jueves 03 de diciembre de 2020 - 2:00 PM

Las historias que cuentan los pies de los migrantes

En la frontera de Venezuela con Colombia se estima que hay unas 80 trochas, 17 de ellas están custodiadas para tratar de contener el ingreso de venezolanos, una tarea casi imposible en una extensión de 2.219 kilómetros.
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No es fácil meterse en los zapatos del otro, y menos cuando ese calzado ya viejo, roto y decolorado, cubre ampollas, heridas, pero sobre todo arrastra mucho dolor y desesperanza.

Así, con cada paso, los zapatos de un migrante venezolano van dejando huella desde que emprenden un camino muchas veces incierto, sin rumbo fijo... A merced de su suerte.

Los pies se ven arrugados, hinchados, blancos, heridos, ampollados, fríos al atravesar el páramo o calientes cuando el sol azota con fuerza sobre esa larga línea negra llamada asfalto.

Poco menos de 200 kilómetros separan a Cúcuta de Bucaramanga, un trayecto de unas cinco horas en carro, sobre el lomo de la Cordillera de Los Andes. Para un caminante puede significar días, dependiendo del clima, de la salud o del buen corazón de algún conductor que decida darles la ‘colita’. Eso sin contar los kilómetros que ya han atravesado antes de cruzar la frontera.

El paso más difícil de la caminata es la cresta de Berlín y El Picacho, donde la neblina parece ‘besar’ el suelo y el viento combinado con llovizna azota con furia contra el rostro. El frío cala hasta los huesos a unos 3.200 metros sobre el nivel del mar. Osados, corren el riesgo de sufrir de hipotermia, dolor de cabeza, mareo... Y en el peor de los casos, muerte.

Pisar tierra colombiana significa para ellos esperanza. No es fácil, dejan atrás una vida, una familia, para enfrentarse a gigantes monstruos: miedo, hambre, soledad, dolores no solo físicos, frío, cansancio y el peligro que implica caminar por vías construidas para carros, motos, camiones, pero no para los pasos de hombres, mujeres y niños migrantes quienes van en hileras para evitar ser atropellados entre la oscuridad o la espesa niebla.

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Historias andantes...

Marco Valencia / VANGUARDIA
Marco Valencia / VANGUARDIA

Los pies de los caminantes ‘cuentan historias’, algunos están cubiertos con zapatos y medias rotos, bolsas, pedazos de camisetas, chanclas desgastadas e improvisados ‘amortiguadores’ de esponja y algodón para soportar las largas travesías.

Sus ojos también son un espejo, reflejan la tristeza y en los más pequeños, la inocencia. Santi, por ejemplo, de apenas 4 añitos, cree que va de vacaciones, a una aventura y no a un éxodo que como él, han tenido que soportar millones de venezolanos.

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Se sienta en uno de esos ‘oasis’ que para ellos significa la ayuda de los refugios, de la Cruz Roja o de una que otra persona que les brinda abrigo o un bocado de comida.

Santi se ve feliz, pícaro, mientras se lame con todo el gusto una compota que le acaban de regalar. No se queja del cansancio a pesar de que sus piececitos enfundados en unas chanclas grises, se ven sucios e hinchados. A media lengua y con palabras poco entendibles, cuenta feliz que va a visitar a una tía.

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Para Karina Arriaza, la mamá de Santi, la realidad sí está ‘aterrizada’. Partió desde Barcelona, Venezuela, rumbo a Cali. Luego de pasar el páramo de Berlín y de cinco semanas de haber salido de su tierra, aún le quedaban por caminar unos 800 kilómetros para llegar a la capital del Valle. En su éxodo, además de Santi, la acompañan su esposo Ronald y su hija Mafer. Dos hijos más tuvo que dejarlos en Venezuela.

“Se siente demasiado cansancio, fatiga, hambre, sueño. Se siente impotencia porque no tengo dónde poner a mi hijo a dormir, nos toca donde caiga la noche, con lluvia, mal comer. La situación económica nos obligó a salir del país, eso va de mal en peor”, dice con un dejo de resignación.

Todos los días se ve el éxodo...

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A diario, según José Luis Muñoz, miembro de la Red Humanitaria, entre 300 y 500 venezolanos se desplazan a pie entre Pamplona y Bucaramanga. “Es una situación dramática, van muy apoyados en los pies, con problemas digestivos, deshidratación, inanición, comen poco y gastan mucha energía, los puntos de ayuda no alcanzan a cubrirlos a todos, solo un 20% o 30%”.

