MuDanza 2025 llega a Bucaramanga con el díptico La Muerte de Santiago Nasar y Cantina Amor: danza contemporánea, bolero y dramaturgia física bajo la dirección de Giovanni Ravelo.

Publicado por: Redacción Cultural
La sala aún huele a cinta gaffer y piso negro calentado por los focos. En el silencio previo, un par de zapatillas rozan el linóleo como si tantearan el borde de una historia conocida: un pueblo que mira, que sabe, que calla. Alguien marca ocho tiempos con la palma y, de pronto, un violín remoto, Bach como una campana, ordena la respiración. Entra el elenco. Siete cuerpos tejen un rumor: la memoria de una muerte anunciada que, aquí, no se narra con palabras sino con torsos que giran como puertas, con manos que son cuchillos, con la figura de un muchacho que atraviesa la escena sin comprender del todo el destino que otros ya decidieron por él.
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La primera mitad del díptico se llama “La Muerte de Santiago Nasar”. Es una versión libre del universo de García Márquez. La coreografía cuenta ritmos morales: el “honor” como un paso aprendido a la fuerza; el machismo como una marcha rígida que arrastra a todos; la culpa colectiva como un canon que se repite y se repite hasta volverse paisaje.
La música salta entre lo clásico y lo tradicional y en ese contraste la pieza encuentra su filo: lo ceremonioso del barroco tensando las vértebras, lo popular recordando que los crímenes de pueblo ocurren a plena luz del día, con el mercado abierto y los vecinos vendiendo cilantro. Cada levantada de hombros, cada caída controlada, pregunta lo mismo: ¿quién empuja, quién permite, quién evita?
La segunda mitad cambia el aire. “Cantina Amor” abre las puertas de un bar que podría estar en cualquier esquina latinoamericana donde el bolero todavía manda la noche. No hay mesas ni botella real, o tal vez sí, pero no hace falta; bastan los cuerpos para sugerir humo, piano, metales, ese vibrato sentimental que hemos heredado sin discusión.
Aquí la técnica pasa del neoclásico al contemporáneo con un desenfado gozoso: el gesto estirado, casi académico, cede a un contratiempo que hace sonreír; la frase geométrica se interrumpe con un giro torpe a propósito, con la carcajada que desarma la solemnidad del amor. Las letras de Julio Jaramillo y otros clásicos que se cantan y se encarnan. Donde la canción dice “si tú me dices ven”, el bailarín no corre, titubea; donde la voz promete olvido, el cuerpo insiste en recordar con la pelvis, con los omóplatos, con un abrazo que dura un compás de más.

Ese es, quizá, el corazón de “MuDanza 2025″: un puente entre mundos que a veces creemos opuestos. De un lado, la danza-teatro, la herencia de un linaje que entiende el movimiento como dramaturgia; del otro, la memoria afectiva del bolero, ese archivo emocional que nos ha enseñado a llorar bonito.
¿Hace falta escoger? La propuesta de Giovanni Ravelo responde que no. Pone a conversar la precisión del barroco con la melancolía tropical, el “alto” clasicismo con el “popular” que se baila en las salas, y demuestra que la buena escena se alimenta tanto del conservatorio como de la cantina.
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La combinación tiene lógica cultural. En América Latina, el cuerpo fue siempre acta y testigo. La violencia, de honor, de género, de costumbre, deja un rastro cinético: hombros endurecidos, pasos vigilados, miradas que piden permiso.
El bolero, en cambio, fue escuela doméstica de deseo y fracaso; enseñó una gramática del anhelo, del perdón, de la cursilería dignísima. Juntar ambos lenguajes en un díptico es recordar que nuestras tragedias y nuestras fiestas se escriben con la misma tinta: el cuerpo. Donde la novela disecciona la responsabilidad colectiva, la coreografía la hace músculo reflejo. Donde la canción exagera el drama amoroso, la danza lo vuelve ironía y ternura a partes iguales.

Giovanni Ravelo, director de MuDanza y con años de faena entre circuitos institucionales y compañías de prestigio, dirige el conjunto con la convicción de quien confía en la inteligencia del público. Nada está subrayado en exceso.
La primera obra no recae en el guiño obvio al libro; la segunda se permite la coquetería de una patada descalza, un “port de bras” que se quiebra antes de volverse postal. En ambas, la técnica aparece y se retira en el momento justo: hay delicadeza en los apoyos, cuidado en las caídas, humor cuando hace falta aire. Y, sobre todo, hay escucha: los intérpretes se leen entre sí como compañeros de escena, no como ejecutantes que esperan su turno.
El díptico estará próximo a presentarse en Bucaramanga con una promesa: unos 65 minutos de viaje sin intermedio, con siete intérpretes sosteniendo la tensión entre lo que el cuerpo denuncia y lo que el cuerpo celebra.















