Artistas, poetas, bailarinas, fotógrafas y gestoras transforman la cultura desde el cuerpo, la memoria, el territorio y la resistencia.

Publicado por: Paola Esteban
Las mujeres están transformando la escena cultural de Santander. Desde el teatro, la danza, la poesía, la fotografía y el trabajo colectivo, sus voces están ampliando el relato de una región que durante mucho tiempo miró la cultura desde lugares estrechos. Hoy, a propósito del 8 de marzo, sus búsquedas revelan otra cartografía: una donde el arte es memoria, cuerpo, territorio, reparación y también insubordinación.
Durante décadas, la cultura de esta región fue contada, muchas veces, desde un imaginario de dureza, tradición y solemnidad. Pero debajo de ese relato oficial, o al margen de él, siempre hubo mujeres creando. Mujeres que escribieron, bordaron, enseñaron, bailaron, dirigieron, cantaron, cuidaron archivos íntimos y sostuvieron la memoria sensible de esta tierra. Muchas lo hicieron sin reflectores, desde espacios que durante años fueron leídos como menores: lo doméstico, lo comunitario, lo artesanal, lo íntimo. Sin embargo, allí también se estaba construyendo cultura.
Y este reconocimiento es el fruto de una visibilidad que por fin comienza a hacer justicia. Nombres como el de Elisa Mújica o Yolanda Reyes, grandes escritoras nacidas en Santander, o el de Silvia Galvis, figura central del periodismo, recuerdan que las mujeres de esta región han pensado y piensan, narran e interpretan el país desde hace tiempo. Lo que ocurre hoy es que nuevas generaciones de creadoras están ampliando esa herencia, desplazando los límites de lo posible y proponiendo otras maneras de contar y existir en el territorio.
Y lo hacen, además, en medio de desigualdades persistentes. En Santander, las mujeres son mayoría poblacional, pero también siguen cargando con una parte desproporcionada del trabajo de cuidado no remunerado. Es decir: crean, ensayan, escriben, producen, investigan, hacen gestión y sostienen procesos culturales mientras también sostienen buena parte de la vida cotidiana. En paralelo, el sector cultural y creativo ha cobrado una relevancia creciente en la economía del país: es trabajo, pensamiento, tejido social y también desarrollo.
Desde ese cruce entre historia, resistencia y creación contemporánea, varias artistas santandereanas ayudan a leer el presente y están abriendo caminos.
Susana Ortiz Córdoba, directora de teatro y actriz, lo piensa desde una pregunta que sigue siendo política: cómo pueden las mujeres liderar procesos creativos, investigativos y productivos desde el arte. Su campo es el escénico, pero la inquietud va más allá del escenario. Habla del lugar que ocupan las mujeres en la construcción de pensamiento, en la manera de leer la sociedad y en la posibilidad de intervenirla desde la sensibilidad y la creación.
Aunque no nació en Santander, Susana ha vivido aquí desde los dos años y reconoce este territorio como propio. Desde esa pertenencia, habla del derecho a la libertad de pensamiento y del aporte que las mujeres hacen a la visión de sociedad que se produce desde el arte. En su experiencia, los procesos liderados por mujeres han permitido crear de maneras más flexibles, amorosas y libres, sin negar que existan conflictos o disputas, pero sí insistiendo en otra forma de sostenerlos. Su apuesta ha sido contribuir a espacios donde las mujeres no aparezcan solo como intérpretes o ejecutantes, sino como sujetas visibles dentro de lo que se piensa, se discute y se crea sobre lo que afecta a la colectividad.
Para la poeta, escritora y gestora cultural Natalia Londoño, la escritura no es un gesto decorativo, sino una toma de posición frente al mundo. Su apuesta ha sido construir un vínculo real entre lenguaje y sociedad, entendiendo la palabra como una herramienta de memoria, resistencia y transformación.
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Desde la gestión cultural, su trabajo se ha enfocado en tender puentes entre disciplinas artísticas y comunidades, con la convicción de que la cultura puede convertirse en un lugar común desde el cual acercarse al arte en toda su diversidad. En Santander, su aporte ha estado marcado por una idea poderosa: resignificar la ciudad y el territorio como escenarios narrativos vivos.
Esa búsqueda se expresa en procesos como los talleres de literatura con jóvenes del SRPA, la cárcel de mujeres, el semillero de literatura infantil Letras Búcaras y la dirección del proyecto Búcaras Expandida, otras formas de leer la ciudad. A través de estas experiencias, Londoño ha impulsado lecturas del territorio desde lo social, lo urbano y lo femenino, abriendo nuevas formas de narrar y habitar la ciudad.