Red Humanitaria es un grupo de organizaciones civiles que atiende a los migrantes junto con el Servicio Arquidiocesano de Atención al Migrante, Cáritas Francia y la Cooperación alemana GIZ. Según esta red, actualmente 9 de los 14 puntos de ayuda que tenían están activos, pero entre Pamplona y Bucaramanga, justo donde está el tramo más peligroso del páramo de Berlín, solo hay un punto de atención.

En este sector, los migrantes tiritan de frío, algunos cubiertos con cobijas, otros ataviados en capas de ropa para soportar las bajas temperaturas. El hambre en su país los constriñe a seguir la marcha. Es cierto, llevan el cuerpo cansado y los pies destrozados, pero aún más destrozada llevan el alma.

Parte de esa alma se quedó en Valencia, Barcelona, La Guaira, Barinas, Puerto La Cruz, Caracas, Barquisimeto; o como en el caso de Hemerson Torrealba, en Yaracuy, donde dejó a su esposa, enferma de cáncer de seno... En esas circunstancias, el frío y el hambre son lo de menos. Él y su hijastro tienen que seguir caminando para poder enviar a Venezuela el medicamento que requiere su esposa Mercedes Orozco: Anastrazol.

Hemerson tiene 35 años, y a su paso por Berlín ya llevaba seis días caminando rumbo al Valle de San José, Santander, donde busca ganarse la vida recogiendo café.

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Tiene los zapatos destalonados para no lastimar sus ampollas. “Salí por esa situación que tenemos, no podemos hablar mal del país, de nuestra tierra, tenemos que hablar es del gobierno que verdaderamente nos tiene pasando necesidad, yo nunca había viajado tanto, caminando como hoy día se está caminando.

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“Hay algo que realmente hace que yo salga de mi casa a buscar el pan de cada día, tengo dos hijos y una esposa que tiene cáncer de seno, no la traje porque no puede caminar, si caminara, la traería conmigo”, relata mientras deja escapar algunas lágrimas que resbalan hasta esconderse entre el tapabocas.

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Junto a él, con unas viejas chanclas color gris, camina José, su hijastro. A pesar de sus 16, extraña como un niño a Mercedes, su mamá. La situación lo ha hecho ‘madurar’ a la fuerza, tener los pies bien puestos sobre la tierra, o mejor, sobre la carretera pintada con una infinita línea amarilla.

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“Nos la hemos dado entre las verdes y las maduras, pero aquí estamos luchando. No tenía ni dos días viajando cuando ya la extrañaba, mi mamá está enferma, yo salí con el propósito de trabajar para mandarle plata para que se compre sus medicinas”, dice. Los ojos se le aguan.

Familias completas...

En el tramo Pamplona-Bucaramanga, es muy común ver a uno que otro papá ‘arreando’ y otros ‘atajando’, porque como gallina con sus pollitos, arrancaron con toda la ‘camada’.

William Gómez y su esposa Marilú Hernández caminan con seis hijos: de 10 meses, 4, 5, 13, 14 y 15 años. Todos cargan sobre sus espaldas lo único a lo que se aferran: sus maletas.

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Salieron de Venezuela hace tres años, desplazados por la violencia. De un día para otro tuvieron que dejarlo todo. Las únicas opciones eran esa o la muerte.

Vivían en Barinas, una zona platanera y ganadera. “Salimos por la situación, nos quitaron unos terrenitos que teníamos, que era lo único con lo que sobrevivíamos, no era mucho, pero nos daba de comer a todos, tenía unos cochinitos, plátano, yuca, pero nos quitaron los terrenos, nos desplazaron.

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“Queremos retornar algún día y que nos devuelvan lo que es de nosotros porque de verdad es fuerte tener algo, esforzarse toda la vida para que luego llegue alguien y se lo quite de la noche a la mañana, queda uno así con una mano adelante y otra atrás”... Todos caminaban de Bucaramanga hacia Pamplona a cuidar una finca.

José Alfonso Morales, mecánico de profesión, salió de Puerto de la Cruz, Anzoátegui, con su esposa y sus 6 hijos, 12 días antes de su paso por Berlín.

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“Con sinceridad te lo digo, no hay nada allá en Venezuela, yo no fuera tan loco de salir con toda mi familia si no fuera así, ya amigos habían salido y yo les decía, ¿chamos, están locos? Ahora hasta yo tuve que salir. Allá quedó familia pasándola, aguantando a ver si de aquí para allá podemos colaborar. Esa es la idea, que los que salen ayuden a los que se quedan”.

