La Fundación Cineteca Pública de Bucaramanga y el Colectivo Macoto Memorias lideran la recuperación del patrimonio fílmico en Santander a través de la digitalización de archivos en 35 mm y 16 mm.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
En una tarde que conjugó el asombro, la nostalgia y el compromiso por la preservación, Santander volvió a verse a sí mismo a través de los ojos del cine. Fue en el marco de un conversatorio organizado por la Fundación Cineteca Pública de Bucaramanga y el Colectivo Macoto Memorias, en el que se socializaron los avances en la digitalización de archivos cinematográficos en formatos de 35 mm y 16 mm, gracias a la línea misional Archivo Vivo y Memoria de la Cinemateca de Bogotá.
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Este no fue un evento más. Fue un acto de resistencia cultural, un reencuentro con imágenes que habían dormido por décadas en los estantes del olvido, escenas cotidianas, celebraciones barriales, visitas institucionales, partidos de fútbol escolar, desfiles cívicos y la memorable presencia del expresidente Alberto Lleras Restrepo en la Universidad Industrial de Santander.
Aquello que alguna vez se grabó con cámaras amateurs, sin pretensiones estéticas ni guiones cinematográficos, hoy emerge como un testimonio vivo del pasado colectivo. Porque, como recordó Lizbeth Torres Acosta, directora de la Fundación Cineteca Pública y moderadora del conversatorio, “lo que no se archiva, se pierde, lo que no se muestra, se olvida”.
La Fundación Cineteca Pública de Bucaramanga es mucho más que una bóveda de películas, es un centro cultural dedicado a custodiar la memoria fílmica de Santander y del nororiente colombiano. Fundada hace más de una década por un grupo de gestores culturales, cineclubistas y académicos, la Cineteca ha logrado conformar un archivo con más de 800 títulos que datan desde la década de 1920 hasta el presente.
En sus instalaciones, que funcionan como filmoteca, centro de documentación, espacio de formación y sala de proyección, conviven rollos restaurados, grabaciones domésticas, cortometrajes experimentales y registros de luchas sociales. Un verdadero mosaico audiovisual que no solo se conserva, sino que se activa mediante proyecciones, talleres y procesos comunitarios de apropiación.

En palabras de Lizbeth Torres, “la Cineteca es un espacio para que la gente se vea y se escuche. No es solo para expertos en cine o archivistas, sino para vecinos, estudiantes, lideresas barriales y jóvenes realizadores. Aquí cada imagen cuenta una historia que merece ser contada otra vez”.
En esta jornada, el Colectivo Macoto Memorias, uno de los dos seleccionados en la Invitación Cultural 2024 de la Cinemateca de Bogotá, fue protagonista con su propuesta de archivo alternativo. Durante más de un año, este colectivo se dedicó a buscar, limpiar, digitalizar y curar fragmentos de películas realizadas por estudiantes de cineclubes entre los años 60 y 80, muchas de ellas olvidadas en cajas de cartón o proyectores en desuso.
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Lo que proyectaron no fueron películas terminadas, sino pedazos de realidad, niños jugando en el parque, una feria en Girón, la inauguración del hospital central, una comparsa estudiantil, un discurso político en blanco y negro. El público, compuesto por investigadores, docentes, artistas y vecinos del centro histórico, asistió en silencio a la proyección, como si frente a sus ojos apareciera un álbum familiar que también era colectivo.
“Lo más valioso no es la nitidez de las imágenes, sino lo que dicen sobre quiénes fuimos”, comentó Yamid Galindo, historiador y especialista en patrimonio audiovisual. “Estos archivos revelan un país que se filmaba a sí mismo sin permisos, sin presupuesto, pero con una necesidad profunda de contar lo que ocurría”.

Un archivo que no es pasado, sino futuro
El conversatorio reunió también a figuras clave de la preservación audiovisual en Colombia, como Felipe Colmenares, documentalista y técnico en restauración digital, y Atanacio “Tato” Martínez, restaurador de cine con más de cuatro décadas de trayectoria, reconocido con el Premio a Toda una Vida 2023 por el Ministerio de las Culturas. Martínez habló con la pasión de quien ha devuelto la vida a miles de fotogramas, advirtiendo que “el archivo no es polvo ni celuloide, es un acto de justicia con el tiempo”.
Los asistentes coincidieron en una idea esencial, el archivo audiovisual es un derecho cultural. En ese sentido, iniciativas como las de la Fundación Cineteca Pública y el Colectivo Macoto Memorias no son esfuerzos nostálgicos, sino apuestas políticas por democratizar la historia, descentralizar el relato audiovisual y generar pedagogías de memoria desde lo local.
La Fundación Cineteca Pública continuará este año con sus programas de formación, proyecciones temáticas y alianzas con universidades, colectivos indígenas y procesos barriales para seguir expandiendo el acceso al archivo audiovisual como herramienta pedagógica y cultural. El proyecto “100 años, 100 minutos” y las muestras de cine comunitario y queer son algunas de sus iniciativas más recientes.
Y mientras las luces se apagaban al cierre del conversatorio, una frase quedó resonando en el salón, “Cuidar el archivo es cuidar el relato de quienes fuimos, para que las próximas generaciones puedan decidir quiénes quieren ser.”
Porque, en última instancia, eso hace la memoria, pone a circular las imágenes que nos devuelven un rostro, una voz, una historia en movimiento. Y en Bucaramanga, ese movimiento ya empezó.














