Cuatro décadas después de tomar un silbato por primera vez, José Agustín Hernández tiene claro cuál ha sido el partido más importante de su vida, aquel en el que siempre eligió no vender su dignidad.

Hay historias que no se escriben con títulos ni trofeos, sino con años de sacrificio. La de José Agustín Hernández Reyes es una de ellas. Tiene 60 años y lleva 40 ligado al arbitraje, una profesión que le permitió recorrer canchas de barrio y escenarios del fútbol profesional colombiano.
Nació en San Gil, Santander, pero su historia en el fútbol comenzó a tomar forma en Bucaramanga. Llegó el 23 de diciembre de 1977 junto a su madre y se instaló en el barrio Gómez Niño, donde en aquella época estaba ubicado el aeropuerto de la ciudad.
“Me describo como un campesino que llegó a Bucaramanga en busca de oportunidades”, cuenta.
Desde niño le gustaba el fútbol. En San Gil jugaba como volante seis o lateral derecho y esa pasión lo acompañó cuando llegó a la capital santandereana. Incluso tuvo la posibilidad de acercarse al Atlético Bucaramanga en 1982 y 1983, cuando Tiberio Villarreal Ramos era presidente del club.
La oportunidad de convertirse en futbolista profesional, sin embargo, no se concretó. Las circunstancias económicas terminaron pesando más que cualquier otra cosa. El balón siguió cerca, pero tomó otro camino.

Un silbato cambió su historia
Un día observó a Gustavo Rondón, quien fuera organizador de torneos ya fallecido dirigiendo un partido. La curiosidad pudo más y le preguntó qué debía hacer para convertirse en juez.
La respuesta fue directa. “Gallina, ¿usted quiere ser árbitro? Vaya a la calle 19 con carrera 18, por el barrio San Francisco, y prepárese”.
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José Agustín hizo caso. Llegó al Colegio de Árbitros de Fútbol de Santander, de Alfonso ‘Pipo’ Arenas y allí comenzó una carrera que terminaría marcando su vida.
Antes de llegar al fútbol profesional ya había acumulado 15 años dirigiendo en la barriada. Para él, esas canchas fueron una verdadera escuela.
“Es difícil, porque es manejar sentimientos, es manejar momentos”, explica.
Conoce escenarios como La Juventud, Kennedy, Chimitá, Villabel, entre muchos otros. Canchas donde la pasión puede desbordarse y donde el árbitro debe manejar no solamente el reglamento, sino también el ambiente.

Del barrio al fútbol profesional
En 1997 llegó a la Liga y empezó una nueva lucha. Ya no se trataba únicamente de dirigir partidos de barrio. Tenía que demostrar que podía llegar al profesionalismo.
Su oportunidad llegó después de una curiosa vuelta de la vida. Había dejado el arbitraje, había vuelto a jugar fútbol y llegó a pesar 105 kilos. Pero Alfonso Arenas lo invitó a colaborar en la Copa Campeón de Campeones. Dirigió la final y aquella actuación volvió a abrirle la puerta del arbitraje.
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Jaime Estupiñán, árbitro profesional ya fallecido y a quien José Agustín recuerda con especial cariño, fue uno de los que creyó en él.
“¿Es capaz de dirigir un partido de Primera C?”, le preguntó. La respuesta terminó siendo afirmativa.
José Agustín llegó al fútbol profesional y debutó en 1999. Lo hizo como juez de línea y terminó acumulando 98 partidos profesionales. No fue árbitro central, pero asegura que se siente orgulloso de haber llegado a ese nivel.
Su último partido también quedó grabado en su memoria: Deportivo Cali frente a Pasto, en el Pascual Guerrero. El resultado fue un inolvidable 4-4.
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Insultos, golpes y una decisión que nunca cambió
El fútbol profesional le dejó muchas anécdotas. Algunas dolorosas y otras que hoy recuerda con una sonrisa.
Durante un partido entre Deportes Tolima y América intentó separar una discusión. En medio del incidente, Arley Dinas le pisó el dedo meñique y se lo fracturó. José Agustín recuerda que el defensor era mucho más alto que él.
“Solamente miré hacia arriba y no era capaz de decirle nada”, cuenta entre risas.
Pero los golpes más fuertes llegaron después. Un accidente le partió las dos piernas y terminó sacándolo del arbitraje nacional.
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Su carrera profesional había llegado al final, pero no su relación con el fútbol. Regresó a las canchas de barrio.
El dinero nunca estuvo por encima del respeto
Dirigir fútbol de barriada, asegura, puede ser incluso más complejo que hacerlo en escenarios profesionales. Allí aparecen intereses económicos, apuestas y presiones que convierten al árbitro en una pieza delicada del espectáculo.
José Agustín habla de partidos donde un juez puede recibir 50 o 60 mil pesos mientras alrededor de la cancha se mueven apuestas de 10, 12 o hasta 20 millones.

Y reconoce que le han ofrecido dinero. También reconoce que siempre dijo que no.
“No alcanza, porque siempre lo que pido no le llena”, dice con una sonrisa, antes de explicar que su verdadera satisfacción está en poder mirar a cualquier futbolista a los ojos y saber que nunca se degradó como árbitro.
Para él, esa es una victoria más importante que cualquier partido profesional.
Cuatro décadas después...
A sus 60 años, José Agustín Hernández continúa ligado al fútbol. Ya no está en los grandes escenarios del profesionalismo, pero sigue recorriendo las canchas de barrio que conoció desde sus primeros años.
Allí todavía encuentra jugadores, dirigentes y aficionados que lo reconocen.
Su historia comenzó en San Gil, continuó en Bucaramanga y pasó por el fútbol profesional. Fue jugador, árbitro de barriada, juez de línea, protagonista de 98 partidos profesionales y sobreviviente de un accidente que le partió las dos piernas.
Pero si hay algo que resume sus 40 años de arbitraje no son las estadísticas. Es una palabra. “No”.
No al dinero, no a las presiones y no a vender una decisión.
Porque después de cuatro décadas, José Agustín conserva algo que para él vale más que cualquier reconocimiento, la tranquilidad de entrar a una cancha, mirar a los jugadores a los ojos y saber que nunca perdió su dignidad.














