Sergio Acevedo Gómez falleció a comienzos de semana, dejando en luto a la música. Él dirigió una orquesta mientras estaba en un hospital en una operación para mejorar su Parkinson.

Publicado por: Vanguardia.Com
Sergio Acevedo regresó a Colombia, a mediados de los años setenta, resuelto a iniciar su carrera de director. Nada descabellado, porque se había formado, primero en la Academia de música de Viena y luego en la de Santa Cecilia de Roma, dos de las instituciones musicales más prestigiosas de Europa. Él mismo dijo que en Santa Cecilia buscó contrarrestar la rigurosidad filosófica germánica con la sensualidad musical de los italianos, aunque en realidad esa escuela no es menos rigurosa y trata la nota escrita con respeto reverencial.
Aunque había estudiado, piano primero con Leonardo Gómez Silva en Bucaramanga y luego, auspiciado por Amalia Samper se inició en la dirección coral en la Universidad de los Andes en Bogotá, para hacer de su vocación una profesión, tuvo que salvar toda suerte de obstáculos. Si bien es cierto, la música en su casa era la extensión plácida de la vida cotidiana, hacer de ella una profesión no era una alternativa. Logró vencer el obstáculo y se fue a Europa.
No debió perder ni un minuto, con el coro de la Musikverein de Viena bajo la dirección de Herbert von Karajan hasta participó en grabaciones legendarias de Bach, Verdi y Beethoven.
Pese a ser en extremo cauteloso y autocrítico, se presentó a la competencia internacional de jóvenes directores de orquesta de Florencia, con la medalla de oro en la mano debutó en el Teatro de la Fenice de Venecia, fue aclamado, la crítica italiana no ahorró elogios y regresó al país.
En Bogotá, al frente de la Sinfónica de Colombia, mostró sus mejores credenciales dirigiendo programas que habrían intimidado al más experimentado de sus colegas: sinfonías de Beethoven, conciertos de Bartók, oberturas de Rossini, los dos conciertos de Mendelssohn para violín la misma noche, los poemas sinfónicos de Smetana, las suites de Stravinski.
Era joven y apuesto, tenía carisma, el público lo adoraba, sus conciertos alzaban el telón con el aforo completo y cuando en el auditorio León de Greiff dirigía a la Filarmónica de Bogotá había público hasta en las escaleras.
El joven director se convirtió en una amenaza para el establecimiento que, desde el su debut se dio a la tarea de enrarecerle la atmósfera, cerrarle puertas, organizarle celadas, descalificarlo y poner en tela de juicio su arte.
Pese a todo, dejó huella en la Sinfónica de Colombia como director alterno, en la Filarmónica de Bogotá como invitado, en la Filarmónica de Antioquia como titular y finalmente en la Sinfónica de la Unab de Bucaramanga como fundador y titular. A muerte supo defender su decisión y convicción de dedicar la vida a la música.
No contaba con que la salud le jugara una mala pasada, lo doblegara y forzara a dejar la batuta, inerme, sobre el atril de la dirección.
La Marcha fúnebre de la ‘Eroica de Beethoven’, bajo su dirección, a la memoria de un gran músico y un mejor ser humano.
Nota de la Redacción: Este texto fue escrito por Por Emilio Sanmiguel.













