El próximo 29 de mayo, Bogotá Auctions subastará 98 obras de arte moderno y contemporáneo colombiano y latinoamericano, incluyendo piezas nunca antes vistas de grandes maestros como Fernando Botero, Alejandro Obregón y Beatriz González.

Publicado por: Redacción Cultural
Jueves 29 de mayo. Ocho de la noche. Las luces se atenuarán, las miradas se concentrarán en una pantalla y, al otro lado del mundo, coleccionistas con sus dedos suspendidos sobre teclados esperarán la señal para pujar. En la Calle 70 # 10A – 59, en el corazón de Bogotá, se abrirá un capítulo más en la historia del arte colombiano y latinoamericano: Bogotá Auctions subastará 98 obras de ochenta artistas que, entre pinceladas, volúmenes, silencios y rupturas, han construido el relato visual de nuestra memoria.
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Pero esta no es una subasta más. Es un encuentro entre décadas, miradas, territorios y silencios. Un tejido que une a Gonzalo Ariza y sus cielos con Pedro Ruiz y sus selvas, a los bodegones sobrios de Cecilia Porras con las flores explosivas de Freda Sargent, al hierro soñado de Ramírez Villamizar con la ternura gestual de Fernando Botero en su juventud. Es, como lo dice Alessandro Armato, director del Departamento de Arte de Bogotá Auctions, una cita con la historia artística del país y una oportunidad única para ver obras que jamás habían salido del ámbito privado.
La exposición, que ya está abierta al público con entrada gratuita, ofrece una experiencia que va mucho más allá del interés de coleccionistas. Recorrerla es sumergirse en las múltiples capas del arte moderno y contemporáneo colombiano, desde los paisajes bucólicos de Marco Tobón Mejía hasta las ensambladuras geométricas de Carlos Rojas. Es ver cómo el país ha sido narrado en pigmentos, carbones y volúmenes, cómo la selva, la violencia, el cuerpo, lo íntimo, lo sagrado y lo marginal han encontrado formas de expresarse.
Una de las joyas de esta subasta es “Alberto”, un óleo tempranísimo de Fernando Botero, pintado a los 19 años. No hay voluptuosidad aún, pero sí intuición de forma, una expresión contenida que anuncia al Botero escultórico que vendría después. Se trata de una pieza cargada de fuerza expresiva y valor documental. Un retrato racializado que, como sugiere Armato, podría dialogar con el grabado “Negro, negro, negro…” de Picasso, en una búsqueda por representar la negritud no desde la exotización, sino desde la dignidad. Un Botero en tránsito, entre Tolú y la memoria del Caribe, entre el autodidactismo y la consagración.
También destaca un boceto mural de 1961, una procesión de personajes que parecen salidos de un carnaval medieval: arzobispos, doncellas, jinetes, diablos. Allí están las obsesiones de Botero ya organizadas en un universo plástico que lo acompaña hasta hoy. Es un documento excepcional de su etapa neoyorquina, cuando experimentaba con la neofiguración mientras construía su lenguaje propio.
Mujeres visibles, finalmente
Uno de los aportes más valiosos de esta subasta es su apuesta por la visibilidad femenina. No como cuota simbólica, sino como parte esencial del relato. Emma Reyes, Beatriz González, María Teresa Hincapié, Ethel Gilmour, Marlene Hoffmann, Maripaz Jaramillo… Todas con obras que hablan desde distintos registros: la crítica mordaz, la delicadeza conceptual, el color que estalla o el cuerpo como lenguaje. Como dice Charlotte Pieri, directora general de Bogotá Auctions, estas artistas han comenzado a tener una resonancia internacional que ahora se refleja también en el interés del mercado local.
El cuaderno autógrafo de Antonio Caro, fechado en 1982, también aparece como una cápsula del tiempo, un artefacto cargado de pensamiento, ironía y resistencia. Más que un objeto coleccionable, es una entrada a la mente de uno de los artistas conceptuales más influyentes de la región.
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Aunque para algunos la subasta es sinónimo de valorización económica, para Pieri el arte es, ante todo, un activo afectivo e intelectual. “Una buena obra de un artista consolidado sigue siendo una inversión económica, sí, pero también una inversión en disfrute estético. No hay inflación que te robe eso”, afirma.
Y eso es lo que late detrás de cada martillazo en Bogotá Auctions: una obra que cambia de manos, pero no de historia. Una pieza que sale a la luz después de años en una sala privada o una bodega polvorienta. Un gesto que devuelve al arte su carácter público, incluso en el mercado privado.
La subasta del 29 de mayo se suma al calendario internacional de ventas que marca el pulso del arte en el mundo. Al ritmo de Christie’s y Sotheby’s, Bogotá Auctions se posiciona como plataforma clave para el arte latinoamericano, conectando coleccionistas en Nueva York, París o Buenos Aires con obras hechas en Chía, en La Candelaria o en el trópico imaginado de Obregón.
La exposición puede recorrerse de lunes a viernes de 11:00 a.m. a 6:00 p.m. y los sábados hasta las 5:00 p.m. También hay un recorrido virtual disponible para quienes se encuentren en otras ciudades o países. La invitación está abierta no solo a los que compran, sino también a quienes miran, preguntan, se emocionan.
Porque el arte también es eso: una historia que nos pertenece a todos, una conversación que se activa cuando una obra se observa con atención, aunque no se tenga la intención de comprar. En palabras de Armato, “la mejor obra es aquella que despierta una emoción que estaba dormida”.
Y este 29 de mayo, esas emociones saldrán a subasta. Con martillo, con mouse, con mirada crítica o con puro asombro, el arte colombiano volverá a contarse a sí mismo, no desde un museo o una galería, sino desde ese espacio donde el tiempo y el deseo se cruzan: el instante de una puja.















