La Fundación Filarmónica de Santander lleva más de una década formando jóvenes músicos en Bucaramanga y su área metropolitana. Con su enfoque social reafirman que se puede transformar vidas a través de la música.
Cuando Salomé Rodríguez habla del violín su voz se llena de emoción. Descubrió este instrumento a los 14 años, en un taller de música que llegó a su barrio, en Girón. Desde entonces no ha dejado de tocar. “He aprendido muchas cosas, pero lo más importante ha sido el valor de una familia musical”, cuenta.
Su paso por la Fundación Filarmónica de Santander ha sido, en sus palabras, una experiencia que le enseñó a leer partituras, a socializar y, sobre todo, a amar la orquesta.
En un año de conexión con la música Salomé ha tenido la oportunidad de presentarse en el auditorio Luis A. Calvo de la UIS, en la Biblioteca Pública de Girón, en la Casa de la Cultura, entre muchos otros escenarios, pero lo que más valora es sentirse parte de algo más grande. “Cada quien tiene su don que aportar. Aquí nos apoyamos mutuamente”, dice con orgullo.
Desde hace más de una década, la Fundación Filarmónica de Santander ha demostrado que la música, además de una expresión artística, es un motor de cambio social y una herramienta de transformación personal.
A través de programas de formación orquestal, conciertos pedagógicos y alianzas estratégicas con organizaciones, la fundación construyó una “familia musical” que se extiende por el departamento.
Esta iniciativa surgió en 2012, cuando un grupo de músicos profesionales de Bucaramanga decidió consolidar la Orquesta Filarmónica de Santander como un proyecto cultural emblemático de la región. Sin embargo, la visión de sus fundadores, encabezados por el maestro Sergio Camilo Durán, era apostarle a la construcción de tejido social.
“Nosotros empezamos con ese proyecto orquestal, hacíamos ensayos con diversos directores, pero fue en el Centro Cultural del Oriente donde la administración nos sugirió comenzar programas de formación musical. Desde ahí empezaron nuestros procesos educativos”, recuerda Durán, hoy director general de la Fundación.
Fue en 2016 cuando se consolidó la primera orquesta prejuvenil. El proyecto se amplió e incluyó nuevas secciones instrumentales como vientos madera, metales y percusión. Desde entonces, miles de niños y jóvenes han encontrado en la Fundación un espacio para formarse en la música y crecer en comunidad. Lea también: “La cultura se construye con identidad y territorio”: Yannai Kadamani, ministra de Cultura, visitó Bucaramanga
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Tres orquestas: un propósito
Actualmente, la Fundación Filarmónica de Santander cuenta con tres orquestas: infantil, prejuvenil y juvenil. Además de un coro y una red de 14 profesores.
“La orquesta infantil, conformada por 15 niños y niñas, está dividida en dos grupos: los más pequeños y los más avanzados. La prejuvenil es la más grande, son aproximadamente 30 niños. Y en la juvenil son cerca de 24 integrantes”, explica Isabella Calle García, líder de alianzas y proyectos y exintegrante de la orquesta. Ella ingresó a la Fundación en 2016, con solo cuatro meses de experiencia en el violonchelo.
“El proceso fue difícil, tomó tiempo, pero desde el primer día me sentí bienvenida y muy apoyada. Nunca me sentí opacada. Lo que aprendí aquí me niveló rápidamente”, añade Calle, quien hoy también cursa estudios de Ingeniería Industrial.
Los maestros imparten clases de instrumento, práctica coral y teoría musical. Hay clases de violín, contrabajo, piano, vientos y coro. Los talleres se realizan semanalmente y cada ciclo de formación culmina con conciertos abiertos al público.
