Bucaramanga vuelve la mirada a su memoria familiar a través de un ejercicio íntimo y sereno que, entre muros cargados de recuerdos, rescata los orígenes de los apellidos que construyeron ciudad.

Con los recuerdos acogedores de la Casa del Libro Total, donde las paredes parecen guardar secretos antiguos, Bucaramanga se mira a sí misma con una mezcla de nostalgia, tradición orgullo y melancolía. Allí, lejos del ruido de la inmediatez del centro, se viene tejiendo un ejercicio de memoria que invita a volver la mirada hacia las familias de antaño, esas que, con paciencia y trabajo, ayudaron a moldear el carácter de la ciudad.

El Ciclo Empresarial, en alianza con este emblemático espacio cultural, ha abierto una serie de encuentros que funcionan como ventanas al pasado. Son diálogos serenos, casi íntimos, dedicados a reconocer la historia, el legado y la huella de apellidos que marcaron el desarrollo social, económico y cultural de Bucaramanga y de Santander. Cada sesión es una invitación a recordar de dónde venimos.

En la Casa del Libro Total, las historias hablan en voz baja para evocar a los hogares de antaño que forjaron el carácter bumangués, en un recorrido por la tradición y el legado que hoy se convierten en un ejercicio vivo de pertenencia

Justo ayer, la conversación giró en torno a la familia Ogliastri, un apellido ligado al espíritu emprendedor y al crecimiento empresarial de la región.
Las anécdotas, los documentos y los relatos orales permiten cada semana reconstruir no solo una trayectoria económica, sino también una forma de entender la ciudad, el trabajo y la vida en comunidad.

Pero los Ogliastri no han sido los únicos protagonistas de este ejercicio de memoria. En encuentros anteriores se ha disertado sobre la historia de familias como los Clausen, el valioso legado de los Gavassa, el hogar de Zoilo Santamaría Otero, las raíces ancestrales de los Mutis, los Puyana, los Gómez, los Liévano y los Ardila, en fin...
También han emergido recuerdos de Armando Pereira sobre el antiguo Cabecera, así como evocaciones de apellidos ilustres como los Galvis, los Rueda, los Rodríguez y muchos otros que aún resuenan en las calles bumanguesas.

Cada apellido trae consigo una historia mínima y, al mismo tiempo, colectiva. Son relatos de comercio incipiente, de industrias nacientes, de tradiciones transmitidas alrededor de la mesa, de valores que se heredaron junto con las casas, los negocios y los oficios. Así, las familias de antaño construyeron, casi sin proponérselo, la identidad de Bucaramanga.
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Al frente de esta iniciativa está el historiador Diego Sáenz, director del Círculo de Amigos de Bucaramanga y Santander, quien asumió la tarea de custodiar la memoria local.
Para él, rescatar las obras de estas familias es un acto de responsabilidad con las nuevas generaciones.

El pasado, recuerda el historiador, registra el paso de familias y personajes desde 1532 hasta 1940, en un entramado donde confluyen raíces indígenas, coloniales y europeas. Allí también aparecen figuras como Bernard Wessel y los residentes de la casa quinta alemana, testimonio de una Bucaramanga abierta al mundo, que se fue construyendo con esfuerzos compartidos.
En tiempos donde todo parece fugaz, estos encuentros se sienten como una pausa necesaria. Un espacio para escuchar y comprender que la ciudad no nació de la nada.

Bucaramanga es, en esencia, la suma de las historias de sus gentes, y gracias a iniciativas como esta, esas voces del pasado siguen vivas, susurrando su legado a quienes aún están dispuestos a escuchar.
Los apodos en Zapatoca, capítulo aparte

En Zapatoca, antes de preguntar el apellido, la gente afina el oído para cazar el apodo. Allí circulan, con total naturalidad, nombres como Masca Mechas, Care’Polla, Tripa Picha, Mata Perros, Carga Tiestos, Rabo Pela’o, Pati Tuertos, Buche de Olla o Mata Sapos. No son insultos ni inventos recientes: son herencias orales que pasan de generación en generación, con la misma solemnidad con la que se hereda una casa o una receta.
Tan serio es el asunto que, si usted no carga con un mote reconocible, corre el riesgo de no ser considerado auténticamente Zapatoca. Por eso, cuando Ricardo Díaz Serrano se presenta, no lo hace con rodeos: dice que es “Queso Picho” por los Díaz e “Infernal” por los Serrano. Aquí, el apodo no solo identifica: ubica, clasifica y hasta ahorra explicaciones genealógicas.
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Hay verdaderos clanes organizados alrededor de esos nombres alternos. Algunos hogares tienen escudos, himnos y banderas invisibles pero respetadas. Los Rueda “Chachío”, por ejemplo, celebran convenciones anuales donde presentan a sus nuevos “cachorros”. Para entrar, no basta con el apellido: hay que mostrar el paso sagrado, el sello “Chachío”, documento no oficial pero absolutamente decisivo.
El origen de esta tradición se remonta a tiempos en que el linaje se cuidaba con celo casi monástico. Los grandes patricios ordenaban matrimonios entre parientes para no “diluir la sangre”, lo que llevó a bodas entre primos y al famoso estribillo: “entre prima y primo, más me arrimo”. Resultado: los apellidos se multiplicaron como panes, y hoy es normal encontrar Serranos, Acevedos, Pinillas o Gómez repetidos en documentos, directorios, registradurías y hasta en el cementerio, donde un José Gómez aparece grabado en no menos de 350 lápidas.
Así, el apodo terminó mandando más que el apellido. Nació de la infancia, de una voz mal dicha, de una risa escolar, de un rasgo físico o de un estilo particular para hablar.
Hoy conviven historias tan pintorescas como la de las tres Zoila Serrano —Ratona, Sapa y Rana— o motes que aún sacan rubor, como Masca Chocas, Chocha Grande, Apretapeos o Caga Recio, cuyas razones es mejor no investigar. Hay tantas historias como apodos, y para contarlas todas haría falta algo más que un artículo: quizá varias ediciones completas del magazín… y un buen sentido del humor.













