lunes 08 de julio de 2019 - 4:19 PM

El optómetra que recorre Santander cuidando los ojos de los más necesitados

Rafael Urrea es un optómetra santandereano que ha visitado 72 municipios de nuestro departamento con la misión de servir y ayudar en el cuidado de los ojos de las personas más necesitadas.

Tiene 49 años, es oriundo de Charalá y desde muy joven se radicó en Bogotá con el único objetivo de estudiar optometría. Su nombre es Rafael Urrea, el hombre que los fines de semana sale de la comodidad de su consultorio para recorrer campos y veredas en busca de personas que necesiten de sus servicios.

Desde hace más de 15 años, Rafael decidió ayudar a múltiples personas que habitan en pueblos y veredas apartadas de Santander. Su labor es asistirlos y educarlos para proteger lo que se conoce como ‘las ventanas del alma’.

“Es muy difícil para uno que es del campo llegar a una capital tan grande que lo absorbe. Yo no sabía ni coger un bus, ubicarme, ni encontrar una dirección. Tenía una tía que me ayudó estando allá, fue como un angelito”, recordó Rafael.

El camino no fue fácil, pero Rafael estudió y se preparó hasta convertirse en un profesional. En su formación, se dio cuenta que la solución no eran exámenes básicos y superficiales donde solo se recetaban lentes, sino que también se debía educar a las personas con relación a la estructura, patologías, y cuidados de los ojos.

“Existen, sobre todo, dos enfermedades que son silenciosas y que lo pueden llevar a uno a la ceguera: el ‘glaucoma’ y la ‘retinopatía diabética’. Yo me di cuenta que en la provincia donde nací había mucha gente diabética e hipertensa. Es por eso que decidí que, más allá de hacer exámenes, también debía enseñarle a las personas cómo cuidarse para prevenir o tratar a tiempo estas afecciones”, agregó.

$!Rafael cree que la educación es un elemento primordial en el cuidado de la vista. Sus jornadas deben ir más allá de hacer revisiones y exámenes superficiales. Foto: Suministrada
Rafael cree que la educación es un elemento primordial en el cuidado de la vista. Sus jornadas deben ir más allá de hacer revisiones y exámenes superficiales. Foto: Suministrada

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Rafael también entendió que la mayoría de personas de esta población eran de escasos recursos. Además pensó que las posibilidades de que un médico, o en el mejor de los casos un optómetra, llegara a este sitio eran mínimas debido a las dificultades que se presentan en las vías.

“Que estas personas vayan a una gran ciudad a realizarse este tipo de exámenes es muy difícil. Esto siempre genera un alto costo porque se deben cubrir los pasajes, la alimentación, hospedaje, y en ocasiones, no viajan solos, pues al ser de un pueblo, necesitan que alguien los acompañe porque no conocen la ciudad. Además, muchos de ellos por salud, no pueden ni deben desplazarse”, explicó el optómetra.

Buscando equipos

Rafael empezó a ‘rebuscárselas’ para conseguir todos los equipos necesarios, con el fin de llegar a esos lugares apartados y atender a sus pobladores. Luego comenzó a realizar las jornadas de atención y educación. Sin embargo, al hacer los exámenes pertinentes, llegaron personas que necesitaban procedimientos urgentes y complejos.

En su afán por hacer algo que remediara la situación de sus pacientes, Rafael empezó a tocar puertas esperando que fueran abiertas por una mano dispuesta a ayudar. Inició haciendo contactos con amigos, colegas y entidades que pudieran solventar estos gastos o ayudar en gran medida para facilitarle a estas personas sus tratamientos u operaciones.

“Es que muchas veces el seguro se convierte en trámites, o no les cubre esos procedimientos. Entonces uno se da cuenta que esto se convierte en una necesidad, pero que no solo pasa en Charalá, sino en muchos municipios de Santander”, dijo Rafael.

Ante tanta necesidad a Rafael se le ocurrió una idea que para mucho puede ser considerada un sacrificio: Viajar cada fin de semana a estos pueblos, para poder ayudar a sus habitantes. Al inicio fue complicado, pues debía enfrentarse con las incomodidades de viajar en un bus con todo su equipo ‘al hombro’.

“Tiempo después fue que pude adquirir un carrito más alto y empecé a viajar más, a otros lugares con mayor tiempo”, relató.

Profesional para ayudar

Normalmente, una consulta en cualquier clínica oftalmológica está entre $80 mil a $150 mil, incluso puede ser más costosa. Rafael explica que, debido a que no recibe ningún tipo de ayuda del Estado y cada vez son más las personas que atiende, no puede ofrecer consultas gratuitas, pues necesita solventar los gastos que conlleva esta labor. Además, dice que esto podría convertirse en un ‘caos’ en donde, gente que incluso no lo necesita, se aprovecharía de la situación.