“El acceso orquestal está incluido en la mayoría de nuestros programas, algo que no se ve en todos lados. Aquí los niños tienen un lugar donde tocar, mostrar lo que han aprendido y vivir la experiencia real de una orquesta”, afirma Johan Sebastián Santander, director de la Orquesta Prejuvenil. Le puede interesar: Barrancabermeja celebra el cine comunitario: este viernes estrena Contraluz

Música con sentido social
Además de un proceso de formación académico de calidad, la fundación ha empleado la música una herramienta para el desarrollo. Sus orquestas, además de brillar en los auditorios de la ciudad, también han llegado a comunidades vulnerables, hogares geriátricos y colegios públicos.
“Somos una fundación de ámbito social. Hacemos conciertos pedagógicos en lugares donde muchas veces no saben qué es un violín o un chelo. Así formamos a los niños no solo como músicos, sino también como ciudadanos conscientes de otras realidades”, expresa Johan Sebastián Santander Ardila, director de la Orquesta Prejuvenil y profesor de violonchelo.
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Ese compromiso con el territorio ha permitido que jóvenes de sectores vulnerables encuentren en la fundación una oportunidad. El maestro Sebastián Santander, quien creció en el norte de Bucaramanga, es testimonio vivo de ello. Ingresó a través de un semillero creado por la fundación en articulación con una escuela del sector. “Pensé que iba a tocar percusión, pero terminé estudiando violonchelo. Fue un proceso muy enriquecedor”, comenta.
Años después, se vinculó como docente, y hoy trabaja con niños de contextos similares al suyo. “Trabajo buscando estrategias para animarlos, más allá de la pedagogía típica. Que esto les sirva de base para mejorar sus vidas, incluso si no estudian música profesionalmente”.
Arte y comunidad
Uno de los proyectos a los que se encuentra vinculada hoy la fundación es el taller orquestal en el barrio Arenales de Girón. La iniciativa nació a partir de un taller independiente dirigido por Brian Rodríguez Pereira, músico egresado de la Unab, quien empezó las clases sin ningún tipo de retribución económica.
“Vi mucho potencial en ese taller así que me vinculé. Luego propuse a la fundación una alianza para becar a niños con talento. Así nació el taller orquestal con la orquesta preuniversitaria y la juvenil”, explica Sebastían Santander.
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El proyecto ha sido clave para elevar el nivel musical en Girón, pero también ha contribuido a construir tejido social. “Hay chicos que ahora colaboran como talleristas, enseñan lo que aprendieron y fortalecen las orquestas. Muchos no podrían pagar clases privadas, pero aquí reciben formación teórica casi a nivel universitario”, añade.
Para el maestro Santander, la música no es una actividad extraescolar, sino una vocación de vida. “Esto es un trabajo a largo plazo, para que en 15 años haya más cultura y menos chicos en las calles. Porque la cultural no es solo para el disfrute, es una herramienta de cambio social”, asegura. Además: Las Aventuras del Requinto: un libro infantil que revive la tradición andina a través de la música
Una comunidad que crece
La fundación ha cosechado numerosos casos de éxito. Algunos de sus exalumnos han sido admitidos en diferentes universidades del país, incluso de Estados Unidos e Israel, gracias a su formación musical. Otros, como Isabella Calle y Sebastián Santander, hoy entregan a los niños y jóvenes un poco de lo que han aprendido a lo largo de los años.
“Ya tenemos varios maestros que se formaron con nosotros. Se ha creado una comunidad alrededor de la música. Ha sido algo muy bueno”, destaca Sergio Durán. Esa comunidad además de brillar en los escenarios, construye puentes y da sentido al tiempo libre de cientos de jóvenes.
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El trabajo continúa, con nuevos retos. La fundación se prepara para ampliar su alcance en otros municipios del departamento, con programas que integren más niños y jóvenes al universo musical.
“Queremos hacer un llamado a la acción, a las entidades, empresas, instituciones o personas que quieran vincularse e incluso apadrinar chicos”, puntualiza Isabella Calle.
Desde el garaje donde comenzaron las primeras clases, hasta los auditorios donde hoy se presentan las orquestas, la Fundación Filarmónica de Santander le apuesta a la música con visión social. Porque allí las notas se convierten en oportunidades.















