jueves 25 de abril de 2019 - 4:12 PM

La conmovedora historia de la familia campesina a la que le restituyeron su finca en Santander

Esta es la historia de un campesino de Santander al que los paramilitares le asesinaron un hermano y lo desplazaron de su finca. 26 años después él, su esposa y sus tres hijos regresaron a la que era su parcela. Los Sánchez ahora, después de vivir un calvario, relatan lo que significa esta segunda oportunidad.

En la vereda La Tigra de Rionegro, ubicada a dos horas y media de la capital santandereana, queda la finca de Joaquín Sánchez Díaz. Allí, cuenta este campesino de 62 años, fue donde aprendió con sus dos hermanos a labrar la tierra.

Con sus padres, detalla, sembraban yuca, plátano y ordeñaban vacas. No había otra cosa que hiciera más feliz a la familia Sánchez Díaz que vivir en el campo.

La conmovedora historia de la familia campesina a la que le restituyeron su finca en Santander

Cerca de esta parcela Joaquín conoció el amor de su vida: María Elida Sánchez. Se casaron y tuvieron tres hermosos hijos, un hombre y dos mujeres quienes también le cogieron amor al campo.

Tanta era la dicha por la vida que tenían en este hogar, que jamás imaginaron que tendrían que irse de la finca y hacer algo distinto que trabajar con la tierra. Y mucho menos, que uno de ellos perdiera la vida en manos de los paramilitares.

El día que comenzó la zozobra

Era 30 de noviembre de 1993 y los Sánchez Díaz se preparaban para ir a una reunión de las Juntas de Acción Comunal, JAC, que se organizó para horas de la tarde en el municipio de Rionegro, Santander.

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Cuenta Joaquín que nunca faltaba a estos encuentros porque, para él, era primordial ser un líder en su comunidad. Sin embargo, ese día él sintió que no debía ir. “No sé por qué, pero no quise acercarme al lugar. Pienso que la Virgen me cubrió mucho y no era mi día”, narra.

Sus dos hermanos, Santafé y Cesar, sí decidieron salir de la finca. Cada uno emprendió su camino en tiempos distintos.

La conmovedora historia de la familia campesina a la que le restituyeron su finca en Santander

Minutos más tarde, recuerda Joaquín, llegó Santafé alterado diciendo que los paramilitares se habían llevado, amarrado, a su hermano Cesar.

“No entendía nada de lo que pasaba, Santafé contó que los paramilitares primero lo cogieron a él y le preguntaron el nombre, él dijo otro distinto y lo soltaron. Unos metros más adelante de la carretera agarraron a Cesar pero él sí dio el nombre real, por eso se lo llevaron y lo desaparecieron”.

En seguida, la reacción de Joaquín fue subirse a una yegua que estaba recién operada y salió para rescatar a su hermano. Mientras tanto, su mujer y otras vecinas de la vereda se sumaron con la búsqueda.

Desesperado y desconcertado, este campesino y quien tenía 40 años en esa época, hizo correr a la yegua sin importar qué podría pasar. A lo lejos, menciona, “vi un señor que vendía mercancía por esta zona. Cuando me vio me dijo: Joaquín, no siga porque son paramilitares los que llevan a Cesar. Si usted se mete lo agarran también”.

Sin pensarlo dos veces, y solo con el deseo de querer ver a su hermano y tenerlo en sus brazos siguió el camino con la yegua.

Segundos más tarde vio que se acercaba un paramilitar. “Lo primero que me dijo fue: ¡Quieto, no se mueva! Yo lo miré fijamente y dije: aquí me mató”.

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Con nervios y una tristeza inmensa en su corazón él se devolvió. “No me iba a dejar agarrar, solo pensé que debía irme y que me matara corriendo, por eso le pegué el taconazo a la yegua y salí en pura”.

Al llegar a un río Joaquín no tuvo más opción que bajarse de la yegua. Cruzó el cauce y pudo huir de los paramilitares, contrario a su hermano que nunca lo logró.

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Ese día, recuerda con nostalgia, fue el más triste de su vida. “Perdí en esta tierra una de las personas que más quería en mi vida, mi hermano. Él era la cabeza principal, el que nos ayudaba y estaba pendiente de todos”.

Cuatro meses después “solo encontramos los meros huesitos de él cerca de una hacienda en San Alberto, Cesar”.

Esta tragedia marcó la vida de los Sánchez Díaz, y por esta razón tuvieron que enfrentar otro momento devastador: dejar la finca.

