La escultura ‘Hormiga Arrecha’, símbolo urbano de Bucaramanga, está en abandono. Falta de gestión, apropiación y cuidado amenaza el arte público local.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
A plena luz del mediodía, entre los senderos del Bosque Encantado en Lagos del Cacique, la “Hormiga Arrecha” emerge tímida entre la hierba alta. Sus patas rojas, antes pensadas como gesto de fuerza, ahora parecen atrapadas en el descuido. Un ciclista se detiene, le toma una foto con el celular y sigue de largo, como si la imagen bastara para decirlo todo: ¿cómo una escultura concebida como símbolo urbano terminó sumida en el abandono paisajístico?
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La escultura, obra del artista santandereano Juan José Cobos, fue relanzada en enero de 2024 con protocolo oficial y la promesa de convertirse en un nuevo hito para Bucaramanga. Hoy el entorno aparece descuidado, cubierto por maleza, basura dispersa y sin una señalización clara que oriente al visitante. Para los vecinos, las causas son evidentes: la ausencia de mantenimiento institucional y la falta de apropiación ciudadana en un lugar por donde transitan a diario curiosos, ciclistas y caminantes. La postal actual no retrata un ícono urbano, sino una obra sin plan de manejo.

Para el columnista de Vanguardia Donaldo Ortíz, el caso de la “Hormiga Arrecha” no es aislado sino síntoma de un problema mayor: “en Bucaramanga hay 50 o más obras: próceres, piezas modernas, esculturas de autor. Varias están en inventario y, si lo están, el Estado tiene que preservarlas. La ‘Hormiga’ está en inventario: debe preservarse”.
Ortíz recuerda cómo la relación de la comunidad con sus esculturas oscila entre el afecto y el irrespeto cuando no hay mediación ni cuidado. Pone un ejemplo doloroso: “a Bolívar le robaron la espada hace 20 meses; la recuperaron, pero no se la han puesto. La gente lo ve todos los días. Eso desanima”.
Sobre la “Hormiga Arrecha” es tajante: “la obra está frente a la casa del alcalde y así y todo nadie parece enterarse. Muchas esculturas, las ‘hormigas’, por ejemplo, se instalaron sin socialización, terminaron apadrinadas por centros comerciales, puestas ‘donde fuera’. Sin comunicación, la gente no las reconoce y termina irrespetándolas”.
Ortíz también explica por qué unas piezas se vuelven imán de intervenciones públicas: “la ‘Mujer de pie desnuda’ de Botero es visible y reconocida. Por eso en marchas le cuelgan avisos o la pintan: saben que se va a ver. A la gente le duele y el día que se cuide y se eduque dejan de ponerle cosas”.
En ese inventario ciudadano hay hitos que deberían ser orgullo compartido y estar impecables. Ortíz los enumera: “El Clavijero (obra del maestro Espinosa); el general Santander, cuya estatua del Parque Santander fue realizada por el escultor francés Charles Raoul Verlet (1857–1923) e inaugurada en 1925; el Bolívar del maestro Castro; Aquileo Parra; Antonia Santos… piezas que dicen quiénes somos”.
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Este llamado no es solo un ejercicio de memoria: es también una forma de exigir estándares de conservación acordes con el valor histórico, simbólico y autoral de cada pieza.
Desde la gestión cultural, Elena Arenas, coordinadora del Centro Colombo Americano, advierte que la brecha no es solo de mantenimiento: es de apropiación. “Para mí, los bumangueses tienen total falta de interés en las obras de arte público, ya sea por apatía o por desconocimiento. No tienen sentido de apropiación y no les importa si el gobernante de turno las cambia de lugar o simplemente las desecha. Esto es muy triste”.
Arenas trae un antecedente elocuente: “en 2003, como parte de Arte Búcaro, se instalaron 25 esculturas metálicas de árboles de unos tres metros, intervenidas por pintores locales y nacionales, en sectores como la carrera 33, la calle 36 y varios parques. ¿Sabes cuántos existen hoy? Uno que tiene Fenalco (creo que en la calle 34) y otro en Cajasan. ¿Los otros 23 dónde están?”

