Agro
Domingo 15 de febrero de 2026 - 01:00 AM

Agroecología en Santander: producir sostenible sí es rentable

Durante décadas, en amplias zonas rurales de Santander predominó la creencia de que proteger los suelos y reducir el uso de insumos químicos implicaba sacrificar productividad y rentabilidad. Esta percepción mantuvo a miles de campesinos en modelos agrícolas costosos y ambientalmente degradantes.

Durante décadas, en amplias zonas rurales de Santander predominó la creencia de que proteger los suelos y reducir el uso de insumos químicos implicaba sacrificar productividad y rentabilidad. Esta percepción mantuvo a miles de campesinos en modelos agrícolas costosos y ambientalmente degradantes.
Durante décadas, en amplias zonas rurales de Santander predominó la creencia de que proteger los suelos y reducir el uso de insumos químicos implicaba sacrificar productividad y rentabilidad. Esta percepción mantuvo a miles de campesinos en modelos agrícolas costosos y ambientalmente degradantes.

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Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, El campo en tacones

En la memoria histórica de Santander, el 10 y 11 de febrero de 1994 se realizó la primera reunión de agroecología en San Gil. Encuentro que fue liderado por el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) y la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (CORPOICA), en la que se sentaron las bases de un camino que, 32 años después, sigue vigente y cobra cada vez más fuerza.

Hoy día, en el campo santandereano se está consolidando una nueva realidad que marca un punto de inflexión: la agroecología, entendida como un sistema de producción que busca reconciliar la rentabilidad económica con la protección de los ecosistemas. No se trata de una moda pasajera ni de una postura ideológica con tinte político, sino de una oportunidad concreta para transformar la manera en que producimos nuestros alimentos y nos relacionamos con la tierra.

Frente al avance de la degradación de los suelos y al impacto creciente del cambio climático sobre la producción agrícola, comunidades campesinas de Santander están apostando por prácticas agroecológicas que regeneran los ecosistemas y fortalecen la seguridad alimentaria.

Aun así, este camino no ha sido fácil de comprender. En muchos territorios, estas prácticas aún se observan con desconfianza, y una de las principales barreras no es únicamente la falta de información, sino el miedo a la transición. Persiste la creencia de que la productividad disminuye cuando se opta por modelos ecológicos. Este temor, profundamente arraigado, ha llevado a muchos campesinos a mantenerse en sistemas que generan dependencia, altos costos y una degradación progresiva de los suelos.

Sin embargo, lo que se propone es mirar el suelo como un organismo vivo, lo cual implica aprovechar de forma consciente lo que la naturaleza nos ofrece: la materia orgánica, los minerales presentes en ella y los procesos biológicos que sostienen la fertilidad. Este cambio no se apoya en recetas universales, sino en el conocimiento propio y particular de cada campesino con su suelo, con su cultivo y con su sistema productivo, tanto en la producción agrícola como en la pecuaria. Cada campesino vive su propia experiencia; no hay dos suelos iguales ni dos fincas idénticas.

La agroecología se expresa como una simbiosis entre el campesino y la tierra: una relación viva en la que se aprende a escuchar y a observar, y en la que se toman decisiones conscientes. En este proceso se integra de manera intrínseca con una visión de la alimentación consciente, entendida como fuente de salud humana, vegetal y animal.

El campo deja de ser un espacio de producción extractivista para convertirse en un sistema que respira, se adapta y se regenera. Hablar de ello es hablar de resiliencia, de sistemas agroforestales, diversidad vegetal y policultivos que reducen riesgos y fortalecen la estabilidad productiva. Es hablar también de microorganismos, de control y corredores biológicos, de barreras vivas que protegen los cultivos, del papel fundamental de los polinizadores y de un manejo integral de plagas que no depende exclusivamente de productos externos. Estas prácticas no actúan de forma aislada, sino como parte de un mismo sistema productivo.

Sin embargo, la agroecología continúa cargando un estigma en algunos sectores al ser asociada automáticamente con posiciones políticas, lo que genera rechazo incluso antes de comprender su verdadera esencia. Para otros, se percibe como un estilo de vida romántico, en el que no importa la rentabilidad, sino una forma idealizada de vivir. Ambas interpretaciones reducen su alcance real y han contribuido a que muchos productores se alejen de esta alternativa.

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No obstante, existe otra forma de entenderla, una que nace desde la experiencia del campo y no desde el discurso. Una visión que la reconoce como lo que realmente es: un modelo productivo con el que sí se puede generar empresa, rentabilidad y desarrollo personal. El campo no necesita volver al trueque ni a la precariedad; necesita ser visto como lo que es y como lo que puede llegar a ser: una empresa viva, con ética, sentido territorial y capacidad económica y, ¿por qué no decirlo?, con potencial de agroexportación.

Producir de esta manera no significa renunciar al ingreso, sino contribuir a sistemas más eficientes, con menores costos a largo plazo, mayor autonomía y una relación más equilibrada con el entorno. Se trata de una forma de trabajar el campo que permite recuperar la biodiversidad sin sacrificar la productividad ni la rentabilidad, y que demuestra que es posible generar ingresos mientras se cuida la salud de quienes producen y de quienes consumen.

La agroecología comienza a posicionarse como un modelo capaz de reducir gastos, recuperar la fertilidad del suelo y mantener niveles competitivos de producción, rompiendo con el paradigma de que cuidar la tierra es incompatible con la rentabilidad.

Además, ofrece una respuesta concreta a uno de los mayores desafíos actuales: el cambio climático. Frente a un modelo agrícola que ha contribuido de manera significativa a la emisión de gases de efecto invernadero, este enfoque propone lo contrario: capturar carbono, fijarlo nuevamente en el suelo, regenerar la materia orgánica y fortalecer los sistemas naturales. No se trata solo de producir alimentos, sino de hacerlo de manera responsable y amable con el planeta. En este camino, el conocimiento ancestral juega un papel fundamental, no como una mirada nostálgica al pasado, sino como una base sólida que puede y debe integrarse con los avances tecnológicos actuales. No rechaza la innovación, sino que la incorpora con criterio, conciencia y sentido de territorio. Es la unión entre saberes antiguos y herramientas modernas para construir sistemas productivos rentables, resilientes y sostenibles.

Frente al avance de la degradación de los suelos y al impacto creciente del cambio climático sobre la producción agrícola, comunidades campesinas de Santander están apostando por prácticas agroecológicas que regeneran los ecosistemas y fortalecen la seguridad alimentaria.
Frente al avance de la degradación de los suelos y al impacto creciente del cambio climático sobre la producción agrícola, comunidades campesinas de Santander están apostando por prácticas agroecológicas que regeneran los ecosistemas y fortalecen la seguridad alimentaria.

Quizá uno de los aportes más profundos de este enfoque no se mide en cifras ni en toneladas productivas. Se mide en la forma en que transforma la relación del ser humano con la tierra, permite volver a enamorarse del campo, recuperar el orgullo de la labor agrícola y reconciliarse, incluso espiritualmente, con aquello que nos sostiene, no desde una mística vacía, sino desde el respeto, el conocimiento y la responsabilidad.

En muchos sentidos, este modelo representa el camino que se perdió en la producción de los alimentos y que hoy empieza a recuperarse, no como una imposición, sino como una elección consciente que exige valentía, aprendizaje y decisiones osadas, pero que ofrece a cambio crecimiento productivo y económico, salud, sostenibilidad ambiental y futuro para los territorios rurales. Esto, en pocas palabras, es libertad, economía y desarrollo personal; es decir, la naturaleza es global y no ideológica.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, El campo en tacones

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