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Domingo 05 de julio de 2026 - 09:38 AM

Crónica: El día en que no llegó el Anticristo a Barrancabermeja

Coincidencia infame con una cábala: 666 y una masacre familiar. Esta es la historia.

No hubo fuego cayendo del cielo. No se escuchó ninguna voz sobrenatural. Solo el sonido cortante de seis cuchillos atravesando la confianza de una familia sacrificada por uno de los suyos en Barrancabermeja, Santander.
No hubo fuego cayendo del cielo. No se escuchó ninguna voz sobrenatural. Solo el sonido cortante de seis cuchillos atravesando la confianza de una familia sacrificada por uno de los suyos en Barrancabermeja, Santander.

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Empujé el carro de la memoria rumbo al socavón de los recuerdos cuando una chispa leve de esas que salen en las redes, mostró un remedo de reminiscencia disfrazada con la liviandad moderna de los ‘reel’: un remedo corto trataba de imitar a Spielberg con la contundencia de la verdad imperecedera del dolor humano; era una versión ‘mela’ de una perversidad: la masacre del 666, la del 6 de junio de 2006 en Barrancabermeja llevada al mundo digital que nos absorbe.

Tres seises alineados en el calendario. El día seis, del mes seis, del 2006. Una fecha que, durante meses, alimentó sermones, titulares y conversaciones de pasillo. Nada que ver con el falso entretenimiento que entró a la pantallita del celular.

Fue más que eso. Horror. Un drama sangriento que no cesa de golpear la sensibilidad de los porteños sin lograr anestesiarlos.

Para algunos hubo una coincidencia matemática; para otros, fue el cumplimiento de una advertencia contenida en el último libro de la Biblia. El número de la Bestia. El día del Anticristo. Mientras el mundo discutía si el demonio aparecería entre relámpagos y trompetas, en la ciudadela del petróleo el mal llegó -otra vez- de la forma más antigua y más humana: caminando.

No hubo fuego cayendo del cielo. No se escuchó ninguna voz sobrenatural. Solo el sonido cortante de seis cuchillos atravesando la confianza de una familia sacrificada por uno de los suyos en Barrancabermeja, Santander.

Aquella noche, una vivienda del barrio Torcoroma se convirtió en escenario de una de las masacres más estremecedoras que recuerde el Magdalena Medio.

Seis consanguíneos Vergara Palencia fueron asesinados por alguien que portaba los mismos apellidos, que se crió en la calle 53 con carrera 18 del barrio Uribe Uribe. Dicen que aún se sienten los espectros, que el hogar jamás recuperó la alegría.

La sangre corrió por las paredes como si hubiera intentado expulsar el horror que presenció hace exactamente 20 años. Las marcas de las manos de las víctimas quedaron impresas sobre los muros, convertidas en un último intento desesperado por aferrarse a la vida.

Gladys Vergara, la única sobreviviente, permanecía en una especie de asilo hasta hace tres años, tratando de olvidar ese día.

Pero intentar borrar una mancha tatuada con crúor es como tratar de desaparecer una cicatriz del alma.

Claro, ya no duele tanto como la herida abierta a la que le cae una gota de limón, ahora es un queloide distante, apenas una sensación lejana, aunque la marca está ahí porque los poros del tiempo no se cierran, solo se desvanece la percepción de aquel instante. La huella se eterniza.

Para Gladys evocar es quizá como arrancar la costra de una lesión purulenta cada vez que intenta cicatrizar, exponiendo la dermis que se resiste a contener las gotas de plasma que parecen lágrimas.

Ahí está esa fecha ahíta de alaridos horrorizando a los vecinos que pensaron que se trataba de una pelea más de barrio, lejos de lo que sucedía al otro lado de los muros donde una prole era exterminada.

