Cultura
Martes 08 de julio de 2025 - 02:07 PM

A propósito de El presidente que no fue, la historia silenciada de Gabriel Turbay

Con admiración, se realizó el acto de presentación del libro “El presidente que no fue”. La historia silenciada de Gabriel Turbay, escrito por Olga Lucía González y publicado por la Universidad de los Andes. El evento, acogido por la librería Tornamesa, abrió espacio a las palabras de apertura que resaltaron el valor histórico y testimonial de esta obra.

Gabriel Turbay Abunader, político santandereano. Nació el 10 de enero de 1901 y falleció en París, Francia, el 17 de noviembre de 1947. Archivo  / VANGUARDIA
Gabriel Turbay Abunader, político santandereano. Nació el 10 de enero de 1901 y falleció en París, Francia, el 17 de noviembre de 1947. Archivo / VANGUARDIA

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Publicado por: CARLOS URIBE CELIS

El libro voluminoso de Olga Lucía González es un excelente trabajo de investigación que no ahorra esfuerzos para consultar un muy amplio acerbo de fuentes y para escudriñar en muchas partes, como que pretende sacar a la luz verdades ocultas que responsables del proceso han querido –y han podido hasta ahora- mantener ocultas. Al principio, por puro efecto de la consabida hipocresía del poder, y, luego, por miedo culposo al darse cuenta de las funestas consecuencias de sus actos.

En relación con sus búsquedas la autora se queja de que, a pesar de avances indudables y valiosos no existe en Colombia un respeto completo o suficiente por los archivos del quehacer nacional que nos permiten ver en la distancia, liberados del juego inmediato de intereses y del prejuicio reinante, y en la consulta necesaria de las varias voces, lo que realmente iba pasando y acabó pasando. Pero la autora se las arregla para establecer en medio del fárrago y de los mutilados mamotretos verdades nuevas, reveladoras y aún perturbadoras.

Digo esto porque a mi ver el libro tiene dos partes: una es la biografía política del personaje Gabriel Turbay y la otra una revelación de componendas, tramoyas y contubernios que se atravesaron de mala forma en la aspiración del candidato. Esto, por extraño que suene, no concierne solo al interés de un hombre sino al destino de un pueblo. Esas son palabras mayores y voy a tratar de explicarme.

Pero antes quisiera hablar de una comprobación sociológica: Colombia es un país violento, consuetudinariamente violento. Y bien, violencia hay y ha habido en todos los hábitats del hombre, pero lo de Colombia es un enquistamiento del recurso agresivo para la solución de problemas o lo que cada cual juzga desde su personal punto de vista como un problema. Y entonces surge como medio inmediato, a la mano, el uso de la violencia. No hay nada biológico en esta tendencia. No es un problema de ADN, para consuelo de algunos que se resisten a reconocer esta característica nuestra. Parodiando a Rousseau, podríamos decir, que el colombiano nace bueno, pero el medio lo corrompe. En otra oportunidad podremos desentrañar los síndromes y síntomas de esa etiología.

A propósito de El presidente que no fue, la historia silenciada de Gabriel Turbay
A propósito de El presidente que no fue, la historia silenciada de Gabriel Turbay

Ahora nos ocupamos de algo más sencillo. Los historiadores y la memoria colectiva han mostrado que a partir de 1946, la violencia colombiana se expandió, se agudizó, se reconcentró, mostró atrocidades patológicas, que sin ser del todo inéditas, fueron muy evidentes y todavía hacen parte de la memoria de generaciones aún vivas.

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Esta mención es pertinente, pues he citado una fecha: 1946. Y el momento crítico de la biografía de Gabriel Turbay coincide con esa fecha: 1946. Fue en ese año cuando Turbay se convirtió en el presidente que no pudo ser o, como dice la autora de este libro, en “el presidente que no fue”. ¿Y qué importancia tiene esa frustración personal para nosotros hoy? El libro que estamos presentando ofrece varias respuestas a esa pregunta que los lectores ávidos pueden ir obteniendo.

