domingo 03 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

Bucaramanga del ayer: Hoy, el ocaso del Libertador

Vanguardia, a través de fotografías ‘añejas’, recorre con esta sección esos torrentes de historias que fluyeron en la otrora capital santandereana. ¡Acompáñenos hoy a un nuevo viaje por el túnel del tiempo! En esta ocasión nos trasladamos a una extinta sala de cine popular: la del Teatro Libertador.
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A mediados de los años 40 ya aparecía su cartelera en las ediciones de Vanguardia. La sala de cine estaba situada en la carrera 15 con calle 24.

Hablamos del Teatro Libertador, que fuera bautizado así de manera precisa por el nombre dado a la ‘espina dorsal’ de Bucaramanga; es decir, la carrera 15.

Fue diseñado como una área de espectáculos y a su vez como un cinema familiar. El lugar tenía buena acústica y se caracterizó por ser un escenario propicio para la proyección del llamado ‘cine de vaqueros’.

El arquitecto que lo diseñó fue Renato Martínez, un chileno que tuvo la misión de construir varias edificaciones en Bucaramanga; es más, él construyó uno de los primeros bloques de apartamentos en la calle 36.

Las localidades del Libertador bordeaban las 900 sillas y, dado su corte popular, entrar allí era relativamente barato para los espectadores.

El teatro se volvió uno de los más emblemáticos de la capital santandereana, entre otras cosas, por su estilo sencillo y porque las salas de cine que entonces funcionaban en nuestro municipio ya eran los sitios favoritos para el entretenimiento familiar.

En su época ‘dorada’ al Libertador venían cantantes y bailarinas del país azteca. También cuentan que fue la única sala de cine en donde pasaron la serie completa de ‘Las aventuras de Tarzán en Asia’.

La distribuidora encargada de los filmes se llamaba ‘Pelmex’, que traducía Películas Mexicanas; de ahí que las carteleras casi siempre fueran de corte ‘manito’.

Y, de manera alterna a los ‘peliculones’, este sitio fue el pionero del ‘striptease’ local, algo que fue un escándalo en los años 60. Precisamente por el rechazo de las familias de la época, tal ‘función’ no caló del todo.

Esta sala de cine perteneció durante varias décadas al Circuito Unión, que era propiedad del ya desaparecido Saúl Díaz.

Lea ademas: La historia de otro teatro.

El comienzo del fin

La proliferación de los movimientos cinematográficos en el mundo, de alguna forma, marcó un cambio en las costumbres y en los gustos de los bumangueses. Por tal motivo, poco a poco la gente se fue alejando de las taquillas del Libertador.

Pese a ello, a comienzos de los años 80 el Teatro aún abría sus puertas. Dicen que se resistía a morir y en más de una ocasión se habló de remodelarlo.

El lugar se ‘creyó’ con fuerzas para resistir los embates de la modernidad, del betamax y en general de las nuevas tendencias fílmicas; tanto que intentó conservar la costumbre de ir a cine que tenían nuestros ancestros a como diera lugar.

Obviamente la época era difícil y casi que se podría decir que sus días estaban contados.

Tras fallar en el intento de reunir a la familia en torno a las películas populares, durante varios años el Libertador se volvió un ‘alcahueta’ de la morbosidad.

Sí, se vistió de cine ‘Triple X’. Fue así como el porno empezó a denigrar y a echar en tierra su ilustre pasado.

Total: la clientela cambió. De la familia compuesta por papá, mamá e hijos, se pasó a los ‘viejos verdes’ y a todos aquellos que se refugiaban allí para dejar fluir sus pasiones y perversiones ocultas.

Los últimos años el teatro se embadurnó de ‘sonrojo’ porque, a pesar de estar muy cerca al Centro de Bucaramanga, muy pocos se atrevían a confesar que iban a las funciones del día.

También lea: El ayer del Teatro Sotomayor

1985 sería su último año. Su cierre también tuvo que ver con el aumento de la inseguridad en la zona, pues el lugar empezó a verse como un improvisado dormitorio de pordioseros y drogadictos. Además, era el punto de encuentro de gays y travestis.

El Libertador agonizaba. Al tiempo que las nuevas salas de cine le daban más estocadas, los administradores del teatro comenzaron con promociones de cine continuo y terminaron proyectando películas de baja categoría y demasiado obsoletas.

Además, la proliferación de los talleres de ornamentación en la zona hizo que El Libertador terminara como depósito de chécheres. El cine jamás regresó.

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