Y cita un episodio que, dice, revela la fragilidad de las piezas frente a decisiones coyunturales: “Mire lo que pasó con la obra de Jorge Iván Arango en la cuarta etapa: a la gerente de turno no le gustó, la descolgó y la llevó al sótano del parqueadero hasta que el maestro llegó, la subió a un camión y se la llevó a una finca en la Mesa de los Santos”.
Su conclusión es un llamado: “es muy triste lo que está pasando con las obras de arte. Falta política pública cultural que estimule, socialice y proteja. Sin diálogo con la comunidad y criterios técnicos claros, las obras se pierden”.
Este mismo conflicto entre símbolo, poder y uso social se ha vivido con una de las esculturas más reconocidas de Bucaramanga: la ‘Mujer de pie desnuda’ de Fernando Botero, conocida popularmente como ‘La Gorda de Botero’. Instalada en el Parque San Pío en 2010, la pieza ha sido objeto de intervenciones, grafitis y protestas desde su llegada.
En su artículo La ‘Gorda de Botero’: ¿por qué las personas intervienen las obras, según sociólogos?, la periodista María Lucía Bayona Flórez da cuenta de los episodios más recientes, incluyendo las pintadas y grafitis realizados durante la marcha del pasado 8 de marzo. Los hechos generaron una ola de reacciones en redes sociales entre quienes rechazan las agresiones y quienes las entienden como formas de protesta política.
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Para la socióloga Paloma Bahamón, se trata de un fenómeno colectivo: “Ese objeto es un símbolo que representa la autoridad, y agredir esa autoridad es como tener al frente al sujeto que la encarna”, explica. “Es una forma de desahogo emocional colectivo, donde el objeto funciona como signo sustituto del malestar que genera el poder político o institucional”.
Bahamón agrega que estas acciones se protegen en el anonimato de lo colectivo: “Como es algo masivo y todos estamos en lo mismo, esa acción me protege como sujeto. Entonces lo hago porque me siento resguardado por esa capa que es la acción colectiva”.
La tensión que genera esta pieza demuestra, como dijo Milton Afanador, curador del Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, que una escultura en espacio público no es un adorno: “se convierte en referente estético, en punto de encuentro y en tensión política”.

Arte público como relación de largo aliento
El curador del Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, Milton Afanador, propone entender el arte público como un compromiso que no termina en la inauguración: “las considero cartas de amor a los espacios y relaciones a largo plazo en las que, una vez asumidas, hay que velar por ellas, no solo mientras estén de moda o en tendencia para ser fotografiadas”.
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Y subraya el impacto urbano y político de cada instalación: “cuando se pone una obra en espacio público se debe pensar que termina convirtiéndose en referente estético, en punto de encuentro y en tensión política; ejemplo: la ‘Gorda’ de Botero”.
Afanador insiste en que el cuidado debe ser continuo y público, con responsables identificables, presupuesto estable y mediación constante, para que la ciudadanía adopte las obras más allá de la “foto de moda”.
La ‘Hormiga Arrecha’ nació con todo lo que una ciudad necesita para crear sentido de pertenencia: talento local, narrativa de orgullo, vocación turística, identidad simbólica. Pero le faltó lo esencial: una hoja de vida pública. Sin ficha técnica accesible, sin cronograma de mantenimiento, sin responsable institucional claro ni presupuesto asignado, la escultura fue quedando a merced del azar. Y cuando se rompe esa cadena, inauguración, gestión, conservación, el paso del entusiasmo al deterioro es tan rápido como el crecimiento del monte que hoy la rodea.
Cuidar el arte público no es solo cortar la maleza. Implica mucho más: limpieza regular del entorno, revisión estructural y de pintura, buena iluminación, señalización adecuada con datos del autor, fecha, materiales y recomendaciones de uso, y sobre todo, mediación cultural: visitas guiadas, talleres, rutas escolares. Es en esos espacios donde se construye lo que los manuales llaman corresponsabilidad, y que Ortíz, Arenas y Afanador resumen en una idea elemental: si la ciudad comprende por qué una obra importa, entonces la cuida.












