Un parque de Bucaramanga que durante años fue sinónimo de paso rápido y desgaste acaba de dar un salto inesperado: su transformación empezó a llamar la atención fuera del país y hoy lo pone a competir en una vitrina internacional donde no se llega por casualidad.

Publicado por: Redacción Área Metropolitana
El Parque Centenario, ese rectángulo verde que respira entre andenes, comercio y memoria, acaba de recibir un espaldarazo que trasciende lo local: fue incluido entre los candidatos a los premios Building of the Year 2026 (Obra del Año) de ArchDaily, en la categoría de parques.
La noticia no es solo una medalla para la arquitectura santandereana; también es una señal cultural. Porque un parque no es “solo” un parque: es un escenario de ciudad, un termómetro de confianza colectiva, un lugar donde se mide si el espacio público vuelve a ser un destino y no un trámite.
Y en el caso del Centenario, esa discusión está amarrada a un relato histórico: fue fundado en 1910, como parte de la conmemoración del Centenario de la Independencia, y ocupa una pieza clave del tejido urbano, adyacente al Centro Cultural del Oriente y al Teatro Santander, dos hitos del circuito cultural bumangués. Durante décadas, sin embargo, ese corazón verde cargó otra narrativa: deterioro, pérdida de identidad, inseguridad.
La propia descripción del proyecto, publicada por ArchDaily, habla de un desgaste progresivo en las últimas tres décadas, marcado por violencia callejera y ausencia de actividades que sostuvieran el lugar como punto de encuentro.
La renovación, diseñada por TABUÚ + Iván Acevedo Arquitectura, se entiende mejor cuando se recuerda lo que pudo haber sido: existió un proyecto previo, no ejecutado, que pensaba el área como estacionamientos soterrados, con superficies duras y poca sombra, incluso con el riesgo de talar gran parte de la arborización.
La intervención que finalmente se construyó tomó el camino contrario: recuperar el parque como refugio climático y como espacio de permanencia. En cifras, la obra abarca 10.540 m² y corresponde al año 2023, con la Alcaldía de Bucaramanga como cliente del proyecto.
Pero su valor simbólico está en el método: ArchDaily destaca un proceso de co-creación con más de cien mesas de trabajo, donde participaron vecinos, organizaciones públicas y cívicas, y también grupos históricamente marginados, migrantes y minorías, para definir usos, programa y decisiones del parque antes, durante y después de la intervención.
Esa dimensión participativa se traduce en una arquitectura menos monumental y más cotidiana: nuevas plazas y áreas versátiles pensadas para compartir eventos cívicos y para promover expresiones creativas y artísticas. La obra incorpora mobiliario integrado al paisaje de árboles existentes, y un detalle que habla de confort urbano en clave tropical: un sistema de pulverización de agua vinculado a la iluminación central, para atemperar el espacio en días de calor extremo.
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El reconocimiento internacional llega, además, sobre una ruta de validación nacional. En 2024, Vanguardia reportó que el Parque Centenario fue finalista de la Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo (categoría Diseño Urbano y Paisajismo), destacando justamente el giro del proyecto: replantear una idea enfocada en parqueaderos y reconvertirla hacia la prioridad peatonal y el disfrute colectivo.
En esa misma nota se subrayó el componente verde del lugar —con jardineras, fauna urbana y árboles como parte del paisaje cotidiano— y su vocación de recorrido seguro también en la noche gracias a la iluminación. ¿Y qué significa estar en el radar de ArchDaily? Los Building of the Year son unos premios impulsados por la comunidad de esa plataforma: el proceso 2026 contempla una etapa de nominaciones y una ronda de finalistas, con fechas ya definidas por ArchDaily (nominaciones hasta el 10 de febrero de 2026, luego votación de finalistas del 11 al 18, y anuncio de ganadores el 19 de febrero).
En el fondo, el Centenario compite por algo más que un galardón: compite por una idea de ciudad. Una donde el centro no sea únicamente comercio y tránsito, sino también pausa, cultura y pertenencia; donde el espacio público recupere su poder más simple y más difícil: que la gente vuelva, se siente, mire alrededor… y sienta que puede quedarse.















