La fotografía y el retrato tienen un origen común: el deseo inherente del retratado de permanecer en el tiempo. Eternizar a sus retratados es el gran reto que este artista de nuestro terruño, hoy con pasaporte de artista del mundo, tiene como fin en cada uno de sus encargos estéticos

Publicado por: César Mauricio Olaya
Ese volver eterno sigue siendo hoy una constante cuando la chica frente a un espejo y con su “blackberry” se retrata a sí misma y luego, seguramente, comparte su imagen a través de las redes sociales y es, evidentemente, el mismo “lev motive” que a Ruven Afanador lo lleva a primero a conversar y luego a planear, organizar, concretar, definir, analizar y, por último, obturar la imagen final que habrá de mostrar a su cliente como el resultado final de lo que en palabras mayúsculas se puede llamar SU RETRATO, que para el caso particular de este creador no ha de ser nada distinto del espejo mismo donde se ha de contemplar tanto el propio retratado como el observador y, por supuesto, el mismo fotógrafo.
Ni cómo, ni cuándo
La historia seguramente comienza en un capítulo mucho más anterior al que nos revela el artista en esta breve entrevista, que se enmarca en ese halo de fantasía y de magia que rodea al considerado uno de los mejores retratistas del mundo del arte fotográfico, y no por menos; muchos indicios así lo hacen ver.
Primero, dos sillas puestas al azar recostadas contra una de las paredes donde se destaca el afiche de la exposición ‘Yo seré tu espejo’, que a través de ochenta de sus retratos nos acerca a lo que sustenta la calidad de su obra visual.
Tras el improvisado escenario, el impresionante tronar de los rayos que acompasan uno de los más fuertes aguaceros que ha caído sobre la ciudad en los últimos años, hecho que por demás complica captar muchas de las palabras que, casi como en susurro, salen de la boca del artista que, por la sutileza en su hablar y su estampa de ángel gigante, parecieran ser las de un iluminado cuya varita mágica tiene forma de cámara.
En consecuencia, darle forma a este sincrético universo que compromete recuerdos, testimonios y percepciones debe de comprometer la presunción, y la primera de ellas es la relación con los inicios de su arte, que bien pueden ser cuando la madre del artista, Isabel Peña, bautizó al colegio adventista de su propiedad con el nombre de La Libertad. También, podría relacionarse con el oficio de relojero de su padre, Ernesto Afanador, pues la instantaneidad es un sinónimo pleno al arte fotográfico. En otro escenario, podríamos atenernos al impacto que en el adolecente le imputó la observación de esa especie de quirófano de la belleza de la Fotografía Serrano, donde solía detenerse a observar los retratos que allí se hacían, especialmente de las quinceañeras de su época. Por último, bien podríamos atenernos al momento en que por primera vez, con la cámara Minolta de su padre, realizó los primeros retratos a su hermana Martha, ya viviendo en un pequeño poblado de Michigan en los Estados Unidos.
La fotografía es envolvente
“No sé exactamente cómo llega, pero llega; y es cuando uno debe estar alerta para recibirla. No sé si se llama destino, inspiración, suerte o condición especial; no sé ni cómo, ni cuándo, pero llega”. Así responde Ruven Afanador a la pregunta por el inicio o, mejor aún, la fórmula que le permitió volverse fotógrafo y no uno más, sino uno de los mejores en su género.
Una respuesta que se complementa con la pregunta de la fotografía que él considera su mejor trabajo y que, sin dudarlo un instante, señala como la primera imagen con la que se arranca la exposición, por él llamada “envolvente”, por la fuerza iconográfica de los elementos reunidos, y que el propio Afanador describe: “Era una sesión con modelo cerca del poblado de Horcón en el litoral pacífico de Chile. Íbamos en ruta hacia la playa escogida por la producción y de pronto tuvimos una avería en el vehículo. Paramos justo al frente de un barco que semanas atrás había encallado y que en ese momento estaba siendo desocupado, por lo que había de todo en el entorno. Le pedí a Ana Beatríz Barrios, la modelo, que me colaborara para hacer una foto. No había lugar a mayores preparativos; solo la necesidad imperante de responder a ese llamado estético y sugerente. La foto había llegado, no sé cómo, pero ahí estaba. Luego, me encontré con un fragmento de la obra ‘Poesía del maestro Pablo Neruda’, que gentilmente permitió que la usara en esta fotografía”.
Así, interminable sería el listado de historias que, como estas, han precedido a cada una de las fotos del artista bumangués que con sus retratos de personalidades de la talla de Hillary Clinton, Pedro Almodóvar, Sahron Stone, Gabriel García Márquez, Al Pacino, Tarantino, La Duquesa de Alba, Mónica Belluci y Britney Spear, entre otras divas y otros divos, adornan portadas y páginas enteras de revistas, entre ellas, Vanity Fair, Time, Vogue, Time o Rolling Stone.
“¿Cuál es la foto que no he tomado y que desearía tomar? La verdad, no lo sé. Todo llega, y aunque el tiempo es inexorable, lo único que con certeza puedo asegurar es que esa foto, como en ‘Poesía’, no sé cómo, ni cuándo, pero llegará”.












