco y el rojo, la silueta de una mujer ocupada por formas ornamentales, una iglesia, cartas y un rosario. Hay flores, calaveras y manchas rojas: religión, secretos, herencia, muerte.
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De alguna manera, ocurre lo mismo con María Isabel. Es una mujer construida entre lo que heredó, aquello que le enseñaron, las prohibiciones de su época y la manera en que otros deciden nombrarla. Bruja, loca, monstruo.
















