La pintura de Edmundo Hárker se desarrolla en el aparente plano de la representación inmediata. En las formas voluptuosas que elige se escenifica un repertorio pictórico en construcción con destacados logros técnicos y una sombría presencia de elementos narrativos que enriquecen la visión que nos presenta.

Publicado por: ALBERTO BORJA
Sus modelos parten de la realidad, pero con la mediación de la fotografía y la composición geométrica rigurosa. Su mano no renuncia a acompañar al espectador en el recorrido para descubrir sus imágenes porque construye con las fórmulas que comparten la pintura y la música, en una restricción temática muy específica.
Sus manzanas, frutas exóticas en el trópico (donde abundan bananos, guayabas y papayas), establecen en sí mismas una declaración como consecuencia de su selección. La simbología de estas frutas tiene una larga serie de asociaciones, como la tentación, la feminidad y la corrupción; pero será el oficio de los intérpretes seguir evidenciándolo. Todos sabemos que sus características estacionales exigen tierras en el norte del continente o al sur de los Andes, en Chile. Aunque pudieran resultar convencionales en una mirada distraída, han dejado de lado la tentación erótica para dialogar más abiertamente con la historia de la pintura y con el pensamiento del artista que se reconoce aprendiz, iniciado.
Pero lo que aparece en un primer momento en unos planos cuidadosamente compuestos y construidos con varias capas de óleo oculta comentarios sobre la historia del arte y la tradición pictórica. Se adivina una cierta preferencia por la escuela italiana en la terminación de los volúmenes, que a su vez pueden leerse como cuerpos y personajes. También habitan estos cuadros unas alusiones al paisaje psicológico surrealista y sus escenarios imposibles y oníricos. Estos pequeños comentarios, que yacen en el subtexto pictórico, trazan desiertos, dibujan montañas o sugieren profundidades cavernosas. Manzanas verdes, manzanas rojas, duraznos y pimentones constituyen un reparto de personajes que han ido creciendo en su oficio. Se dejan construir con pinceladas cortas en una etapa anterior, y ahora fluidas y expresivas para hablar como materia domada.
Escoge el óleo en una época llena del sintético acrílico, tal vez porque el tiempo de esta tradición se sintonice más con una personalidad reposada y sensible que ya no tiene prisas en la vida y que gusta de observar el trabajo que la pintura realiza sobre sí misma con el paso de los días. En su trabajo temprano, las formas carnosas y fértiles del cuerpo femenino, como escorzos que buscan una sublimación en las frutas, dialogan con referencias propias de los libros sagrados y de los cultos a la maternidad. Pero estas corporalidades ahora interactúan con otras presencias en el espacio del cuadro, como el micropaisaje que comenta en paralelo un punto de vista en la exploración de escenarios dramáticos. De un lado, el tópico de la superficie y, del otro, el detalle concentrado en la escena. El fondo negro, que resalta el protagonismo cromático, funciona como telón de fondo para el drama que escenifica en sus núcleos compositivos. Primero observa el objeto y luego se acerca con la cámara para trasplantar la transparencia de la luz al opaco soporte de la tela. Ausculta con su ojo la corteza de las cosas que elige para convertirlas en planos que se relacionan en una intimidad de semejantes, de iguales. Campos de relaciones que se activan en la proximidad y en el contacto se representan en lo figurativo y, sin embargo, simultáneamente, son espacios de ensayo de lo abstracto.
Una obra fresca, sin contenidos conceptuales apabullantes, que se deja ver y contemplar en la cotidianidad. No renuncia a la sugerencia de lo oculto, de lo velado, y lo reserva para los curiosos.
Médico por convicción y artista por vocación, Edmundo Hárker se atreve a hacer pública su obra con esta selección de piezas que cuentan una historia vivida en el adentro, mucho más que en el afuera, como los logros de la existencia, como las conquistas del alma. Una sensualidad que escapa de la procacidad y aterriza en la naturaleza que retrata viva.














