En 1897, el Coliseo Teatro Peralta iluminó por primera vez a Bucaramanga con imágenes en movimiento. Hoy, la ciudad revive esa magia y su legado como pionera del cine en Colombia.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Plano inicial
La penumbra del Coliseo Teatro Peralta se llenó de murmullos. Había expectación. En el aire, una mezcla de olor a madera, polvo y electricidad nueva. Era 21 de agosto de 1897 y, por primera vez, Bucaramanga vería el mundo proyectado en movimiento. El empresario venezolano Manuel Trujillo Durán se preparaba para encender el vitascopio, una máquina de Thomas Edison capaz de devolver la vida a las imágenes. Y entonces, como un truco de magia, los fotogramas de los hermanos Lumière se sucedieron: caballos al galope, transeúntes cruzando calles europeas, escenas que parecían venir de otro planeta.
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Algunos asistentes se persignaron; otros no podían dejar de sonreír. “Fue como abrir una ventana que hasta entonces no sabíamos que existía”, cuentan aún hoy algunos descendientes de aquellos primeros espectadores. Bucaramanga se convirtió así en la segunda ciudad de Colombia, después de Barranquilla, en vivir la experiencia del cine, en una época en que llegar a una función podía significar caminar horas o incluso días.

Fundido a presente
Ciento veintiocho años después, la Fundación Cineteca Pública de Santander recrea esa chispa fundacional con el II Salón Audiovisual: El Legado Cinematográfico de Santander, que se inauguró el pasado 13 de agosto en la Casa Galán. El Peralta, escenario de aquel debut, sigue en restauración, pero el espíritu del cine lo habita más vivo que nunca.
“Esta fecha no es un simple aniversario; es una invitación a repensar el papel del cine en la construcción de ciudad y en la preservación de la memoria”, afirma Lizbeth Torres Acosta, directora de la Cineteca. “El cine, desde sus inicios, ha sido un aglutinador social. Incluso en momentos oscuros como la Guerra de los Mil Días, fue un lugar de encuentro, de pausa y de esperanza”, dice.
La programación incluye la reapertura del Salón Audiovisual, continuidad del proyecto “100 años en 100 minutos”, que la Cineteca lanzó hace una década. “En estos 14 años hemos preservado y restaurado piezas únicas de la memoria audiovisual de la ciudad. Pero más allá de la conservación, queremos que estas historias se vean, se discutan y se vivan con el público. No hablamos de memoria rígida, sino de memoria en movimiento”, añade Torres.
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Flashback
El cineasta y docente Mario Mantilla precisa que, si la primera proyección en el país fue en Barranquilla, la segunda fue aquí, en el Peralta. “A partir de ahí se tejieron muchas historias. Alma Provinciana, de los años veinte, es quizá la referencia más importante de la primera etapa, pero después vino un largo silencio productivo que solo se rompió en los años ochenta”.
En febrero de 1926 se estrenó Alma Provinciana, una película silente dirigida por el santandereano Félix Joaquín Rodríguez. Considerada una de las primeras producciones locales de relevancia, su aparición marcó un hito en la historia del cine regional, aunque llegó casi tres décadas después de la primera proyección cinematográfica en Bucaramanga, ocurrida en 1897.

Mantilla recuerda además el episodio que dirigió en 1996 para el programa Huellas de Santander, dedicado a los teatros del departamento: “Allí recogimos testimonios que parecían salidos de Cinema Paradiso. Personas que llegaban a lomo de mula para ver a Chaplin o a Lumière, romances que nacían en los segundos pisos, y espectadores tan entregados que gritaban a los vaqueros en pantalla: ‘¡Cuidado, que te viene por la izquierda!’. El cine era una experiencia comunitaria y profundamente emocional”.

Escena coral
Para el crítico y docente Mario Pizarro, este aniversario debe ser también un ejercicio de reconocimiento a las figuras que han dado forma a la cinematografía santandereana: Félix Joaquín Rodríguez, “el Quijote del cine” local, capaz de producir Alma Provinciana contra todo pronóstico; Carlos Álvarez, cineasta y académico bumangués, pionero del cine político colombiano y fundador de la Escuela de Diseño de la Universidad Nacional y de la Uniagustiniana y los cineclubs y programas universitarios que, en las últimas décadas, han profesionalizado el lenguaje audiovisual en Santander.
“No podemos hablar de evolución como si fuera un proceso lineal”, sostiene Pizarro. “Estamos en construcción. Ahora entendemos que hay que trabajar como colectivo, con profesionalismo, y contar nuestras propias historias con identidad. No depender tanto del modelo del cine nacional, sino narrar desde lo que somos. Y ahí hay una generación vital: Iván Gaona, Raúl Gutiérrez, Luis José Galvis y tantos otros que están abriendo camino”.
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Planos y contraluces
El comunicador y cineasta Luis José Galvis Díaz, autor de Insolados por el cine, insiste en entrevistas recientes en que Bucaramanga fue “la primera ciudad del país” en tener una exhibición cinematográfica y que el patrimonio fílmico regional se ha forjado gracias a realizadores que apostaron por narrar sus propias historias.
La directora Libia Stella Gómez, oriunda de Santander y al frente de la Escuela de Cine de la Universidad Nacional, ha señalado también en diversas entrevista que “si desde las regiones no impulsamos nuestro propio trabajo, es difícil que un fondo nacional pueda transformar el panorama local”.
Y, aunque no hable exclusivamente de Santander, el cineasta Luis Hernán Reina recuerda en diálogo con diversos medios que el cine debe llegar donde no hay salas. Su proyecto CineGira lleva proyecciones a comunidades rurales y barrios periféricos: “el cine también se construye en la plaza, en la cancha, en cualquier pared blanca que sirva de pantalla”.
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Plano final
El episodio de Huellas de Santander terminaba con una reflexión que hoy cobra fuerza: aunque teatros como el Garnica, el Peralta o el Santander hayan cerrado, espacios como el Auditorio Luis A. Calvo de la UIS han recogido el relevo. Con sus 989 localidades, es anfitrión de conciertos, festivales y ciclos de cine que demuestran que Bucaramanga sigue siendo una ciudad cinéfila.
Y ahora está también el Teatro Santander, que cuenta con una gran sala de 912 butacas, distribuidas en platea, balcón y paraíso, y una sala adicional tipo "black box" llamada Teatro Escuela, pensada para formatos experimentales. El lobby, el café, la acústica moderna, todo fue repensado para que este hombre escénico viva cada función como una experiencia envolvente.
Lizbeth Torres mira al futuro con la esperanza de volver al Peralta restaurado: “en 2029 o 2030 queremos celebrar aquí, en el mismo escenario donde empezó todo. Que esa primera chispa de 1897 siga encendiendo pantallas y convocando a la gente. Porque el cine no solo proyecta imágenes: proyecta ciudad, identidad y memoria”.