En el trabajo de Natalia Pinilla, realizadora audiovisual y fotógrafa, esa dimensión crítica se expresa de otra forma. Su exploración artística se ha movido entre técnicas experimentales y alternativas de la fotografía para abordar temas como la memoria, la identidad y la diversidad. No le interesa la imagen quieta ni la imagen obediente. La cuestiona, la interviene, la altera. En ese gesto también hay una postura frente al mundo.
Desde el lenguaje audiovisual ha acompañado procesos de divulgación y visibilización de los oficios textiles en Santander, especialmente aquellos sostenidos históricamente por mujeres junto con el colectivo Encuentro entre costuras. En ese trabajo hay una reivindicación de saberes que durante mucho tiempo fueron naturalizados o invisibilizados, a pesar de su valor cultural y económico. Mirar una prenda, en su caso, también es preguntarse por las manos que la hicieron, por el tiempo invertido, por la precariedad que muchas veces rodea esos oficios y por la dignidad que merecen quienes los han sostenido.
Pero su trabajo no se queda ahí. Natalia también ha dirigido su mirada hacia las luchas de las personas sexo-género diversas en la región, en particular en Bucaramanga. En un contexto donde la exclusión y la violencia siguen operando de distintas maneras, insiste en la necesidad de mantener visibles esos temas. Su arte se convierte entonces en un espacio de memoria y denuncia, pero también en una advertencia: los derechos que parecen conquistados pueden perderse con facilidad si dejan de ser defendidos en la esfera pública.
La poeta Lilian Zapata, por su parte, habla desde un lugar profundamente íntimo. Cocreadora de La Mesa Creativa junto a su novia y miembro del colectivo de poesía Aurora, desde donde impulsa recitales y talleres permanentes en distintos espacios de la ciudad, ha encontrado en la escritura un refugio, una forma de verdad y una práctica de reconstrucción personal.
Para ella, escribir ha sido el espacio seguro donde ha podido ser quien es. Donde ha podido decir aquello que durante mucho tiempo le costó expresar frente a la familia, los amigos o los entornos académicos. En esa experiencia, la poesía no es un artificio: es vulnerabilidad. Es el lugar donde suelta lo que en la vida diaria se contiene. Cuando recita un poema, dice, siente que desnuda el alma.
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Su escritura se mueve como un viaje hacia dentro. Un proceso en el que ha aprendido a hacerse hogar, a cuidar su cuerpo y a aceptarse en medio de una vida atravesada por cuestionamientos sobre su orientación sexual, por inseguridades profundas y por la experiencia del dolor. Como víctima del conflicto armado, también escribe desde la memoria herida, desde la muerte de su papá y desde la capacidad de ponerse en la piel de otras historias. En su obra, la sensibilidad no es debilidad: es potencia. Es una forma de sanar y de nombrar lo que duele.
Esa tensión entre lo íntimo y lo político aparece con fuerza en La Colectiva, un proyecto que entiende el arte como un lugar de fricción, de conversación y de ruptura. Sus integrantes lo enuncian sin rodeos: las mujeres en el arte no están pidiendo espacio, lo están creando juntas.
Su trabajo se interesa por el cuerpo femenino como territorio político. Por las huellas que dejan la historia, las violencias normalizadas, los silencios heredados y también por las formas de resistencia que las mujeres han inventado para seguir viviendo. Desde la performance, la fotografía, la instalación y el trabajo pedagógico y relacional, buscan sacar lo íntimo al espacio público y convertirlo en conversación. No quieren producir obras para decorar salas: quieren abrir grietas en los relatos que durante siglos han definido a las mujeres desde afuera.
Allí el arte aparece como memoria, reparación e insubordinación. Como una práctica que no separa la estética de la vida, ni la creación de la pregunta por el poder. En su propuesta, el gesto artístico no clausura el sentido: lo desordena, lo interroga, lo devuelve al cuerpo y a la experiencia colectiva.
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También desde el cuerpo, aunque en diálogo con el paisaje, la ancestralidad y el espacio público, se mueve la búsqueda de María Sonia Casadiego, bailarina y artista. Su interés nace de lo propio, de las historias cercanas, pero también del deseo de sacar la creación de los espacios convencionales y llevarla a escenarios patrimoniales o abiertos, donde la danza entre en conversación con la calle, el parque, la ruina, la piedra, la vegetación o el viento.
