Páramo, Santander, acogerá el Primer Concurso Nacional de Tiple y Requinto el 16 de noviembre, un evento que reunirá a los mejores intérpretes de Colombia para celebrar la música andina y sus tradiciones.

Publicado por: Redacción Cultural
En Páramo, Santander, hay cuerdas que despiertan la memoria. En uno de los salones de la Escuela José A. Morales, el sonido del tiple y el requinto resuena temprano. Ahí está Carlos Augusto Vásquez, tiplista, guitarrista, formador y productor, quien invita desde temprano al Primer Concurso Nacional de Tiple y Requinto que se realizará el próximo 16 de noviembre.
La convocatoria abre tres categorías, infantil, juvenil y mayores, con la intención de que el escenario se llene de voces nuevas y manos experimentadas. “Queremos que lleguen intérpretes de todo el país, pero sobre todo que los niños y jóvenes de aquí sientan orgullo por lo suyo, por lo nuestro. El tiple es nuestro instrumento nacional. El requinto, su hijo rebelde, no puede faltar”, explica.
Vásquez explica lo más importante es el proceso, el ambiente de comunidad, el intercambio de saberes. “La música es puente, repite. Cada interpretación es un abrazo entre generaciones. Es lo que aprendimos en la casa y ahora compartimos con los amigos, con los vecinos, con los nuevos aprendices”.
La Alcaldía de Páramo, con el alcalde Mauricio Gámez al frente, apostó desde el inicio por la formación artística como una forma de construir ciudadanía. Jeison Hernández, secretario de Hacienda, es otro aliado que no deja que el proyecto decaiga: mueve papeles, asegura recursos, abre puertas. “Cuando los líderes creen en el arte, uno siente que sí es posible transformar la sociedad, dice Vásquez. Un niño que toca un instrumento, una joven que pinta, una abuela que canta: eso es futuro”.
Y agrega: “más que competencia, es una fiesta de creatividad y sensibilidad. Aquí celebramos la diversidad de estilos y el amor por la música andina”.
No es casual que Páramo se haya convertido en el epicentro de esta iniciativa. La escuela de música es hoy un refugio donde la técnica y la emoción conviven, donde el repertorio tradicional dialoga con los experimentos de los más jóvenes. Allí, cada acierto, cada error, cada risa compartida, es una lección que trasciende el aula. “El orgullo por lo propio no es un discurso, es una práctica cotidiana”, resume el maestro.
El tiple, con su caja pequeña y voz inconfundible, lleva décadas narrando la historia de la región. El requinto, con su brillo, le responde en una conversación antigua que nunca se cansa. A veces, basta ver a un niño de siete años logrando su primer rasgueo para entender de qué está hecho el futuro; otras veces, un veterano se encarga de recordarnos que siempre hay algo nuevo por descubrir.
El 16 de noviembre será una clase abierta para todo el que quiera aprender. Afuera de tarima, los pasillos serán espacio de trueque: digitaciones, trucos para vencer el miedo escénico, secretos sobre maderas y cuerdas. Porque en el fondo, la mejor escuela es la que se construye entre iguales, entre atriles y carcajadas.
En un mundo cada vez más acelerado y digital, Páramo propone una pausa para escuchar. Aquí la música es un lugar donde los nombres y los rostros importan, donde la pertenencia es algo que se toca y se oye. “Esto es de todos y para todos”, insiste Vásquez, agradecido con quienes apoyan, divulgan, preguntan, sueñan.













