Una gran jornada solidaria se vivió ayer en el barrio Luz de Salvación. Allí, las manos amigas de la Fundación Mujer y Hogar restauraron viviendas para mejorar las condiciones de vida de los vecinos de ese popular sector. Entre los hogares beneficiados estuvo el de la familia Mancipe Jerez, donde Nancy Jerez fue protagonista. Esta es su historia:

La casa de la familia Mancipe Jerez estaba a punto de colapsar. Era una humilde construcción de tablas, de esas que parecen sostenerse más por la esperanza de quienes las habitan que por la firmeza de sus paredes.
Según Nancy Jerez, ama de casa y protagonista de esta historia, “cada vez que el cielo se nublaba y llegaba un aguacero, sentíamos el temor de quedarnos a la intemperie. El agua se filtraba, el techo no ofrecía garantías y la tranquilidad de tener un lugar seguro donde resguardarnos era, para mi familia y para mí, un sueño cada vez más lejano”.
Sin embargo, hay historias en las que la solidaridad llega justo cuando más se necesita. Y ayer fue uno de esos días. En el barrio Luz de Salvación, la familia de Nancy comenzó a escribir un capítulo diferente. Su vivienda recibió una brigada de restauración que, durante toda la jornada, recuperó los espacios que el tiempo, las lluvias y las dificultades habían deteriorado.
Lo que antes era motivo de preocupación comenzó a convertirse en un hogar con mejores condiciones, donde dormir sin miedo a la lluvia y permitir que los sueños volvieran a echar raíces.
Porque una casa no son solamente cuatro paredes y un techo. Es el lugar donde crecen los hijos, se construyen recuerdos y una familia encuentra protección. Para los Mancipe Jerez, recuperar su vivienda significó mucho más que reparar una estructura: fue recobrar parte de la seguridad que tantas veces les había faltado.
Esta historia no es un hecho aislado. Ayer fueron restauradas dos viviendas y, según el balance oficial, este tipo de intervenciones sociales ya suma 14 casas recuperadas.
La iniciativa hace parte de una apuesta por la dignidad humana que impulsa la Fundación Mujer y Hogar, bajo el liderazgo de su presidenta, Omayra Nelly Buitrago Bohórquez, quien ha convertido la solidaridad en una herramienta para transformar realidades y abrir caminos de esperanza a quienes más lo necesitan.
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La Fundación unió esfuerzos con Zurich, Fundación Techo Colombia, la Universidad de Santander (UDES), sede Cúcuta, Coinversiones, Nacional de Servicios y el programa de Ingeniería Civil de la UDES, para mejorar las condiciones de vida de familias vulnerables de Bucaramanga y la Alta Guajira.

La jornada permitió intervenir dos viviendas y demostrar que, cuando las voluntades se unen alrededor de una causa social, las buenas intenciones se convierten en hechos concretos. Detrás de cada herramienta y cada mano dispuesta a colaborar había un propósito común: evitar que las familias tengan que acostumbrarse a vivir entre el deterioro, la incertidumbre y el temor de no contar con un techo digno.

Para Omayra Nelly Buitrago Bohórquez, el verdadero sentido de estas iniciativas está en reconocer que detrás de cada vivienda hay personas, historias, necesidades y sueños que merecen atención.

“Cuando hablamos de mejorar una vivienda, no estamos hablando solamente de fortalecer unas paredes. Estamos hablando de cuidar la vida, de devolverle tranquilidad a una familia y de reconocer su derecho a vivir con dignidad. No podemos ser indiferentes ante las condiciones en las que viven otras personas. Nuestro compromiso es estar cerca de las comunidades, escuchar sus necesidades y trabajar para que sientan que no están solas. Porque una familia que cuenta con un hogar seguro también tiene más razones para mirar el futuro con esperanza”, es la convicción que acompaña esta apuesta social.

Esa mirada ha permitido que el trabajo de la Fundación Mujer y Hogar trascienda la entrega de ayudas materiales. Su propósito es acompañar procesos, regresar a las comunidades y entender que las necesidades de las familias no terminan el día en que reciben una vivienda.
Desde 2019, el programa de Ingeniería Civil de la UDES acompaña a la Fundación en la construcción de viviendas prefabricadas para familias de sectores vulnerables. A través del proyecto Viviendas Saludables se han construido 14 casas, habitadas en promedio por cinco o seis personas. Esta labor ha representado nuevas oportunidades para decenas de personas que hoy cuentan con un espacio propio donde comenzar o reconstruir sus proyectos de vida.
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Sin embargo, el tiempo también deja sus huellas. Las visitas a las comunidades permitieron advertir que algunas viviendas comenzaban a deteriorarse por las condiciones climáticas, el uso cotidiano y el paso de los años. Entonces surgió una pregunta fundamental: ¿de qué sirve entregar una vivienda si después nadie vuelve a comprobar cómo está la familia que la habita?

José Daniel Ardila, ingeniero metalúrgico y docente del programa de Ingeniería Civil de la UDES, resume el espíritu de esta iniciativa con una reflexión: “No es tanto el hecho de ir, donar una casa, salirnos y decir: ‘Muchas gracias, ya hicimos el trabajo’».
¡Y tiene razón! La solidaridad verdadera no se agota en una fotografía, una entrega o un acto protocolario. También significa volver, revisar, escuchar, reparar y permanecer cerca de quienes depositaron su confianza en una oportunidad.

De esa convicción nació Espacios Seguros, una iniciativa de la Fundación Mujer y Hogar, acompañada por la Vicerrectoría de Extensión y el programa de Ingeniería Civil de la UDES, cuyo propósito es mejorar las condiciones físicas de las viviendas entregadas anteriormente a familias vulnerables.
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Para ello, docentes y estudiantes diseñaron un instrumento de evaluación que permitió examinar cinco componentes esenciales: cubiertas y techos, puertas y ventanas, instalaciones eléctricas, instalaciones hidrosanitarias y muros. Con esta herramienta fueron evaluadas varias viviendas ubicadas en diferentes sectores. El diagnóstico permitió establecer un índice de vulnerabilidad física e identificar los hogares que requerían atención.
Entre ellos estaba el de la familia Mancipe Jerez, cuya vivienda obtuvo uno de los resultados más preocupantes, con un índice de vulnerabilidad alto. Su situación confirmó la necesidad de actuar y recordó que detrás de cada evaluación hay una familia que espera respuestas.
Por eso, la jornada de restauración tuvo un significado especial. Mientras estudiantes, docentes, aliados y voluntarios trabajaban para mejorar las condiciones de la vivienda, también se hacía visible algo que no siempre aparece en los informes: el valor de una comunidad que se une para ayudar a otros a vivir mejor.

Tal vez lo más importante no fue el número de reparaciones ni las horas de trabajo invertidas, sino saber que, después de tantos aguaceros y preocupaciones, una familia podrá cerrar la puerta de su casa con la tranquilidad de estar en un lugar más seguro.
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La historia de los Mancipe Jerez da fe de ello. Su casa necesitaba más que una reparación: necesitaba que alguien comprendiera sus dificultades y tendiera una mano. ¡Y esa mano llegó! Porque construir bienestar también significa reparar lo que se ha deteriorado, cuidar lo que se ha construido y no olvidar a quienes todavía necesitan ayuda.
Cuando una familia, como la de Nancy Jerez recupera la tranquilidad de tener un techo digno, no solo se transforma una vivienda: se fortalece la esperanza, se abraza la dignidad y comienza a cambiar el futuro de toda una comunidad.

















