La histórica goleadora de la Selección Colombia lanza un mensaje sin filtro sobre la precariedad del sistema, cuestiona a directivos y revela el duro sacrificio de las jugadoras que deben “comer m...” para sobrevivir en el exterior.

El silencio se rompió con furia, con verdad y sin maquillaje. Catalina Usme no habló como referente, habló como voz de una generación que siente que ha dado demasiado recibiendo muy poco.
En una intervención que sacudió el entorno del fútbol femenino colombiano, la máxima goleadora histórica de la Selección Colombia dejó al descubierto una realidad incómoda, incómoda para directivos, para el sistema y para quienes exigen resultados sin mirar las condiciones.
El detonante: “No les damos un carajo”
Las declaraciones de la actual jugadora del América de Cali Femenino surgen en medio de una frustración acumulada. A pesar de los logros internacionales de la Selección Colombia Femenina —como el histórico papel en el Mundial de 2023 y los Juegos Olímpicos—, la estructura local sigue sin ofrecer garantías mínimas.
“Acá no le brindamos nada a la jugadora y aún así criticamos porque las Selecciones de Colombia no ganan nada. ¿Y nosotros qué les estamos dando? No les damos un carajo”, afirmó.

Pero fue otra frase la que terminó de encender el debate nacional:
“Toca ir a comer m... para poder salir adelante en esto”.
Para Usme, el talento colombiano no es fruto de un sistema sólido, sino de la resistencia, del hambre y del sacrificio extremo de las futbolistas.
Una Liga “mediocre” y sin continuidad
Uno de los puntos más duros de su análisis fue el formato de la competencia local. Catalina no dudó en calificar la liga como “mediocre”, cuestionando su corta duración y la falta de estabilidad laboral.
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En Colombia, muchas jugadoras apenas tienen contrato por tres o cuatro meses al año, lo que impide procesos físicos adecuados y las obliga a buscar ingresos adicionales fuera del fútbol.

“Entonces criticamos las selecciones porque no ganan títulos, pero aquí tenemos una liga mediocre”, sentenció.
Además, comparó la realidad con otros países como Brasil:
“En Brasil los equipos juegan 4 torneos en el año. Nosotras no jugamos ni uno”.
La migración: única vía para competir
Otro de los ejes de su crítica fue la necesidad casi obligatoria de emigrar para poder competir al más alto nivel. Usme fue clara: quien quiera rendir en selección debe salir del país.
“Admiro a mis compañeras que han migrado buscando tener una mejor performance para estar en la selección, porque aquí no les damos un torneo digno para que ellas se preparen para una selección”.
Sin embargo, también advirtió que ese camino está lejos de ser fácil. La experiencia en el exterior implica soledad, distancia y dificultades que pocas veces se dimensionan.
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“Las jugadoras se tienen que ir a comer mierda, porque estar en el exterior no es sencillo. Yo lo hice y no es tan fácil, porque una viaja sola a horas de distancia de su familia y de todo”.
Un reclamo que también toca lo personal
La delantera también dejó ver su inconformidad por su ausencia en recientes convocatorias bajo el mando de Ángelo Marsiglia. Más allá de lo deportivo, lo que le duele es la falta de comunicación.
Aun así, no perdió el respaldo hacia el equipo nacional:
“Lo mejor para ellas, que puedan ganar títulos, porque las llevo en el alma y porque creo que han hecho muchísimo con muy poco”.
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Cabe recordar que Usme no es convocada desde agosto de 2025, cuando disputó la final de la Copa América Femenina.
A esto se suman denuncias de Acolfutpro sobre condiciones indignas: hacinamiento en concentraciones y ausencia de seguridad social en varios clubes de la Liga BetPlay Femenina en 2025 y 2026.
¿Y ahora qué?
Mientras la Selección Colombia sigue siendo la vitrina que vende ilusión y patrocinios, la base que la sostiene parece fracturada. El mensaje de Catalina Usme no es una queja aislada, es una advertencia directa.
El fútbol femenino colombiano ya no pide apoyo simbólico. Exige estructura, continuidad y dignidad. Porque, como lo dejó claro su máxima referente, el talento no puede seguir sobreviviendo a punta de sacrificio extremo mientras el sistema sigue en deuda.
