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La crisis económica en el vecino país ha desatado un éxodo. Según expertos, la caída de la economía venezolana es de las peores en la historia de América Latina. Por lo menos unos tres millones de personas han dejado el país en los últimos años. En su mayoría lo hacen a pie, huyéndole a la escasez de alimentos, agua, energía, medicinas y a la represión política.

La soledad los hace retornar...

Mientras unos salen, otros regresan. Ese imán llamado familia, los atrae. Se sienten solos, extrañan a los suyos.

Júnior José Bravo tiene 24 años; los últimos tres ha estado lejos de Maracay, su tierra. Quiere volver a ver a su mamá y por eso emprendió el viaje de regreso desde Ecuador a Venezuela, donde la familia no está completa.

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Ya no podrá ver a su abuelo, a quien amaba como un padre. Hace tres meses un cáncer se lo arrebató... Le duele y aunque intenta contener las lágrimas, hacerse el fuerte, no puede. Habla con tristeza mientras una voluntaria de la Cruz Roja le sana los pies lacerados. El trabajo de la Cruz Roja es apoyado por la Oficina de Ayuda Humanitaria y de Protección Civil de la Unión Europea.

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“Retorno a ver a mi familia porque tengo tres años sin verla (...) Las caminatas son bravas, pero es el sacrificio que uno hace para poder visitarla y luego regresarse.

“Mi mamá no sabe que estoy retornando, es que le quiero dar una sorpresa, un abrazo. Ese momento me lo imagino feliz”... Júnior tiene cuatro hermanos y todos han tenido que salir de Venezuela: tres están en Cúcuta y una en Perú.

Ramsés Enrique Blanco Valdivia, de 42 años, es otro de los que retorna. A comienzos de noviembre emprendió camino desde Chiquinquirá (Colombia) hacia La Guaira (Venezuela). El trayecto, en su mayoría a pie, se dibuja en sus pies adoloridos por las llagas, las ampollas y en sus zapatos rotos y despuntados.

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Se acerca Navidad y quiere estar con su hijo al menos unas semanas antes de regresar a Colombia, porque si algo tiene claro es que de quedarse en Venezuela no podrá brindarle un buen futuro a su retoño.

“El país está al borde de un estallido social porque la gente está pasando hambre. Mil venezolanos no salen a diario por deporte, sino por desesperación, por necesidad”.

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En Venezuela, Ramsés se ganaba la vida en un puesto de comidas rápidas, muy distinto a las tareas de campo que ejerce en Colombia para enviarle el sustento a su hijo Noé Moisés, de 5 años.

Son tantas las historias por contar, no ha de ser fácil ponerse en los pies de un migrante. Esos zapatos llevan el peso del miedo, el cansancio y el dolor.

Algunos han recorrido miles de kilómetros desde que, quienes los llevan puestos, decidieron abandonar Venezuela.

Esos pies son historias que cuentan el camino de cada persona que tuvo que dejarlo todo para tratar de cumplir sus sueños en Colombia. Cada paso se convierte en esperanza... Para ellos, es caminar o morir.

RECUADRO

Apoyo de la Cruz Roja

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El apoyo durante la larga travesía es un ‘oasis’ para los caminantes venezolanos, enfrentados al frío, el hambre y el dolor.

Para su fortuna, cuentan con instituciones como la Cruz Roja,apoyada por la Oficina de Ayuda Humanitaria y de Protección Civil de la Unión Europea. Desde Bucaramanga, tres veces a la semana, una camioneta con voluntarios y funcionarios a bordo, recorren la carretera desde la capital de Santander hasta Berlín, en el municipio de Tona.

Durante el recorrido brindan a los caminantes ayudas representadas en víveres, elementos de aseo, kit de protección en carretera, sleeping, pero sobre todo apoyo moral y la curación de sus heridas.

Muchos de los migrantes sienten a reventar sus piernas, las rodillas se les inflaman y los pies se llenan de ampollas.

Adelita es tan solo una de las voluntarias de la Cruz Roja, quien con amor y dedicación se encarga de curar esas heridas y hasta improvisa suelas y remiendos en el calzado, para hacer más suave cada uno de los pasos de los migrantes. Les habla con cariño y, al final, hasta los bendice.

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