En la Media Maratón de Bucaramanga, Isabelita, de ocho años, compartió con su papá un desafío de seis kilómetros lleno de juegos, lluvia y emociones. Una historia de amor, disciplina y aprendizajes que demuestra que las mejores metas son las que se cruzan juntos.

“Papi, yo quiero correr diez kilómetros”.
Isabelita me lo dijo después de verme participar en un par de competencias atléticas. Estaba por cumplir 9 años y, al parecer, observarme correr le despertó la ilusión de vivir su propia experiencia sobre el asfalto.
Faltaba un mes y medio para la Media Maratón de Bucaramanga FCV y le respondí que podíamos intentarlo, pero que había una condición: debíamos entrenar.
No dudó en contestar. Sus ojos cafés, que me enamoraron desde el 23 de octubre de 2017 cuando los vi por primera vez, se iluminaron y su rostro dibujó una sonrisa.
“Sí, papi”.
Acordamos salir tres veces por semana. Lo que no imaginaba era que aquella decisión terminaría convirtiéndose en una de las experiencias más bonitas que he vivido junto a mi ‘chinita’.
El primer desafío
Nuestra primera salida sería sencilla: calentar y trotar durante 15 o 20 minutos, a un ritmo moderado, para que descubriera sus sensaciones y entendiera que también podía caminar si lo necesitaba.
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Pero aquella tarde, cuando llegué del trabajo, la encontré sin muchas ganas de salir. Mientras se ponía los tenis, me contó que prefería ir a probarse el disfraz para el Día de los Niños.
Y ahí apareció mi primer dilema como padre. Quería que aprendiera el valor de la disciplina, pero tampoco quería que aquella ilusión por correr se convirtiera en una obligación.
Le expliqué que, si quería participar en los seis kilómetros, debía entrenar con constancia. Que podíamos desistir sin ningún problema, pero que, si realmente lo deseaba, tenía que comprometerse.

No se imaginan cuánto deseaba que eligiera entrenar. Finalmente, me miró fijamente y respondió:
—Vamos a entrenar, papi.
Por dentro, festejé. Creo que incluso más que cuando ganó una carrera de 80 metros en las interclases de su colegio. Eso sí, terminado ese primer entrenamiento, se probó y eligió no un disfraz, sino dos.
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Acordamos participar en la prueba recreativa de seis kilómetros. Ella insistía en correr los diez, pero todavía no dimensionaba lo que significaba esa distancia.
Aquel primer día trotamos durante 20 minutos. Jugamos, conversamos y descubrimos que podíamos hacerlo. También entendió que no sería tan sencillo como imaginaba. Los diez kilómetros quedaron aplazados.
Correr jugando
Empezamos una rutina de tres entrenamientos semanales. Variábamos los recorridos para mantener su motivación, que era mayor especialmente cuando el destino eran parques o centros comerciales.
No todo consistía en correr. Nos retábamos a llegar primero a determinado punto, evitábamos pisar las rayas de algunos pisos, saltábamos para alcanzar las ramas de los árboles y hacíamos equilibrio sobre los bordes de los andenes. Todo lo que fuera juego valía.
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Así, casi sin darnos cuenta, los entrenamientos se convirtieron en tiempo para nosotros. Algunas veces faltó a la cita porque la abuela la invitaba a comer helado o porque prefería quedarse jugando con sus amigas.
Luego retomábamos la rutina. También aparecían las dudas, el cansancio y esos momentos en los que la motivación parecía esconderse.
Yo quería enseñarle que la constancia no significa hacerlo todo perfecto, sino regresar y seguir intentándolo.
Seis kilómetros juntos
El más nervioso era yo.
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La noche anterior dormí poco. Me preguntaba si a mi ‘chinita’ le faltarían las fuerzas, si sufriría alguna molestia o si el esfuerzo terminaría siendo demasiado para ella.
Isabelita, en cambio, estaba entusiasmada. Organizó todo lo que llevaríamos e incluso preparó mi indumentaria: combinó, al mejor estilo de su mamá, las medias, la pantaloneta, la camiseta y hasta la gorra.
Le expliqué que los corredores de fondo suelen llevar alimentos para recuperar energía. Ella no perdió tiempo: se armó de gomitas y otras golosinas.

El 18 de octubre de 2026 Bucaramanga amaneció bajo la lluvia. Aparecieron nuevas preocupaciones: quería evitar que mi hija se mojara demasiado o terminara enferma. Aún así, mantuvimos el plan, pendientes de las condiciones para realizar la actividad.
Sobre las 8:15 de la mañana comenzamos a correr.
Isabelita estaba un poco temerosa. Habíamos entrenado con juicio, pero nunca habíamos completado seis kilómetros. Nuestra distancia máxima había sido de 3,5k.
Le recordé que ella manejaría el ritmo. No tenía que demostrarle nada a nadie y podía parar o caminar cuando lo necesitara. Lo importante era escuchar su cuerpo y disfrutar la experiencia.
Así lo hizo. Por momentos se entusiasmaba y dejaba atrás a otros corredores. Después disminuía el paso y caminábamos para hidratarnos y recuperar energías.
Yo la acompañaba, pendiente de sus sensaciones, tratando de que el entusiasmo no nos hiciera olvidar que se trataba de una niña que estaba descubriendo sus propios límites.
La subida por la calle 45 fue el tramo más difícil, incluso me confesó que lo que más había disfrutado eran las bajaditas.

Y entonces llegó la meta. Isabelita cruzó feliz y recibió una medalla que significa mucho más que seis kilómetros recorridos. Era el recuerdo de las tardes de entrenamiento, de las veces que decidió intentarlo, de los juegos en el camino y de una ilusión que fue creciendo paso a paso.
Yo también tenía motivos para sentirme orgulloso. Quería enseñarle que los sueños necesitan constancia, que los obstáculos forman parte de la vida, que debe ser una berraquita echada pa’lante y que como la canción de Fito Páez, lo importante no es llegar, lo importante es el camino.
También entendí que la lección más importante no era llegar a la meta. Estaba en haber compartido el recorrido con ella.
Como padre, quiero correr junto a Isabelita muchas más carreras. Algunas serán alegres y otras tendrán subidas difíciles, momentos de cansancio y días en los que parezca más sencillo detenerse.
No podré evitarle todos los obstáculos, pero quiero que sepa que puede contar conmigo para afrontarlos. Porque, más allá de los kilómetros que corramos juntos, mi mayor ilusión es acompañarla en todas las carreras que le depare la vida.
En la noche le pregunté si estaba cansada. Me respondió que no. Entonces, le pregunté si se sentía preparada para correr otros 6k. Me miró extrañada y dijo que no, pero enseguida replicó: “Podríamos hacer los 10k”.

















