“Cuando escribo intento ser leal a los sueños y no a las circunstancias”. Jorge Luis Borges. Arte poética.

Publicado por: Jimmy Humberto Fortuna Vargas
Pocas veces en la vida se da el instante mágico y los cinco continentes se unen como alguna vez se dio en los inicios de nuestra era. Pocas veces la palabra asume las riendas para mantener a casi setecientas personas durante cuatro horas dejándose llevar por las historias que solamente las palabras bien logradas pueden generar: desde risas nerviosas hasta miradas cómplices.
Pocas veces la palabra es un don universal. Pocas veces es posible comprender a un extranjero y sentirlo como alguien cercano, como alguien a quien se conoce de toda la vida. Pocas veces en nuestra ciudad se vive la fiesta de la palabra, aquella que nos envuelve con su manto y que, al quitárnoslo, nos reviste de su encanto.
Así es ella: la palabra; y el 18º Festival Internacional de la Palabra pudo lograrlo de la mano de una serie de talentosos artistas que han convertido a su ser más preciado, la palabra, en su instrumento, en su extensión, en su puente hacia lo desconocido y hacia lo que no lo es, pero investido de extrañeza.
Elva Macías asumió el número uno y leyó los tres momentos cumbres de su obra, como una abuela lo haría con sus nietos, relatando, a través de su “yo poético”, sus vivencias, sus fricciones con las culturas, tal y como se estaba gestando en esa noche de estrellas internacionales.
Su presentación fue breve, pero imbuida de brillo poético. Como en un texto dramático, salió de escena y apareció una extensión suya, pero de otro continente, pues, fue el viaje de México a España, y Crispin d’Olot, en su condición de juglar y en su atuendo medieval nos transportó a otra era.
Su inconfundible instrumento, como traído de otro planeta, se hacía presente mientras las gotas de su frente caían y el maestro hacía surgir situaciones entre amantes, desvelos y delirios, como productos de amores correspondidos se hicieran presentes.
Volvimos del Medioevo europeo a Latinoamérica, acompañados de las manos histriónicas de Rubén Martínez, quien, desde Venezuela, nos llevó a asumir las historias sencillas e infantiles con una atmósfera renovada.
La improvisación se hizo presente con el cuento de la luz roja que anunciaba el momento de partir, aquel color que fue como nuestro “gato negro” de Poe que nos delataba que el tiempo no era una invención humana.
Un giro se dio y de las sombras surgieron una silla y una mesa de sala de la mano de Gerardo, el nombrado hombre encargado del sonido, quien abrazó con cables al más sabio de los invitados, al maestro de maestros: Eraclio Zepeda. Su historia circense captó nuestras mentes y nos llevó a la tarea de buscar esa dama con esas características tan únicas que solamente en el mundo de Zepeda son una realidad transformadora.
Así como se hizo presente, el maestro hizo un acto de magia y desapareció para darle paso a otro país y a otro continente: Australia. Lili Pang nos puso en el reto de asumir una rara mezcla de español e inglés que se fusionaron perfectamente como un acorde ya instaurado en nuestra mente, como las canciones de Fito Páez, tatuadas en nuestras neuronas.
Optó por una historia de animalitos en que, como ha sido habitual en ella, creó y justificó a la razón de ser de su vida compartida: la importancia de aprender idiomas, como le sucedió a su heroína, madre y protagonista de su relato.
Después de ver a esta delgada mujer, se podría pensar en que llegaría otra como ella, pero la mente nos modificó la percepción, y Alekos, de Colombia, descendió de su mundo encantado, fusionado con el de Tolkien, para llevarnos por las rutas de las frutas convertidas en rimas, de los huesos articulando esqueletos de poesía, de piropos y cantos rodeados de perversión inocente como la del arte que invita a la reflexión.
El llano tomó cuerpo y asumió el de José Moya para introducirnos en los ambientes rurales de amplias regiones del país, donde los ancianos continúan siendo los más sabios y en donde aún se percibe ese cariño por los animales, que se crían como lo que son: seres vivos, ávidos de amor.
Cruzamos medio mundo y retornamos a nuestros orígenes en un País Vasco en que Itziar Rekalde nos habló de su gente, en su idioma, y desde esa fina mirada que solo las mujeres pueden ofrecer a las situaciones mundanas.
Al abrir nuevamente los ojos, una referencia futbolística que evocó Samuel Mountoumnjou fue la carta de presentación para que Camerún se hiciera presente sin goles que lamentar, pero con mucha música y alegría que brindar.
Un nuevo periplo y un clon, o tal vez “clown”, de Jorge González, líder de Los Prisioneros, saltó al tablado con un peculiar atuendo, pero no tan vistoso como el de Mountoumnjou.
El de Niño Ardilla, con sus afilados dientes y su cara de chiquillo regañado, era para ver caer. Una esfera en sus manos recorría su cuerpo como una palabra en los versos de un poema o en las autopistas de un renglón de una novela. Viaje Chile-México.
Sí señor. Una espigada figura que nos trepó en el árbol de los recuerdos maternales en su mirada cinematográfica y con su potente voz de posible encargado de doblajes: una maravillosa expresión facial que buscó la interacción con un público anhelante de contacto. Rammses Mocktezuma eclipsó la noche y la hizo suya como tras bambalinas se robó un beso de Anolis, su compañera de escenario.
Francia en su cuerpo níveo y en su voz. Una campanita como compañía y una mujer como portadora de ese misterio de mujer fusionada en la palabra. Un “track” complejo. Pasar de su perversidad infantil y caer en las manos de Cosiaca, con su humor directo y picante.
El paraíso bíblico se activó y un Dios paisa tomó el timonel de sus historias. Los ojos verdes para envolver en periódico conmocionaron como piropos en tierra cosechada. Un nuevo trayecto y Alexánder Díaz, ‘Mateo’, con su amor a Mario Bros estampado en su camiseta cumplió su sueño: tararear “We will rock you”, de Queen.
Finalmente, el número pactado se extendió y Argentina, como país renombrado en esta 18º edición de Abrapalabra, cerró con la foto prometida: la del público. Aquella imagen que buscó, de manera incesante, Gonzo Velazko con su rol de viajero, acompañado de maleta y habitual cámara para retratar lo imposible, todos los ángulos del Teatro Corfescu, siguiendo las directrices de un actor con “esquizofrenia cómica” que, en esta oportunidad, contagió a los asistentes para hacernos reír, una y otra vez, de manera tan inolvidable como las palabras justas que encontramos en la poesía de la vida.