Pese a que cobra una módica suma de $10 mil, o de lo que la gente en ese momento disponga. “A veces, si no tiene nada dinero, lo paso sin problema, todo depende de qué tanto puede la gente”, comenta.

De igual forma, debido a la necesidad que se presenta en el departamento, Rafael hace una jornada gratuita al año. Aquí consigue recursos para los desplazamientos, las monturas de los lentes, tratamientos y operaciones.

Cerca de 70 personas por día se ven beneficiadas con la labor que realiza Rafael en sus improvisados consultorios, los cuales equipa con todas las herramientas e insumos necesarios para un completo examen visual y jornada de educación.

$!Entre sus pacientes más frecuentes están los adultos y personas de la tercera edad. Foto: Suministrada
Entre sus pacientes más frecuentes están los adultos y personas de la tercera edad. Foto: Suministrada

Para él, la mejor retribución, es la sonrisa y el agradecimiento que sus pacientes le dejan al retirarse. También esas historias que, después de tanto años, ha ido acumulando y guardando en su memoria como un invaluable tesoro que no tiene comparación.

Recuerda el caso de ‘la jovencita de El Guamal’, una de sus tantas pacientes que le hacen pensar que todo lo que ha venido haciendo este tiempo ha valido la pena.

“Hace 15 años estuve en el Magdalena Medio haciendo un programa en un pueblito que yo no conocía llamdo ‘El Guamal’. Allí vi a una señorita de 16 años, era del campo y no veía nada. Tenía una miopía de 16 dioptrías. Llamé a Bucaramanga y pedí que me consiguieran los lentes de contacto y se los pude regalar. Usted hubiera visto esa felicidad tan inmensa que tenía ella de poder ver todo lo que estaba a su alrededor. Cosas que eran borrosas, por fin eran claras. Es un momento que queda grabado para siempre”, añadió.

Toda esta labor ha sido complicada. Tanto por el apoyo económico que ha tenido que escudriñar y que ha conseguido con las ‘uñas’, como el apoyo por parte de su familia, pues relata que al principio fue difícil que ellos aceptaran este compromiso que él decidió escoger. Sin embargo entendieron su labor, lo aceptaron e incluso decidieron acompañarlo.

Y es que, Rafael, cree que las ciencias de la salud son profesiones que están ligadas netamente con ayudar a las personas. “Los que estudiamos en salud, lo que debemos hacer, es ayudar a la comunidad. Eso es lo que debe primar en lugar de pensar en cuánto vamos a ganar”, explicó.

“Es algo que se hereda”

Rafael cuenta que su espíritu servicial se lo debe en gran medida a sus papás. Tomar la decisión de cambiar la comodidad de un consultorio por los extenuantes viajes, donde sacrifica tiempo de calidad con su familia, fue estrechamente inculcado por sus progenitores.

“Mi mamá tiene 82 años y toda la vida ha estado dedicada al servicio. Primero, fue profesora rural, tan pronto terminó su labor como docente se dedicó a ayudar a los necesitados. Ella tiene una asociación en Charalá. Se va casa por casa buscando quién le puede ayudar para recolectar mercados y elementos que puedan servirles. Mi papá también es una persona muy generosa, él es del campo, pero siempre fue muy generoso y dado a ayudar a la gente. Eso se hereda”, expresó.

Cualidad y virtud que ha venido inculcándole a sus hijos. Asegura que uno de ellos decidió estudiar medicina, y espera que sigan su legado de servir y ayudar a los que más lo necesitan mediante la profesión que decidan tomar.

De los 87 municipios que tiene Santander, Rafael ha visitado 72, conociendo en carne propia la realidad a la que se enfrentan quienes tienen problemas de visión además de las necesidades y problemas de movilidad y económicos.

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“Hay muchos municipios que tienen dificultades de acceso. Esos municipios son, probablemente, los que más necesitan de este tipo de ayudas y acciones. Pasan años y no llegan a visitarlos”, comentó Rafael.

Rafael, con 49 años, es hombre reservado, ‘enchapado a la antigua’. No obstante, sabe que los tiempos han cambiado y debe ir adaptándose a ellos. Por eso hace poco sus hijos insistieron en que si quería ayudar a más personas, debía dar a conocer su labor. “A mí no me gusta figurar, yo no quiero reconocimiento, todo se lo debo a Dios que es el que permite que se hagan las cosas”, señaló.

Pero explica que si se trata de conseguir muchas más ayuda para asistir a la mayor cantidad de personas, estas herramientas son bien recibidas.

En Instagrram y Facebook, en las cuentas de ‘Doctor Rafael Urrea’ usted puede ayudar o seguir el trabajo de este hombre, que decidió usar sus ojos y su conocimiento, no solo para ver lo que estaba a su alrededor, sino para mirar más allá, donde están aquellos que no pueden ser vistos y que corren el riesgo de dejar de ver.

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