El videojuego surge del trabajo conjunto entre Comunicación Gráfica y Bacteriología, convirtiendo bacterias reales en personajes educativos que combinan ciencia, arte y narrativa digital.

Hay que disfrutar el videojuego como si lo viéramos a través de un microscopio. No hay dragones ni hechiceros, sino ejércitos diminutos que se mueven por doquier: cocos redondos que marchan en formación cerrada, diplococos que parecen guerreros que nunca pelean solos y estreptococos alineados como un escuadrón de élite.
A un lado, un bacilo estira su cuerpo alargado, mientras una figura microscópica se mueve con la agilidad de un ninja que prefiere atacar desde la sombra.
En este videojuego -que no transcurre en castillos ni galaxias lejanas, sino en un laboratorio convertido en arena de batalla- cada personaje tiene una historia.
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Pero antes de llegar al mundo digital, todos vivieron un largo entrenamiento fuera de las pantallas, en los cuadernos y mesas de trabajo de los estudiantes del semillero ‘Bitácora’, de la Universidad de Santander, UDES.
Todo comenzó cuando el programa de Bacteriología y Laboratorio Clínico pidió un refuerzo: se necesitaban personajes que tradujeran al público general la complejidad del mundo bacteriano sin perder su rigor científico.
Los estudiantes de Tecnología en Comunicación Gráfica aceptaron el reto: crear criaturas que fueran fieles a su biología, pero también lo suficientemente carismáticas para conectar con quienes jamás han mirado por un microscopio.
La profesora María Juliana Rolón Rojas fue quien entregó el primer paquete de “ítems”: imágenes, descripciones y el marco científico que daba las reglas del juego.
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“El reto era que aprendieran a respetar los patrones reales mientras les daban una personificación coherente”, explicaría después el profesor Carlos Andrés Pérez Boada, líder del semillero. En otras palabras, no era cuestión de adornar las bacterias al antojo del artista, sino de transformarlas sin traicionarlas: que siguieran siendo bacterias, pero ahora con ojos que hablan, gestos que cuentan y cuerpos que invitan a acercarse sin miedo.
El resultado fue una colección de ilustraciones aprobadas para integrarse al videojuego educativo: un pequeño bestiario microbiológico apto para quienes nunca han tomado una clase de biología, pero también para quienes viven entre cultivos, placas petri y microscopios.

La siguiente misión ya está en marcha: el semillero trabaja ahora en las tarjetas informativas -las flashcards- que acompañarán a cada personaje dentro del juego. Y para el próximo semestre se planea ampliar la alianza entre Comunicación Gráfica y Bacteriología con el objetivo de crear nuevos contenidos que continúen cruzando fronteras entre ciencia, arte y narrativas digitales.
Mejor dicho, en este universo híbrido, donde las bacterias sonríen y las disciplinas se mezclan, el juego apenas empieza.