Mi tarea no es reproducirlas ni resumirlas. Pero de una manera que Olga Lucía González no utiliza, yo puedo recoger una “preguntica”, así entre comillas y con e hipocorítico peyorativos, que algunos pusieron en libros en Latinoamérica hace dos o tres decenios: la tal preguntica es: “¿En qué momento se jodió Colombia?” (o Perú o Argentina). Entrando en el juego, porque las respuestas no son muy serias, incluida la mía, yo diría que fue en 1946. Porque la violencia atroz que siguió tuvo su inmediato origen, no en 1948, como han opinado los opinadores de ocasión (y los opinadores profesionales), sino en lo que pasó en las elecciones que perdió (o le hicieron perder a) Gabriel Turbay.

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Para los que no están enterados (y son muchos) el contexto en pocas palabras es este: el liberalismo había roto la hegemonía conservadora de más de medio siglo en 1930. Entonces gobernaron sucesivamente tres presidentes liberales: Olaya, López Pumarejo (dos veces) y Santos. En breves sustituciones estuvieron Lleras Camargo y Darío Echandía. Fueron 16 años de mandatos liberales y eso ha recibido el nombre de la República Liberal. En 1946 debía elegirse otro presidente y allí Gabriel Turbay se postuló como candidato liberal, las mayorías liberales de una organización representativa llamada Convención que debía confirmarlo lo confirmó y todo indicaba que él iba a ser el elegido. Pero apareció un disidente: su nombre es Jorge Eliécer Gaitán. La división política del liberalismo amenazaba ceder el paso a un candidato conservador que no existía. Un mes y medio antes de la fecha de los comicios este candidato apareció: Se trató de Mariano Ospina Pérez. El gran elector no fue otro que Laureano Gómez, a quien, como señala González, sus amigos lo llamaban “El Monstruo”. Qué apropiado mote, sin lugar a dudas. Lo que vino después fue muy penoso, trágico y determinante. 1946 está, con este libro de González, empezando a pasar a la historia.

La autora, en un trabajo serio, documentado y muy revelador, pinta la figura de Gabriel Turbay, que no tiene nada que ver con otras familias de apellido Turbay que han pasado a la historia nacional. Gabriel Turbay era santandereano, bumangués, y la imagen que deja su retrato (a partir del libro) es que fue un hombre honesto, disciplinado, capaz, eficiente, bien formado, servidor del Estado en grandes cargos (ministro de gobierno y de relaciones exteriores, representante a la Cámara, embajador y otros). Dejó las bases de la creación de la cédula de ciudadanía, que es la puerta legal de la ciudadanía para el sufragio universal y luchó por la reforma del Concordato. Además, era joven (murió de 46 años tras una larga carrera de éxitos y realizaciones) y también fue pobre (nunca tuvo casa propia). Dentro del liberalismo era un hombre de izquierda. Al juicio de hoy varias de las posturas y acciones de Gabriel Turbay pueden catalogarse de izquierda, tanto en lo económico, como en lo político y en lo social.

¿Y entonces qué pasó? Todos ustedes pueden estar cuestionándose. González se propone responder a esta pregunta, a partir, primero, de formularse las preguntas correctas.

Yo diría que el título del libro: El presidente que no fue podría tener un subtítulo casi subversivo, que los editores normalmente rechazarían. El subtítulo sería: “¿Y quién tuvo la culpa?”

González, tras hacer el retrato de su personaje (con quien simpatiza), pasa a desentrañar, yo diría que con mucho valor, lo que ocurrió en 1946. A esto conducen los capítulos 8 y 9 del libro que son los siguientes: “Capítulo 8: Una campaña electoral bajo el signo de la traición o el saboteo de los jefes liberales a Gabriel Turbay” y “Capítulo 9: Los ‘oligarcas’ del Partido Liberal unidos contra Gabriel Turbay y la desconfianza de los conciliábulos bogotanos”. Estos títulos son suficientemente reveladores.

Permítanme, con todo respeto, nombrar a esos ‘oligarcas’ del Partido Liberal: Son gente bien conocida: Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo y otros de esa élite. Lo que ellos buscaron fue exactamente un contubernio impresentable con Laureano Gómez y con la fuerza conservadora que este comandaba. López Pumarejo para la campaña de 1946 se proponía ocultamente cederle el poder al Partido Conservador y explotar la amistad que él siempre tuvo con Laureano Gómez. Oh, sorpresa. Dioses de todos los Olimpos, sálvennos.

