Carlos Cordero reconstruye la historia del Club de Aeromodelismo de Bucaramanga: una aventura que comenzó a finales de los años setenta entre potreros de Cañaveral, aviones construidos a mano y motores Cox, y que hoy continúa en la pista de Guatiguará, en Piedecuesta.

Publicado por: Redacción Cultural
“Supimos por primera vez que los aeromodelos tenían alerones”.
La frase de Carlos Cordero conserva la sorpresa de aquel descubrimiento. Para entonces, el pequeño grupo que practicaba aeromodelismo en Bucaramanga ya había conseguido levantar algunos aviones con radios de dos canales. Conocían la dirección y la profundidad; también los motores temperamentales y los aterrizajes poco felices. Pero los alerones: esas superficies móviles que permiten inclinar el avión y controlar mejor sus giros, les abrieron otra manera de entender el aire.
Antes de ese descubrimiento hubo un potrero.
En el relato de Carlos, la historia comienza en 1978, cuando Alfonso Oviedo y Jesús Franco León empezaron a experimentar con aeromodelos en Cañaveral. Después se incorporó Gustavo Adolfo Arias, quien ya volaba aparatos de control de línea. Entre los primeros modelos, Carlos recuerda un planeador Sportavia y un Cessna Centurion de Cox, manejados con equipos de dos canales y motores Cox .049.
Eran aviones pequeños, pero exigían una suma considerable de paciencia, dinero e imaginación.
No había una tienda cercana donde pudiera comprarse todo. Tampoco tutoriales que explicaran, cuadro por cuadro, qué hacer cuando un avión se negaba a responder. Gustavo Arias ha contado que aprendían mediante revistas y planos enviados desde Estados Unidos. En Bucaramanga era difícil conseguir madera de balsa, pegantes y otros materiales básicos. Construir era buscar. Volar era ensayar. Muchos de esos aprendizajes terminaban contra el suelo.
Las fechas, sin embargo, no coinciden del todo.
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Carlos sitúa el comienzo en 1978. Arias, a quien el club presenta como socio fundador y socio honorario, recuerda que empezaron a volar aeromodelos de radiocontrol en 1979. Las primeras fotografías divulgadas por el club están marcadas con el año 1980.
La diferencia no invalida la historia. Muestra cómo funciona una memoria construida durante casi medio siglo, sin un archivo público completo y entre personas que recuerdan momentos distintos del mismo despegue. Es posible que 1978 haya sido el año de los primeros encuentros y experimentos, y 1979 el de los vuelos con radiocontrol. Por ahora es una hipótesis que deberán resolver las actas, las fotografías o una conversación entre quienes participaron en esos años.
El aeromodelismo también fue trasladándose de un sector a otro. De Cañaveral pasaron a unos potreros de Fontana y después a la Ciudadela. No bastaba con tener un avión: necesitaban encontrar un terreno amplio, mantener distancia de las viviendas y calcular dónde podía caer el aparato si algo fallaba.
En esa etapa, según Carlos, se sumaron Juan Manuel García y Antonio Loza. También llegó Jaime Luque, a quien recuerda como uno de los hombres que más les enseñó sobre vuelo y construcción.
Con Luque aparecieron los alerones y los radios de cuatro canales. No fue solamente una mejora del equipo. Fue la entrada a un lenguaje nuevo: motor, elevador, timón, alerones; piezas distintas coordinadas desde las manos del piloto para que el modelo dejara de ser un objeto sostenido a la fuerza y empezara a comportarse como un avión.
Después vino Ruitoque.
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Allí se incorporaron Ralph Market, Pacho Villacreces, Nacho Pérez y otros aficionados cuyos nombres sobreviven en conversaciones, fotografías y archivos personales que todavía no han sido reunidos por completo.
