En Puerto Parra, Santander, a 240 kilómetros al occidente de Bucaramanga, la violencia, masacres, tomas guerrilleras y presencia de grupos armados ya no son noticia. Ahora, la lucha por la conservación de las especies de fauna y flora se roban el protagonismo en una nueva era en donde la paz permite explorar territorios nunca antes visitados.

Publicado por: VALESCA ALVARADO RÍOS
Para llegar a Puerto Parra es necesario hacer un recorrido de más de tres horas por carretera, antes de encontrar el punto en el cual la tierra es bañada por los caudales de los ríos Carare, Magdalena y San Juan.
Es zona de pescadores y el aroma de sus calles, con ese característico olor a petricor, la humedad del ambiente y los sombreros que cuelgan en algunas casas, lo confirman.
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Son poco menos de las 5 de la mañana y la travesía rumbo a Bocas del Carare inicia con 40 minutos más de viaje por una trocha que conduce al punto exacto de encuentro.
Al llegar, la luz de los rayos del sol se alza tras las montañas que se aprecian desde el pequeño muelle en el que los pescadores y lancheros esperan con sus embarcaciones de madera a los expedicionarios, antes de prender motores, ajustar salvavidas y navegar sobre el imponente Carare.

Cortesía Mario Hernández Jr. / VANGUARDIA LIBERAL
Sus aguas permanecen en calma, casi como si supieran que ese día aquellos visitantes serían testigos de uno de los mejores aportes que dejó el Acuerdo de Paz: la posibilidad de encontrar vida donde antes reinó la muerte.
Tras cada kilómetro, los paisajes que se divisan retratan la majestuosidad de una zona que hace tan solo unas décadas atrás fue uno de los focos estratégicos de la guerra.
Las aves pintan de colores el cielo que minuto a minuto se torna más azul y uno que otro mono y babillas también se dejan ver al paso de las embarcaciones.
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Para muchos, parece mentira que ahora sea posible disfrutar de aquella experiencia.
Los sangrientos años de las décadas 80 y 90, cuando el Frente 12 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, al mando de alias ‘Romaña’ y el ‘Negro Gaitán’, azotaban a la comunidad, quedaron atrás.
El grupo armado ilegal tenía el control de aquel territorio en donde se perpetraron crímenes de los que solo fueron testigos sus dolientes.

Cortesía Mario Hernández Jr. / VANGUARDIA LIBERAL
Pero hoy, casi dos años después de la firma de un acuerdo que logró desmovilizar y desarmar al grupo guerrillero más antiguo de Colombia, lo único que deben hacer los habitantes de este sector es disfrutar de las pequeñas gotas de agua que salpican el rostro durante la expedición que se atrevió a redescubrir al departamento: ‘Santander Bio’.
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Un universo por explorar
Deslizar los dedos entre el agua, durante los 60 minutos que tarda la lancha en llegar a la Fundación Proyecto Primates, es el mejor calmante para los nervios que de vez en cuando surgen cuando la fuerza del agua cambia y provoca pequeñas turbulencias.
Pero la verdadera aventura comienza al llegar a tierra firme.
Allí, una comisión del Ejército Nacional, la Gobernación de Santander y la Policía es la encargada de dar la bienvenida a los viajeros, minutos antes de iniciar las tres horas de travesía por los bosques del Carare Opón.

Cortesía Mario Hernández Jr. / VANGUARDIA LIBERAL
La caminata comienza y la sensación térmica alcanza los 32 grados centígrados pese a que los dispositivos marcan una temperatura que no supera los 28.
Las gotas de sudor empiezan a bajar poco a poco por la frente al tiempo que algunos de los ejemplares que se ocultan en aquel territorio se dejan captar por los lentes de las cámaras.
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Los creadores de la Fundación Proyecto Primates, que desde hace más de diez años se encargan de la conservación y estudio del comportamiento del mono araña café, el aullador rojo, el mono nocturno y el cariblanco, saben que estas no son las únicas especies representativas del departamento.
Por eso, abrieron sus puertas para que los más de 100 biólogos y científicos de la Universidad Industrial de Santander y el Instituto Alexander von Humboldt llegarán en busca de esos seres que aún esperan por ser descubiertos.
Y la tarea, aunque no es nada fácil, ya muestra resultados en aras de la creación del segundo banco de tejidos más grande de Colombia, un aporte invaluable de Santander en la nueva era de paz.

Cortesía Mario Hernández Jr. / VANGUARDIA LIBERAL
Caminar con cautela para no tropezar en los estrechos corredores, tener paciencia en la búsqueda y afinar los sentidos, son las claves que se deben tener en cuenta durante la expedición.
Y es que a ojo, con ayuda de sosfiticados sistemas y poniendo a prueba el conocimiento de los mejores expertos, ‘Santander Bio’ se tomó este territorio por quince días en los que se registraron los cantos de más de 900 especies de aves, las correspondientes a casi la mitad de las existentes en todo el país.
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Además, otras 19 especies nunca antes vistas, entre flora y fauna y en donde destacan el gran número de insectos, están en proceso de análisis para determinar si son únicas y nuevas.
Para lograrlo, la UIS se encarga de la toma de muestras, captura de ejemplares y extracción de ADN. Todo esto también hará parte del banco de tejidos que retratará la biodiversidad del Carare Opón.

Cortesía Mario Hernández Jr. / VANGUARDIA LIBERAL
Pero, cómo no alegrarse de ello si en 2008 el registro de estas especies era tan solo de cinco, y hoy, gracias a un novedoso método de electro-pesca, mediante el cual los peces son aturdidos para su captura, el número de especímenes analizados supera los 40.
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Sorprendentemente, los investigadores han encontrado camarones, ostras, peces agujeta, cangrejos y pequeños depredadores cuyo aporte es vital para el ecosistema.
‘Santander Bio’ se despidió del Carare Opón con un último recorrido en lancha, en el cual el sol hizo su última presentación de aquel día y pintó de naranjas el atardecer.

Cortesía Mario Hernández Jr. / VANGUARDIA LIBERAL