En su mirada, el cuerpo es un territorio vivo. Un lugar donde el movimiento puede decir cosas que no pasan por las palabras. En cada gesto, en cada acción, en cada pausa, aparece una poética que la inquieta y la impulsa a seguir creando. Le interesa explorar las resonancias entre el cuerpo y la tierra, entre el presente y las memorias antiguas que permanecen en los gestos, en la sensibilidad, en el vínculo con el paisaje.
Como artista que dirige procesos de creación, María Sonia Casadiego apuesta por una escena santandereana más abierta a la experimentación y a los nuevos lenguajes. Una escena que piense el cuerpo no solo desde la forma, sino desde su capacidad de producir pensamiento, pregunta y transformación. Desde la danza, busca propiciar espacios donde haya reflexión, encuentro y disfrute, pero también donde les artistas puedan abrir otras maneras de mirar la cultura y de habitarla.
En esa misma constelación se inscribe Linda Lozada, artista firmante de paz, cuya obra nace del cruce entre memoria, creación empírica y experiencia vivida. Su lenguaje se mueve entre el teatro, la poesía, la pintura y el trabajo con títeres y marionetas elaborados a partir de materiales reciclados. En ese gesto de tomar lo que parecía desecho y darle una nueva vida también hay una declaración estética y política: transformar la basura en imagen, juego y relato; convertir lo descartado en posibilidad. Para ella, esos objetos no solo activan la imaginación, también abren caminos para hablar con niñas, niños y comunidades de escasos recursos sobre el amor, la esperanza y el aprendizaje.
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Pero su búsqueda va más allá del recurso plástico. Linda trabaja sobre la reconstrucción de la memoria colectiva santandereana desde la mirada de las mujeres. Le interesan las historias que salen de la vida misma: las de las madres que perdieron a sus hijos y convirtieron el dolor en una fuerza para acompañar procesos de paz; las de las abuelas que resguardan saberes ancestrales ligados a la tierra; las de las comunidades campesinas atravesadas por escenas duras que a menudo quedan por fuera del relato público. En su teatro pone en escena lo que muchas veces no se cuenta. En su poesía reclama sin filtros. Habla de la rabia, del amor, de la tierra. Y en su pintura deja aparecer tanto la belleza de lo cotidiano como la aspereza de una violencia que ha marcado a quienes habitan el campo.
Su aporte, dice, radica en entrelazar la experiencia de la paz con la creación artística. Lo hace desde lo que ha vivido: su paso por la guerra, el tiempo de la firma del Acuerdo en las zonas veredales y su tránsito a la vida civil, donde ha encontrado en otras mujeres una fuente de aprendizaje y de fuerza. Por eso, más que contar historias ajenas, busca exaltar vidas que suelen pasar desapercibidas: las de mujeres berracas, luchadoras, constructoras de paz. En su trabajo, la paz no aparece como una consigna abstracta ni como un documento firmado, sino como algo que se teje en cada obra, en cada palabra y en cada encuentro.
Desde ahí, Linda también amplía la imagen de la cultura santandereana. Su mirada une lo terrenal con lo simbólico, lo comunitario con lo íntimo, y recuerda que las mujeres no solo han sido parte de la identidad cultural de la región: han sido fundamentales en su construcción. En su caso, el arte no decora la memoria ni suaviza el conflicto. Lo atraviesa, lo transforma y lo devuelve convertido en una herramienta de dignidad, visibilidad y esperanza.
Si algo enlaza estas trayectorias es que todas desbordan la idea de cultura como ornamento. Lo que estas mujeres hacen en Santander no es accesorio. Es central para entender cómo se está moviendo la región, qué temas están entrando en la conversación pública y qué relatos están siendo desmontados o ampliados. A través de sus obras y procesos han puesto sobre la mesa asuntos durante mucho tiempo relegados: la memoria, la diversidad, el cuerpo, la violencia, el duelo, la identidad, la reparación, el deseo, la pertenencia.
También están ampliando la noción misma de liderazgo cultural. Ya no basta con pensar en la figura visible que encabeza una institución o firma una obra. Aquí el liderazgo aparece como capacidad de sostener procesos, tejer redes, acompañar a otras, insistir en preguntas incómodas, construir espacios de escucha y convertir la experiencia personal en conversación colectiva.
Liz de Júpiter ha encontrado en la ilustración una forma de habitar y narrar el territorio desde la sensibilidad. Con orígenes en Puerto Wilches, ha construido a través del dibujo universos donde lo cotidiano fluye con lo fantástico: criaturas místicas y elementos de la naturaleza aparecen como metáforas para hablar de la memoria, la resistencia y las historias de las mujeres que atraviesan su obra.