Del campo a la ciudad

“La gente nos decía que lo mejor era irnos de ahí. Mis niños apenas tenían 11, 8 y 3 años. Eso fue muy duro para todos”, menciona Joaquín.

Seguir en la parcela iba a significar una vida tortuosa para esta familia, y no solo por el miedo de que otro de ellos muriera como Cesar, allí, también hubiesen tenido que soportar más atropellos como las llegadas sorpresivas de los guerrilleros a las fincas.

“Ellos nos estropearon mucho, nos robaban, nos hacían darles todo lo que teníamos. Eso se nos comían todo el mercado. Una vez llegaron y nos ordenaron que matáramos 10 pollos, otra vez se nos comieron una vaca completa. Todo eso también nos puso a correr”.

En aquel tiempo (1993) la parcela costaba 26 millones de pesos, pero, por el afán de escapar de la guerrilla y los paramilitares, la vendieron en 6 millones de pesos. También vendieron unas vacas en 250.000 pesos cuando, en aquel tiempo, ellos las compraron en 700.000 pesos.

Cuando lograron salir de las cosas materiales pudieron tomar un nuevo y doloroso rumbo.

“Nos fuimos a vivir a la ciudad, pasamos por varios lados. Eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Pasar del campo donde no se sabe más sino sembrar y ordeñar fue difícil. A duras penas sabia manejar, pero en una ciudad nunca lo había hecho”, dice Joaquín.

Él, su esposa y sus hijos llegaron primero a la capital santandereana. De ver que no sabían qué hacer y cómo sostenerse decidieron viajar, a los pocos días, a Venezuela.

“Allá trabajé en una carpintería pero me pagaban 5.000 bolívares diarios. Eso no me daba para sostenerme y poner a estudiar a los niños. Por eso con mi mujer decidimos regresarnos a Colombia así nos muriéramos de hambre”.

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Llegaron a Cúcuta, ciudad en la que estuvieron por cerca de 23 años.

Allí, detalla Joaquín, salió por más de 15 días a las calles a pedir trabajo. Pasaba por las construcciones solicitando a los maestros de obra que le dieran la oportunidad de tener algo digno. “Siempre me decían que no había cupo, que pasara luego”.

En medio de su desespero, de ver que sus hijos y su esposa no tenían nada para comer, y con solo 300 pesos en sus bolsillos, Joaquín llegó al parque Antonia Santos de Cúcuta y lloró desconsolado hasta más no poder. “Me metí luego a una iglesia y le pedí a Dios que me iluminara el camino porque no sentía valor para seguir”.

Al salir, vio a un señor que vendía pasteles y limonada en la calle. “Dije: eso será, ponernos a vender lo mismo. Le dije a mi mujer: ¡Mija, con los 300 pesos compre una panela que costaba solo 100 en ese tiempo (1994), y con el resto una tira de vasos y que le fiaran una harina y unos huevos en una tienda”.

Motivada, María Elida Sánchez salió a la tienda a que le fiaran. Cuando regresó solo vivió otro llanto más. “En la tienda le dijeron que no fiaban a desconocidos”.

Sin pensarlo más Joaquín animó a María Elida y juntos hicieron solo una limonada para venderla al siguiente día.

Joaquín salió con su baldado y ocurrió lo inesperado: a las 9:00 de la mañana ya lo había vendido todo. “Me había hecho 9.000 pesos, y como el día estaba caluroso pensé que alcanzaba a vender otro balde. Me fui a donde un señor que tenía un garaje y le conté mi historia para que me ayudara y me regalara un baldado de agua. Él me colaboró hasta a exprimir los limones, y en carrera salí a vender”.

Aquel día Joaquín regresó a donde su esposa con un mercado que pudo hacer con 18.000 pesos.

Volvieron a su tierra

En Cúcuta, Joaquín tuvo contacto con una comisión de noruegos que llegaron a investigar la situación de las víctimas de la violencia en Colombia. En una reunión, recuerda este campesino, conoció a una mujer que lo animó a solicitar ante el Estado que le devolvieran la tierra donde se crió.

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Aunque él era consciente de que habían vendido la parcela legalmente, “un juez me explicó que al no pagarse ni el 50% del avalúo catastral de la finca, el negocio se podía invalidar”.

Por eso, en 2010, pasó ante la Unidad de Restitución de Tierras las escrituras de la finca y unas cartas que guardaba de la Personería de Rionegro y de las JAC donde se certificaba que la familia Sánchez Díaz había sido desplazada.

Los procesos para validar toda la información fueron exitosos y en 2011 esta familia recibió la noticia de que el Estado los iba a ayudar para obtener esta u otra tierra, si así lo deseaban.