No hubo fuego cayendo del cielo. No se escuchó ninguna voz sobrenatural. Solo el sonido cortante de seis cuchillos atravesando la confianza de una familia sacrificada por uno de los suyos en Barrancabermeja, Santander.
No hubo fuego cayendo del cielo. No se escuchó ninguna voz sobrenatural. Solo el sonido cortante de seis cuchillos atravesando la confianza de una familia sacrificada por uno de los suyos en Barrancabermeja, Santander.

Y solo ella sobrevivió. Los médicos dijeron que la memoria se le desgastaría con los años. En ella ocurrió lo contrario. Los recuerdos permanecieron intactos, aferrados a su cabeza como el miedo adherido al náufrago. A la última persona con quien cruzó palabras cuando intentó vulnerar su memoria aún sangrante, le espetó con absoluta brillantez defensiva: “Mi cabeza ya no sirve”. Conciencia falaz. Todavía lo recuerda como el primer día.

No necesitaba cerrar los ojos para regresar allí. Volvía a verse saliendo escoltada por policías. Volvía a sentir el olor de la hemoglobina desperdiciada, a mirar los cuerpos de sus hermanos y sobrinos tendidos. Filigrana invisible tejida con las dendritas indestructibles del amor por su hijo. El autor.

Hay noches que parecen escritas por el destino. No porque el cielo anuncie una tragedia, sino porque los hombres terminan dándole sentido al horror cuando ha ocurrido.

Sus evocaciones eran como eso que los científicos no han podido hallar en los insondables laberintos de la mente, porque están por ahí como el fauno indeleble de nuestros miedos.

Ella no recordaba al Anticristo. Recordaba a Javier Mauricio Durán Vergara. Porque el hombre al que muchos terminaron llamando “el diablo” era su primogénito, con apenas 26 años. Con dos conocidos planeó el asesinato múltiple. Destajó a Nayibe, de 57 años con sus dos hijos Pedro Alberto, de 25 años y Jennifer Nayibe, de 20; acuchillaron a un menor, de 17, a Óscar Darío de 56 así como a Reynaldo Vergara, otro tío de Javier de 54 años. Fue el último porque llegaba de jugar en un bingo local y vio que la puerta de la casa estaba entreabierta.

No volvería a traspasar el umbral hacia adentro. Ingresó para mirar qué pasaba, y el sobrino que estaba detrás de la puerta, lo degolló. Veine años después, la historia sigue contándose como la “Masacre del 666”.

Aquella madrugada el demonio nunca apareció. Y, aun así, el infierno estuvo allí.

No hubo fuego cayendo del cielo. No se escuchó ninguna voz sobrenatural. Solo el sonido cortante de seis cuchillos atravesando la confianza de una familia sacrificada por uno de los suyos en Barrancabermeja, Santander. 
Suministrada/Vanguardia
No hubo fuego cayendo del cielo. No se escuchó ninguna voz sobrenatural. Solo el sonido cortante de seis cuchillos atravesando la confianza de una familia sacrificada por uno de los suyos en Barrancabermeja, Santander. Suministrada/Vanguardia

El monstruo que vive en nosotros

La fecha parecía demasiado perfecta para no convertirse en una leyenda que nuestro realismo mágico personal va editando a partir de los propios miedos, haciendo remembranza de los cuentos que los abuelos nos narraban a la luz de una vieja Coleman cuya caperuza destellaba en la oscuridad de nuestra maldad narrativa.

Las investigaciones revelaron un panorama mucho más complejo: resentimientos acumulados durante años, denuncias de humillaciones dentro del hogar, disputas familiares, versiones sobre una herencia y un entorno marcado por el consumo de alcohol y otros factores que terminaron desembocando en una matanza inimaginable.

La realidad nunca fue tan simple como la superstición. Sin embargo, los mitos sobrevivieron. Los seres humanos preferimos creer que el mal llega desde afuera. Que existe un demonio al cual señalar. Es más fácil culpar al 666 que admitir que el verdadero monstruo puede crecer dentro de una casa, compartir la mesa familiar y aprender a sonreír mucho antes de aprender a matar.

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