Liz propone una lectura contemporánea de la identidad regional donde priman los paisajes, los oficios y las tradiciones desde una perspectiva feminista. Para ella, el arte no se limita a lo estético: es también un lenguaje para cuestionar, sanar y fortalecer la comunidad, abriendo espacio a voces que durante mucho tiempo han quedado al margen de la historia cultural.
El rap y el graffiti son lenguajes que la rapera MC Dharma ha empleado para narrar lo cotidiano y transformar la experiencia personal en creación. Desde el hip hop, explora emociones, procesos íntimos y realidades que atraviesan su historia, entendiendo el arte urbano como una herramienta de expresión y también de transformación social. Su trabajo se suma a la presencia creciente de mujeres que toman la palabra y construyen nuevos espacios dentro de la cultura urbana, una movida que históricamente ha estado dominada por hombres.
A través del arte urbano, busca contribuir a una escena cultural más diversa, donde distintas voces puedan encontrarse y construir colectivamente. Su apuesta es seguir creando desde la autenticidad y abrir camino para que más artistas, especialmente mujeres, encuentren también un lugar para expresarse.
Para Ibeth Rey, el cine es una forma de preservar la memoria del territorio y de contar las historias que han construido la identidad cultural de la región. Los documentales, cortometrajes y largometrajes han sido sus aliados para rescatar personajes, relatos y expresiones culturales de Santander, desde comunidades indígenas como la U’wa hasta figuras clave de la historia y el arte local. Desde su trabajo como directora y productora, se ha encaminado en ofrecer una mirada femenina y regional que visibilice a quienes muchas veces han permanecido como protagonistas silenciosas de su memoria cultural.

Sare García, gestora cultural de la ONG Zua Quetzal, sostiene que la identidad santandereana está profundamente ligada al maíz y a los saberes que nacen de la tierra. Esa mirada la ha orientado a salvaguardar la cultura culinaria del territorio, promoviendo el reconocimiento de tradiciones que históricamente han sido transmitidas por mujeres.
Investigaciones que ha desarrollado junto a su equipo, avaladas por el Ministerio de Cultura, evidencian que cerca del 95 % de quienes portan estos saberes son mujeres y que la mayoría supera los 60 años, lo que revela la urgencia de fortalecer el relevo generacional.
Los proyectos comunitarios que incluyen sembrar maíz, trabajar la tierra y cocinar recetas tradicionales, le han despertado interés por retransmitir estas prácticas y mantener viva una parte esencial de la memoria cultural santandereana.

Desde los sonidos colectivos, Gaitabunyí, gaita + abunyí, que en lengua kogi significa mujer, ha reivindicado el origen indígena de la gaita y la memoria de las mujeres que, durante generaciones, han cuidado los ciclos, los cuerpos, las semillas y las músicas sin que muchas veces se les reconozca.

Le cantan a las historias que muchas mujeres han vivido en silencio con temas que se componen como un abrazo y un espacio seguro para quienes han atravesado experiencias de violencia sexual, como “¿Cómo llegué aquí?”, inspirada en conversaciones y testimonios de distintas mujeres que han sentido que enfrentan estas experiencias en soledad, desean acompañar, abrir la conversación y generar empatía, para recordar que el dolor de las demás también merece ser escuchado y comprendido.
MC Mandala canta y crea desde el territorio. Su obra nace de las historias que habitan los barrios de Piedecuesta, de las necesidades de la comunidad y de la convicción de que el arte también puede servir para transformar lo cercano.
Como mujer santandereana, su trabajo está marcado por el perrenque, el trabajo colectivo y la voluntad de abrir camino en escenas culturales que aún presentan retos para las mujeres. Desde el rap, la gráfica y los distintos elementos de la cultura hip-hop, con su propuesta teje redes, fortalece procesos comunitarios y convierte la experiencia de vida como la familia, el barrio, la lucha por estudiar y salir adelante, en una forma de narrar y defender su entorno a través del arte.
Por eso, mirar hoy a las mujeres en la cultura santandereana es mirar una transformación más profunda. Una que no solo pasa por la presencia femenina en los escenarios, sino por la reescritura del sentido mismo de lo cultural. En un territorio acostumbrado a exaltarse desde la dureza, estas artistas han traído también la vulnerabilidad, el cuidado, la memoria, la experimentación y la crítica. Han complejizado la imagen de la región. La han hecho más amplia, más honesta, más habitable.
Y quizá ahí esté su mayor aporte: en recordarnos que la cultura santandereana no es una pieza fija ni una herencia inmóvil.















