lunes 20 de mayo de 2019 - 12:00 AM

Así es la aventura de navegar con el viento en el embalse de Topocoro, Santander

Dos hombres, con los saberes de la marinería, ponen en sus velas ‘el viento a favor’ para impulsar su nave y recorrer las cerca de 8 mil hectáreas que componen el espejo de agua de este gigante embalse de Santander.

Una pareja de aventureros santandereanos, con más hobbies que tiempo, como ellos mismos se definen, decidieron, ‘a fuerza de viento’, desde hace un año llegar a cada rincón del Tocoporo, el embalse que se generó tras la creación de la represa de Hidrosogamoso, diseñada para generar energía con la fuerza del río desde 2015.

Aunque Ignacio y Javier Pérez, médico y economista de profesión, tienen más de 20 años de experiencia en embarcaciones de vela y su preparación para navegar se intensificó en el Caribe, cuando Isagén permitió la entrada de embarcaciones al Tocoporo, no dudaron un segundo en comprar un velero, cambiar el fuerte oleaje del mar por los ‘borreguitos’ del embalse (movimientos del agua que se producen por el viento) y literalmente lanzarse al agua.

“Hemos estado varios días navegando en el mar pero esperábamos con ilusión este regalo para Santander. Tocoporo es una maravilla natural por descubrir y la tenemos a la mano, a tan sólo una hora y algunos minutos de Bucaramanga”, afirmó Ignacio Pérez, el capitán del navío.

El velero a la memoria de la familia

Así es la aventura de navegar con el viento en el embalse de Topocoro, Santander

El Tita Anny, un velero que alcanza los nueve metros de proa a popa y se erige a una altura de 12 metros en su mástil, es el vehículo con el que estos marineros han llegado a cada rincón del embalse.

Fue bautizado así por los hermanos Pérez Cadena porque su progenitora se llamaba Anny pero de cariño le decían Tita y al juntar estos dos nombres, la pronunciación se asemeja a la del transatlántico británico hundido durante la noche del 14 de abril de 1912 y cuyo nombre remite directamente a un hito cinematográfico, el Titanic.

Aunque el barco no ha tenido que atravesar situaciones de extrema emergencia como la ocurrida en el famoso barco británico, en su travesía por el Tocoporo se ha enfrentado con vientos de nivel extremo en un cañón que comunica al puerto de Pujamanes, en la vía a San Vicente, con el sector de Betulia, donde las corrientes alcanzan hasta los 50 kilómetros por hora.

Los hermanos Pérez Cadena dicen que “en esas situaciones donde la brisa es muy fuerte hacen que el velero ‘quiera salirse del agua’. Llegar hasta el puente de Zapatoca fue un reto grande y tardamos tres horas de ida y dos de regreso. Sin embargo, ese es el punto más alejado para navegar y lo conquistamos”.

La embarcación que juega con el viento

Es una nave moderna, con motor de hélice, sistema de radiocomunicación y luces para navegar en oscuras noches. No obstante, sus mayores armas son tres velas, la mayor, sujetada por el mástil, el foque, posicionado en la proa y la Génova, con forma de cometa, los colores de la bandera de Colombia y grabada con las iniciales C.P. que también le hace honor a la memoria del padre de estos marineros, Carlos Pérez.

El otro ocupante del velero, Javier Pérez, asegura que en la navegación a vela está la magia de este pasatiempo, “queremos emular las travesías que realizaba Cristóbal Colón, teniendo conocimiento de las corrientes de aire y poniéndolas a nuestro favor, desplazándonos en Zigzag y en las noches guiándonos por las estrellas para llegar a nuestro destino”.

Para que se logre mover el navío, además de izar las velas de manera adecuada y asegurarlas con estratégicos nudos marineros, se requiere un milimétrico trabajo en equipo entre quién se encarga de darle rumbo al velero con un timón de palanca y su compañero, que debe tensar o soltar las lonas para evitar que este se quede sin fuerza o se hunda por la fuerza con la que el aire las sacude.

Aunque en apariencia luce como un barco pequeño, El Tita Anny está catalogado como el más grande entre los menores (veleros) y se asemeja más a un hogar que a una embarcación. En su cabina tiene dormitorio, una sala de recibo, reproductor de audio y video, baño y hasta una cocina equipada en la que se pueden recargar energías para las extenuantes horas de navegación a sol o lluvia.

Un día de travesía en Tocoporo

Pese a que el velero es el ‘rey’ de la navegación sin motor en este espejo de agua y que ha atravesado por los sectores inundados de Girón, Zapatoca, Betulia y San Vicente, al menos, una vez a la semana vuelve a recorrer el embalse, esta vez, la fecha escogida fue el pasado domingo 6 de mayo.

Equipados con ropa de baño, linternas, un bidón de gasolina, un pequeño botiquín, bloqueador solar, torta de manzana, proteína, tubérculos y termos cargados con jugo de frutos rojos, para evitar la deshidratación, los marineros llegaron al puerto de Pujamanes, a cerca de una hora y 20 minutos de Bucaramanga.

Hacia las 11:30 a.m. de aquel domingo, los marineros y dos tripulantes más abordaron una lancha de apoyo para desplazarse hasta el Tita Anny, que ante la falta de un puerto, debe permanecer parqueado metros adentro del embalse.

Al llegar a la nave, las tareas fueron repartidas, mientras el capitán revisaba que todo en el interior del velero estuviera en orden, su compañero izó las velas, la mayor y el foque. Tras ser tensadas y amarradas, el capitán preparó a sus ocupantes, los distribuyó de manera equilibrada en el velero y le dio la indicación a su compañero de que soltara las cuerdas que mantenían atado al navío de las boyas.

Tras realizar la maniobra, se escuchó un grito de ¡Libre!.. En este momento, ocurrió la magia, el viento comenzó a inflar las velas y el barco se movió. Ignacio, el capitán, levantó y giró el timón, en forma de palanca, y le dio rumbo a la nave. En cuanto más avanzaba el velero con más potencia se movía el viento. El puerto se alejó y el paisaje cambió.

Así es la aventura de navegar con el viento en el embalse de Topocoro, Santander

La travesía continuó, la nave cruzó por predios de Girón, atravesó el puente El tablazo, en zona de San Vicente y bordeó varias islas que antes de la inundación eran grandes montañas. Luego de tres horas de viaje, de calor intenso, pero también de refrescante brisa, Ignacio descendió a la cocina, preparó carne y tubérculos, sirvió jugo de frutas y estacionó en línea recta la nave para que derivara mientras los comensales se alimentaban.

El viaje se reanudó después de las 3:30 p.m. se tensionaron las velas, la nave avanzó hacia el canal de Betulia, giró, sus ocupantes saludaron a varias lanchas que a esa hora recorrían la represa, compartieron trozos de torta de manzana y emprendieron su viaje de regreso a Pujamanes.

Hacia las 5:30 p.m. de ese día se quitó tensión a las velas, el velero disminuyó su velocidad, los marineros se miraron uno al otro y observaron al occidente, las nubes se pintaron con visos azulosos, el agua brilló y varias bandadas de patos volaron cerca a la embarcación. Los hermanos Cadena sonrieron y dijeron que aquellas cinco horas en el agua valieron la pena por aquellos 10 minutos de paz en los que la luz del sol se ocultó tras las verdes montañas del gran Tocoporo.

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