La relación entre arte e inteligencia artificial se convierte en tema de reflexión colectiva en Bucaramanga. Creadores locales se manifiestan para defender la dignidad del trabajo creativo y la importancia de sostener la mirada humana ante la automatización de los procesos.

Las máquinas ya crean imágenes, componen canciones y escriben textos en cuestión de segundos. El arte, como una de las expresiones más humanas, enfrenta hoy una pregunta urgente: ¿qué lugar le queda al gesto creativo en la era de la inteligencia artificial?
Esa inquietud se ha hecho visible en Bucaramanga, donde artistas visuales, diseñadores e ilustradores han percibido el auge de la IA como un síntoma de exclusión frente al talento local y, a su vez, como una oportunidad para congregar un círculo que reflexione, debata y defienda la autoría humana en los procesos creativos.
La conversación se inició tras el llamado del ilustrador y escritor Carlos Díaz Consuegra, quien en septiembre cuestionó el uso de imágenes generadas por inteligencia artificial en la promoción de eventos culturales en Santander.
“Uno entiende que la inteligencia artificial, como herramienta, puede resultar útil para muchas personas y proyectos. Sin embargo, preocupa ver que en esta ciudad hay artistas y creadores con gran talento que no están siendo vinculados ni involucrados en los procesos creativos. Todo por ahorrarse un pago”, expresa el artista. Lea también: Cinco artistas que marcaron la historia del arte en Santander regresan al lugar donde todo comenzó
“Mano, contrata un humano” fue uno de sus mensajes difundido en redes sociales, que se convirtió en una invitación colectiva para tomar acción desde la imagen, difundir sus creaciones y socializar el impacto de esta tecnología sobre la red artística local.
Quienes se sumaron a este movimiento destacan la importancia de recordar que la creación artística no se reduce a la técnica o a la información, es la expresión de lo sensible, de interpretaciones propias de cada uno. El arte es, en esencia, un medio que pone de manifiesto la dimensión emocional para compartirla con el espectador. Como señala la ilustradora y diseñadora industrial Sofía Bernal, “sin todo un conjunto de emociones, de las que se compone cualquier pieza de arte, solo nos queda un montón de datos que carecen de alma y significado”.
Esta parte humana, que se comunica a través de la materialidad, la mentalidad y el espíritu, es lo que el público reconoce y lo que hace falta en los productos generados por IA.
El artista advierte otra consecuencia derivada de la automatización: la falta de una adecuada formación de público. “No hay enlaces entre la comunidad y los proyectos, ni entre los proyectos y las personas que pueden hacer difusión cultural”, señala.
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Además, resalta que contratar a creadores locales no solo garantiza trabajo humano, sino que también fortalece la difusión de los proyectos, eventos y propuestas artísticas que nacen en la ciudad, permitiendo que lleguen nuevos públicos alrededor de los resultados.
“Es un momento para encender las alarmas con el ánimo de crear conciencia sobre lo inhumanos que nos estamos haciendo con relación al trabajo de las demás personas”, complementa Díaz. Le puede interesar: Las cestas de Don Nico: un legado familiar tejido con el alma, en Barichara
El valor del proceso artístico
La dignificación del trabajo creativo es otra arista clave de este debate. El artista Manuel García Plata, conocido como Mañe, quien se desempeña en ilustración, música y diseño gráfico, se sumó a la conversación. Para él, la discusión también gira en torno a reconocer y valorar el trabajo creativo, un reclamo constante en un ámbito que ha sido precarizado. “Con la irrupción de la IA, parece reforzarse la idea de que los diseñadores e ilustradores ya no son necesarios para generar las imágenes que acompañan los proyectos culturales”, afirma.
Como ocurre en todo proceso de creación cultural, la inteligencia artificial no está al margen de las estructuras de poder ni de los contextos desde los que se alimenta. Los algoritmos se nutren de datos construidos bajo ciertas miradas y valores, lo que puede reproducir o incluso intensificar las desigualdades y jerarquías ya existentes. En ese sentido, la llamada creatividad algorítmica no siempre refleja la diversidad ni las realidades locales.
Así lo señala César Valdés, maestro en artes plásticas radicado en Nueva York, quien advierte sobre el riesgo del sesgo cultural: “Cuando usamos estas herramientas, enviamos nuestras preguntas a otros lugares, y los resultados regresan cargados con los sesgos de esos entornos. No es necesariamente algo malo, pero sí marca una distancia entre lo que somos y lo que esas tecnologías reflejan”.