La pista de Ruitoque no pertenece únicamente al recuerdo. Un video fechado en diciembre de 2011 registra una jornada de actividad del Club de Aeromodelismo de Bucaramanga en ese lugar. Una publicación periodística de 2013 también menciona la pista del club en Ruitoque Bajo y, en 2017, otra crónica describió a los aeromodelistas reunidos allí durante los fines de semana, cerca de la Hacienda Las Pavas. Estos registros permiten confirmar que el club funcionó en esa zona, aunque no establecen la fecha exacta de su traslado.
Carlos recuerda otro momento decisivo: un encuentro realizado en Socorro que, según su testimonio, ayudó a dar a conocer el aeromodelismo santandereano. Cuenta que asistieron figuras reconocidas de la época, entre ellas Carlo Magno Morel, el capitán Ferro, Gustavo Mora y un integrante de la familia Duperly, procedente de Medellín.
La fecha, el programa y la lista de participantes de aquel encuentro no aparecen todavía en los archivos públicos consultados. Falta encontrar el volante, la fotografía fechada, la nota de prensa o el álbum familiar que le devuelva al evento su lugar exacto dentro de esta historia.
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También participaron Diego Otero y sus hermanos. Eran pilotos y, de acuerdo con Carlos, compartieron conocimientos que el grupo no podía encontrar solamente en los manuales.
Esa parece haber sido una constante del club: cada persona que llegaba traía algo. Un plano. Una técnica para pegar la madera. Una explicación sobre motores. Una manera menos brusca de mover las palancas. Incluso un accidente podía transformarse en conocimiento si alguien se detenía a revisar por qué había ocurrido.
Con los años, la pista de Ruitoque quedó atrás. El club se trasladó a Guatiguará, en Piedecuesta, sobre la vía que conduce a la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR), donde mantiene su sede actual. Según Carlos Cordero, para hacerse socio basta con acercarse a las instalaciones, conocer el funcionamiento del club y demostrar interés por el aeromodelismo. Actualmente, asegura, la organización reúne cerca de veinte integrantes.
Carlos asegura que actualmente el club reúne cerca de veinte socios. La página oficial invita a quienes quieran conocer este oficio a visitar las instalaciones y señala que no es necesario tener un aeromodelo propio para comenzar. El número de integrantes y las tarifas mencionadas por Carlos, sin embargo, deberán ser confirmados por la junta antes de presentarse como datos vigentes.
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El grupo ya no depende solamente de revistas extranjeras. Tiene página web, redes sociales, videos de instrucción y una pista abierta a quienes se acercan por curiosidad. En octubre de 2026, Guatiguará está anunciada como sede del sexto Campeonato Nacional de Aeromodelismo a Escala.
La historia también ha empezado a cruzar fronteras. En julio de 2026, el club informó que Ángelo Quintero acompañó a Carlo Magno Morel en el Campeonato Mundial FAI de Aeromodelismo a Escala, realizado en Inglaterra. La Federación Aeronáutica Internacional confirmó el debut de Colombia en la categoría F4C, aunque registró el nombre del competidor como “Carlomagno Morell”, una diferencia de escritura que conviene verificar directamente con él.
El nombre de Carlo Magno traza un arco inesperado: aparece primero en el recuerdo de aquel encuentro de Socorro y vuelve, décadas después, ligado a una competencia mundial. Entre un momento y otro están los modelos destruidos, las pistas abandonadas, los planos conservados, los socios que llegaron y quienes dejaron de volar.
También está Carlos Cordero, quien ha comenzado a ordenar los nombres y los lugares para evitar que la historia del club desaparezca cuando ya no quede nadie capaz de reconocer a las personas de una fotografía.
Un aeromodelo no se mantiene en el aire solamente por entusiasmo. Necesita equilibrio, velocidad y correcciones constantes. La memoria se parece un poco a eso.
Carlos ha trazado una primera ruta: Cañaveral, Fontana, Ciudadela, Ruitoque y Guatiguará. Ahora faltan otras voces, las actas y los álbumes. Faltan, si se quiere, los alerones que permitan corregir el rumbo sin perder de vista el lugar donde comenzó el vuelo.
















