Más de 1500 caminantes de Colombia y Latinoamérica se reunieron en Fusagasugá para defender los caminos ancestrales que narran la historia del país. El movimiento, liderado por el arquitecto santanderano Gilberto Camargo, busca promover la conciencia cultural de estos caminos.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Cuando Gilberto Camargo era niño, solía acompañar a su abuelo por un sendero empedrado que atravesaba las montañas santandereanas. “Este camino lo hizo Lengerke”, le decía, mientras señalaba con su bastón un tramo de piedra tallada con precisión milimétrica. Entonces, Camargo no sabía quién era Geo von Lengerke, pero entendía que por ahí habían pasado siglos de historia, mulas con quina, hombres con sombreros de ala ancha y ecos de voces que no aparecen en los libros. Hoy, más de cinco décadas después, Camargo se ha convertido en el guardián de esa memoria.
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El asfalto aún no ha borrado del todo la memoria de los antiguos pasos, donde late una red de senderos que se resiste al olvido. Son los Caminos Reales de Santander: trazos vivos de piedra, tierra y tiempo. Por ellos caminan miles, pero es Camargo quien los lidera con la determinación de un arquitecto que no construye edificios, sino sentidos: defensor del patrimonio y promotor del turismo sostenible, ha hecho de los caminos su cruzada nacional.
Desde Fusagasugá, Cundinamarca, se celebró recientemente el 23° Encuentro Nacional de Caminantes, una cita que congregó a más de 1500 personas durante cinco días de junio. Participaron caminantes de 33 grupos de Colombia, además de delegaciones de Venezuela y Costa Rica. Pero más allá del número, fue una experiencia de memoria, cuerpo y territorio.
Caminar, según Camargo, es más que desplazarse. Es practicar una filosofía. Las rutas no solo atraviesan páramos y veredas, sino que desentierran historias: las de los arrieros que hacían parada en Fusagasugá antes de ascender hacia el Alto de San Miguel, las de la plaza mayor, la iglesia, los patronos. Cada paso rememora los antiguos caminos guanes, las piedras de Lengerke, las rutas del tabaco y la quina que unieron a Santander con el Caribe.
El encuentro nacional fue un mosaico de experiencias. Desde las cinco de la mañana partían caminatas de hasta 20 km por el Parque Nacional de Sumapaz. Más tarde, recorridos patrimoniales enseñaban el urbanismo colonial aún presente en Fusagasugá. Por la tarde, las comparsas de cada región traían su color, su danza y su acento. Hubo conferencias, gastronomía, debates y una gran asamblea de delegados. Allí se tomó una decisión crucial: el 24° Encuentro será en Zapatoca, Santander, en junio de 2026. En 2027, el turno será para Tauramena, Casanare, y en 2028, para Sonsón, Antioquia.

Pero Camargo no solo camina, también articula.
Para Martha Rojas, caminante de Medellín que ha participado en los últimos ocho encuentros nacionales, “este movimiento ha transformado mi manera de ver el país. Cada camino cuenta una historia distinta, y cuando uno camina con otros, esas historias se entretejen como una gran memoria colectiva”. Añade que la caminata también le ha permitido reconectar con su cuerpo y sanar duelos. “Caminar es meditar con los pies”.
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Desde el Caribe, Orlando Padilla, líder de un colectivo barranquillero, ve en los caminos una forma de resistencia cultural. “En nuestras zonas, muchos jóvenes han crecido sin saber que existen caminos empedrados que aún sobreviven. Participar en este encuentro ha sido abrirles la puerta a un patrimonio que también les pertenece”, afirma. Para él, la defensa de los caminos es también una defensa de la dignidad rural. En esta edición se fundó la Corporación Colombiana de Caminería y Senderismo, una entidad que agremiará a quienes hacen del senderismo una forma de vida, resistencia y salud pública. “Queremos ciudades caminables, menos CO2 y más oxígeno, más humanidad en el espacio público”, afirma. La meta: reunir al menos mil caminantes inscritos en la corporación para 2027.

No todos comprenden la profundidad del camino. Camargo lo lamenta: “Hay alcaldes que no se hablan entre sí, aunque los une un camino. Los caminos unieron a los pueblos. Hoy parecen olvidarlo”. La idea de una travesía similar al Gran Cañón del Colorado entre Los Santos, Jordán, Villanueva y Barichara sigue sin eco político. “En Estados Unidos lo venden, aquí lo olvidan”.
Pese a eso, los logros son reales. National Geographic ha reconocido la ruta Lengerke como una de las tres más importantes de Latinoamérica. Y en Santander sobreviven 600 km de caminos antiguos. Camargo insiste: proteger un camino es como proteger un andén. “Si la ciudad olvida al peatón, olvida la vida”, sentencia.
Los caminos no son solo vías. Son arterias culturales. Por ellos llegaron los primeros libros, los derechos humanos, las ideas, la alimentación. “Son parte de la aorta de la nación”, dice Gilberto con convicción. Por eso propone también una “ruta de la peregrinación”: cinco días desde Los Santos hasta Guadalupe, pasando por Jordán, Barichara, El Socorro y Guapotá. Y también una travesía por los caminos de Lengerke, de San Vicente a Zapatoca, Guane, Villanueva y Los Santos.
Desde que en 2002 se hizo el primer encuentro nacional en el Valle de San José (Santander), el movimiento ha crecido como una bola de nieve. Ya van 23 encuentros, cinco en Santander. En cada uno, además de pasos, hay pactos: crear una cátedra para formar caminantes con sentido común, educación ambiental y conciencia social.

La Declaración de Quebec de 2002 ya lo había dicho: los itinerarios culturales, como los Caminos Reales, son patrimonio de la humanidad. Son rutas tangibles e intangibles que entrelazan naturaleza, historia, arquitectura, memoria.
La lucha, sin embargo, continúa. Algunos hacendados han invadido tramos como el de Las Gachas a Guadalupe. Algunos alcaldes han levantado el empedrado sin entender su valor. Pero la memoria camina. Y con ella, Gilberto. Arquitecto del territorio, defensor del paisaje, caminante de la identidad.
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“Caminar es una forma de comprender el universo interior para poder apreciar el universo exterior”, dice. Y mientras lo dice, el camino sigue.
Porque un país que olvida sus caminos, se olvida de sí mismo.