Por ello, “cuando una comunidad pide a las entidades culturales que contraten a artistas locales, no solo está reclamando oportunidades laborales, está pidiendo preservar la mirada de quien crea desde su territorio y comprende su lenguaje simbólico”, complementa Valdés.
Estas prácticas abren una discusión esencial sobre cómo afectan nuestras capacidades cognitivas y la fuerza creativa. Si se permite que las herramientas hagan todo el trabajo desde el inicio, el cerebro termina perdiendo entrenamiento, como un músculo que se debilita, lo que reduce su habilidad para enfrentar y resolver problemas creativos.
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“En ese punto en el que exista una desconexión, o sea, que se apague el internet, que se apague la máquina, ¿dónde va a quedar? Es lo que yo soy, lo que tengo en mi cabeza”, agrega Mañe.
¿La historia se repite con nuevas máquinas?
El debate sobre la irrupción de la IA en los oficios creativos ha sido una tendencia global que recuerda otros momentos que transformaron históricamente a la humanidad. La socióloga Paloma Bahamón lo recuerda con la Revolución Industrial, cuando la aparición de la máquina desplazó gran parte del trabajo manual del obrero y generó movimientos de resistencia, como el ludismo, que buscaban destruir las máquinas al considerarlas “enemigas”, al considerarlas responsables de desempleo y pérdida de autonomía.
“Hoy, con la llamada Revolución Tecnológica, surge una pregunta similar: ¿es la inteligencia artificial el enemigo o es el sistema que la utiliza sin ética ni regulación? A diferencia de épocas anteriores, el control ya no se ejerce sobre los cuerpos, como lo planteaba Michel Foucault en su teoría de la biopolítica, sino sobre la mente y las emociones”, explica Bahamón.
Con el acceso a nuevas herramientas tecnológicas, la humanidad parece inclinarse cada vez más hacia la inmediatez y el consumo rápido, sin detenerse a pensar en las consecuencias éticas o humanas. “Esa sensación de facilidad nos mantiene felizmente esclavizados, controlados por la dopamina y por la falsa idea de que la vida se ha simplificado.”
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La responsabilidad de crear con conciencia
Sin duda, la ética en la creación artística plantea hoy interrogantes fundamentales que invitan a reflexionar sobre los límites, las responsabilidades y el sentido del acto creativo. El profesor Juan Carlos Mantilla, director del Departamento de Estudios Sociohumanísticos de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, plantea una pregunta central: ¿quién es realmente el creador cuando una obra se realiza con ayuda de la IA?
La respuesta, sugiere, puede estar en promover la cocreación: emplear la herramienta como parte del proceso, pero mantener al artista como verdadero agente creativo. “Es la persona quien debe conservar la intencionalidad artística, filosófica y argumentativa de la obra. Así, el uso puede ser ético y saludable, porque complementa la creatividad humana sin reemplazarla”.
El límite se cruza cuando el proceso creativo se delega por completo a la IA y el rol del artista se desdibuja. “Si las instituciones o empresas optan por reemplazar a los creadores con soluciones automáticas, la profesión podría debilitarse o incluso desaparecer en algunos campos”, advierte Mantilla.
Estas preguntas no solo atraviesan el campo del arte, sino también el de la educación, la tecnología y la cultura.
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Camila Botero, directora de Arte y Profesional en Estudios y Gestión Cultural de la Unab, indica que una reflexión más que se puede considerar en el sector creativo es hasta dónde, por qué y para qué usar las herramientas disponibles sin sacrificar la dimensión humana del arte, que es, al final, lo que nos conecta con su sentido más profundo. “No debería desplazar la sensibilidad, la intuición ni la mirada única que un creador aporta, especialmente cuando se trata de un evento cultural”, indica.
La IA, en este panorama, puede ser una lupa que permite al artista explorar detalles y perspectivas que quizás no habría descubierto por sí mismo, sin que eso implique cederle el control o la esencia.
El experto recuerda que el sector artístico ya arrastra problemas estructurales como la inestabilidad laboral, la informalidad y la falta de reconocimiento económico, lo que hace más urgente proteger la labor humana frente a estas tecnologías.
“Queremos ser parte de la oferta cultural de Bucaramanga y Santander, acompañando los procesos artísticos y culturales con nuestra gráfica y soporte audiovisual. También queremos que nuestros derechos morales y patrimoniales sean reconocidos en las piezas de diseño porque seremos parte de la historia y el patrimonio que se genera desde lo colectivo”, concluye Carlos Díaz Consuegra.
