Yo postularía dos hipótesis para explicar esta anómala conducta (anómala, por usar un calificativo de respeto por la audiencia). Dos hipótesis: una, el segundo gobierno de López (1942-1944) estuvo marcado por escándalos como la cesión de las acciones de la compañía holandesa Handel, accionista de Bavaria, y envuelta en los bloqueos comerciales resultantes de las alianzas de la Segunda Guerra Mundial contra Hitler. Supuestamente López padre entregó las acciones por una importante suma a su hijo López Michelsen cuando debían entrar a las arcas del Estado. Ese escándalo y otros orquestados por la oposición llevaron a un golpe de Estado frustrado que obligó a López Pumarejo a renunciar a la presidencia interrumpiendo su mandato constitucional. En 1946, ya en reposo manifiesto, López quería salvar su imagen y pasar a la historia como un gran conciliador en un momento de horribles tensiones políticas.

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Dos, Gabriel Turbay, que se perfilaba como el ganador en 1946 no era el candidato de López para el puesto. López pretendía ser el dueño de su partido y decidir quién lo representaría en los comicios. Por esto conspiró contra Turbay.

La conducta de López en 1946 tuvo como antecedente histórico la conducta de Núñez desde 1870, y consolidada en 1886. Núñez liquida el Radicalismo Liberal de 1863 y entrega el poder a los conservadores. Esta maniobra tuvo como sucedáneo reciente la operada por el liberal Uribe Vélez en el presente siglo para derechizar más a un partido ya desviado en esa dirección.

Estas defecciones –más comúnmente llamadas traiciones- han derivado en guerra y violencia: la traición de Núñez condujo a las guerras de final del siglo XIX con la de Los Mil Días como culminación; la de López Pumarejo en el siglo XX dio lugar a la Violencia Colombiana de los años 50, cuyas transmutaciones las estamos sufriendo hoy. Y en el siglo XXI la maniobra más reciente trajo la irrupción del paramilitarismo con los llamados “falsos positivos” y otras corruptelas de la también llamada Seguridad Democrática.

En suma, dura violencia, violencia atroz, violencia y más violencia que han marcado hasta hoy el devenir de nuestra nacionalidad.

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Con esto me separo en parte del libro que presentamos. De vuelta a él, sin embargo, hay que ver que González dice que Gómez (Laureano) apoyó a Gaitán (Jorge Eliécer) contra Turbay (Gabriel) en 1946. Esto resulta lógico y políticamente consecuente, pues prohijar la división en el liberalismo abría la puerta a una victoria electoral del conservatismo, ayuno de poder desde 1930. Y los conservadores obtuvieron la presidencia efectivamente con un distante margen de votos en inferioridad, respecto del que los liberales hubieran tenido sin divisiones.

Los votos liberales capitalizaron –redondeando- el 60 por ciento de los votos mientras Ospina quedó con un 40 por ciento. De los votos liberales Gaitán obtuvo 44 por ciento y Turbay 56 por ciento (ganó en todo caso). La diferencia entre Ospina y Turbay, a pesar de la división, fue de apenas 12 por ciento. Lo que se puede decir es que la división fue determinante para la derrota del liberalismo.

González no tematiza la personalidad de Gaitán, en cuanto a la decisión de este de dividir al partido; él sabía perfectamente que su disidencia acabaría con el poder de los liberales y, por supuesto, con la aspiración de Turbay. No le importó. Su ego narcisista lo impulsó a seguir con su malhadada aventura. En algún momento dijo en el proceso que se sacrificaría por el partido liberal. Nunca lo cumplió. González ilustra, por lo demás, los coqueteos entre Laureano Gómez y Gaitán que en algún momento soltó esta frase lapidaria: “Laureano Gómez es un hombre puro”. Quería decir que no se aliaría con el partido liberal como pretendía López.

En suma, este libro, señoras y señores, reescribe la historia de Colombia porque nos hace ver los pies de barro de sus ídolos y pone en entredicho esas figuras míticas de nuestro devenir.

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Suficiente por hoy, este es un gran libro. Léanlo.

Publicado por: CARLOS URIBE CELIS

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