Pese a que Joaquín poco confiaba en el Estado, en el fondo de su corazón intentaba creer que antes de irse de este mundo volvería a pisar suelo en la vereda La Tigra, así sea para verla de lejos una vez más.

“Me llamaban a cada rato para decir que me la iban a dar, pero es que pasaba el tiempo y nada. Decidí irme a vivir al norte de Bucaramanga, a una casita en el barrio María Paz. Allí, el 3 de febrero de 2016, salió la sentencia de un juez que decía que era verídico que debían darme mi tierra”.

El 22 de junio de ese mismo año Joaquín la recibió. “Eso fue mucha felicidad para mí, algo increíble. Le di muchas gracias a Dios y hasta besé la tierra porque siempre quise mucho mi finca”, narra este hombre con lágrimas en sus ojos.

Un nuevo comienzo

Aunque no fue fácil volver y recordar los malos momentos que vivieron por la violencia, con el apoyo de la Unidad de Restitución de Tierras, esta familia empezó una nueva vida. Incluso, emprendieron un proyecto productivo que tuvo una inversión aproximada a los 27 millones de pesos.

“Cuando llegamos hicimos un préstamo al banco para sembrar arroz y maíz. Con eso nos defendimos mientras la Unidad nos colaboraba para iniciar un proyecto productivo acorde al suelo y la zona donde vivimos. Solicité que me dieran ganado y como todo el estudio salió bien recibí seis novillas y un toro. La Gobernación de Santander completó con dos novillas más. De esos nueve ya tengo 19 reses”, cuenta Joaquín.

La recomendación de la Unidad para esta familia fue comercializar yogur. Por eso, sin pensarlo dos veces, Joaquín hizo un curso en el Servicio Nacional de Aprendizaje, Sena, sobre productos lácteos.

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Actualmente vende a la semana entre 27 a 30 litros de yogur, cada uno a 7.000 pesos. Para esto, afirma, se turnan entre la familia para ir casa por casa de la vereda, o en el municipio, para ofrecerlos.

Aunque no hacen otros productos en grandes cantidades, también le apuesta a vender arequipe, kumis, dulces como panelitas y cortados.

Para ellos, “esto ha sido una buena opción para salir adelante. Yo sueño con ser un gran empresario en esta vereda y por eso pienso seguir creciendo para legalizar mi empresa. Que seamos reconocidos y que podamos vender también quesos”, señala con satisfacción.

La conmovedora historia de la familia campesina a la que le restituyeron su finca en Santander

Pese a que día a día cualquier rincón de la finca le revuelve la memoria, Joaquín aprendió que se debe perdonar. “La vida hay que seguirla, no hay que mirar atrás para estar en paz”.

Ahora su felicidad nadie se la podrá arrebatar, pues no solo tiene su tierra, también a “una esposa buena, trabajadora y que a pesar de todo nunca me falló sino que junto a mí se la luchó. Así estaremos hasta el final”.

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Así va la restitución de tierras en el Magdalena Medio y Santander

Álvaro Julián Prada Camacho, director de la Unidad de Restitución de Tierras del Magdalena Medio y Santander, dijo a Vanguardia que a la fecha se han restituido 164 predios. Además, “tenemos 961 análisis de restitución de tierras con 901 decisiones ya inscritas en el Magdalena Medio”.

Expertos de la Unidad también detallaron que actualmente existen 134 sentencias que han salido positivas para restituir tierras a familias en estos sectores.

A la fecha, se estima que son más de 700 las personas que se han visto beneficiadas con estos procesos de recuperación de tierras que perdieron en época de violencia.

¿Cómo es el proceso de restitución de tierras?

De acuerdo con Prada Camacho, la Unidad de Restitución de Tierras está reglamentada por la Ley 1448 de 2011, y establece tres fases.

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La primera de ellas es cuando la víctima acude a la Unidad para que los abogados hagan el debido análisis de títulos de predios. Luego, este proceso pasa a los jueces quienes se encargan de estudiar el caso y por consiguiente deciden si hay o no una restitución con la víctima. Por último, se hace la entrega del predio y se ayuda con un proyecto productivo para que las familias exploten las fincas.

Para esto, indica el Director de la Unidad, se estudia el suelo, las condiciones medioambientales de las parcelas y se destinan como máximo cerca de 40 salarios mínimos mensuales vigentes que sirven para iniciar con el proyecto.

Según Prada Camacho, en el caso del Magdalena Medio y Santander, las víctimas desarrollan especialmente proyectos ganaderos y forestales.

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