Por más de quince años, un grupo de mujeres ha sostenido con su alegría, memoria y fuerza comunitaria un mercado que no solo vende alimentos: cultiva cultura, la tierra y la dignidad.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
A las seis de la mañana, antes de que el barrio La Joya despierte del todo, ya hay mujeres reunidas en la cancha del Triángulo. Se saludan, se ríen, estiran los brazos, mueven las piernas, recuerdan lo que soñaron anoche o lo que cocinaron ayer. No es una clase de gimnasia cualquiera. Es la forma en que Las Chicas Madrugadoras abren el día, desde hace quince años, como quien riega un jardín: con constancia, con cariño y con sentido de comunidad.
La historia de estas mujeres, muchas ya sobrepasan los 60 y algunas bordean los 80, está tejida a la par del Mercado del Buen Vivir, una iniciativa que nació en 2010 como parte del “Festival de Expresiones Rurales y Urbanas”. Desde entonces, cada quince días, el mercado se instala en el barrio como un pequeño universo donde el campo se encuentra con la ciudad y donde el alimento no se vende, se comparte.
Marina Torres Castro es una de las personas que inció el grupo de Las Chicas Madrugadoras. Marina explica que el grupo comenzó en 2010 con ocho o diez habitantes de La Joya, motivadas por el cuidado de la salud y la nutrición.
“Ha sido muy satisfactorio recorrer este camino, ya llevamos 15 años apoyando el mercado campesino que se inició en nuestro barrio. También iniciamos nuestro caminar en la época en que se hizo el referendo por la defensa del agua. Es para nosotros un gusto compartir con nuestros amigos nuestra experiencia de vida, ya que nos conservamos saludables de cuerpo y espíritu”, asegura.

Deyanira Hernández, también integrante fundadora, reconstruye los primeros años del colectivo: “el grupo de Chicas Madrugadoras se formó el 17 de agosto de 2010, gracias a la iniciativa de Marina Torres y de varias señoras del barrio La Joya, entre ellas Leonor Hernández y Mery de Duarte, ya fallecidas. Pronto éramos unas treinta mujeres, puntuales todas las mañanas en la cancha del Triángulo, donde Miriam Mantilla nos dirigía los ejercicios. Pasábamos una hora entre risas, contando anécdotas y cuidando nuestra salud. Ese mismo año llegó Claudia Roa con los mercados campesinos y se tejieron amistades muy bonitas con la gente del campo”.
Con el tiempo, el grupo empezó a organizar viajes colectivos: “Fuimos a Santa Marta, Medellín, Cartagena, Chiquinquirá, San Gil, Charalá, los baños termales y hasta El Páramo. El último viaje fue a Cartagena, justo antes de la pandemia. Damos gracias a Dios porque ninguna chica madrugadora falleció. Hoy seguimos reuniéndonos con bailoterapia los lunes, miércoles y sábados. Ha sido una experiencia muy bonita que nos mantiene saludables y unidas”.
Fernando Salazar Ferreira, poeta y gestor cultural vinculado desde los orígenes del mercado, subraya su trascendencia: “el Mercado del Buen Vivir ha sido desde hace quince años un espacio no solo para la comercialización de alimentos; ha sido también escenario para el intercambio con comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas que tejen alternativas para la defensa de la vida, del agua, del alimento y de las semillas criollas. Con la comunidad de La Joya hemos estrechado lazos que van más allá de la venta: hemos creado un diálogo franco que permite conocer las realidades de quienes aman el campo y lo reconocen como un camino de vida digna”.

Para Salazar, el mercado también es un lugar donde se recuperan y celebran saberes: cocinar en hojas, preparar medicina natural, leer las fases de la luna para sembrar. “En fin, el mercado es una gran experiencia, una canasta donde han estado, siguen llegando y seguramente llegarán los mejores aprendizajes. Libra por libra, en cada aroma y color, un domingo cada 14 días construimos una de las muchas formas del Buen Vivir”.
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Desde el enfoque de la cultura alimentaria, Claudia Gimena Roa, una de las creadoras del mercado, enfatiza que este proceso trasciende lo económico: “Que existan y se promuevan mercados campesinos es bueno; pero en pocas ocasiones logran permanecer y llegar a asuntos más profundos. La Joya y el Mercado del Buen Vivir marcan otra referencia. Aquí los saberes de fogones campesinos y de hornillas urbanas se complementan, y eso ha sido muy valioso para todos”.
Para Roa, la alimentación no es solo una necesidad: es una expresión cultural. “La Cocina Humeante nos muestra que no basta con tener frutas y verduras limpias. Hace falta imaginación para consentirnos con el alimento, rescatar preparaciones sanas y enseñar a niños y jóvenes a cocinar guacamole, esponjados, una infusión. La industrialización encarece y empobrece la comida. Al empacarlo todo, se borra la historia. ¿De dónde viene un tamal? Esa pregunta nos devuelve al territorio”, explica.
El valor del Mercado del Buen Vivir no está solo en su permanencia, sino en lo que representa: una forma de resistencia cotidiana frente a las lógicas del consumo rápido, la comida procesada, el olvido del origen. Se cultiva una memoria viva que huele a hoja de plátano, a agua aromática, a sudor compartido.

“En el Mercado del Buen Vivir no te damos puntos, pero te damos ñapa”, dicen entre risas Las Chicas Madrugadoras. Y en esa ñapa cabe todo: la confianza, el tiempo compartido, los saberes que no caben en una etiqueta.
Como escribió el mismo Fernando Salazar Ferreira, en una copla que ya hace parte de la memoria del mercado: Van apareciendo caminos,cuando desgranas maicito.Así después de quince años,el Buen Vivir es un senderito.
Y ese senderito sigue creciendo, sembrado por manos sabias que madrugan para sostener no solo un mercado, sino una forma de vida.














