La vida fue hace mucho, de Marita Lopera, sigue la travesía de Alea, un navegante marcado por la soledad, la memoria y la fe, mientras el mar que habita enfrenta su propia devastación.

Publicado por: Andrea Herrera
Los navegantes solitarios que logran sobrevivir a la inmensidad del océano no lo hacen únicamente por su destreza técnica o por la resistencia de sus maderas: sobreviven, fundamentalmente, a punta de fe. Esta gran verdad náutica es el motor absoluto de La vida fue hace mucho, una novela de la colombiana Marita Lopera, cuya belleza radica en la exploración de la soledad y la memoria. La obra evoca la épica de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway: si allí el viejo Santiago se medía contra el gran pez con una tozudez mística, aquí nos encontramos ante una odisea donde el viaje exterior refleja un profundo oleaje interno. El mar se convierte en su propio edén, un espacio sagrado de resistencia espiritual.
El viaje está marcado por el rigor del tiempo y la observación de la naturaleza. “Mi recorrido del golfo empezó hace más de diez años; los primeros cinco con el científico”, anota la voz de Alea que guía este viaje. A través del protagonista, el lector presencia una dolorosa transformación ecológica: el detrimento constante de las riberas de manglar, el litoral fuertemente erosionado y una sensación de entropía irrevocable que parece devorarlo todo. En medio de este paisaje cambiante, la botánica adquiere un aire milagroso, revelándonos que muy pocas especies vegetales del planeta pueden vivir en las aguas marinas. La fauna local, marcada por la presencia de la guartinaja, enmarca un territorio amenazado. Es una geografía que despierta preguntas sobre el misterio del entorno: por qué se formaban en «v» los alcatraces, de dónde sacaban las salamanquesas la fuerza para cantar tan duro, o cómo recordaban las tortugas dónde habían desovado.
El personaje principal de esta travesía es Alea, un hombre cuya biografía está tallada por las pérdidas. Su vida se mide en periodos de soledad y breves anclajes afectivos: Alea tuvo por once años una mamá que lo cuidó, ella murió; luego estuvo dos años con el capi, con la abuela Aurora por cuatro años, en el bohío de la abuela por tres años más en completa soledad, y diez años en el balandro (cinco con el científico y cinco sin él). Su historia familiar incluye hermanos con nombres tan sugerentes como Cantil y Terrón de Azúcar. La dureza de su destino se selló de forma temprana: a los trece años de vida el capi lo tiró por la borda, en una especie de castigo formativo y bautismo de desamparo, hecho por el que termina refugiándose en la casa de Aurora. Alea entiende el agua como su hogar, bajo la premisa de que todos venimos del agua.
La vida a bordo del Leda María, un balandro hecho en 1942 en Holanda, transcurre entre el aprendizaje técnico y el silencio. Las jornadas están pobladas de lecciones de botánica y de natación con técnica, indispensables para subsistir como marinero. El ambiente marítimo está impregnado de un lenguaje técnico: expresiones de navegantes como «tensa el amantillo» o «suelta la botavara un poco» dotan al relato de autenticidad, matizada por localismos donde algunos le dicen chernas a los meros. En este microcosmos, el silencio del capi era blanco y puntilloso como las caracolas. Esta reclusión le enseñó a Alea que los hábitos son traicioneros y producen nostalgias inoportunas, especialmente cuando el zumbido de las chicharras suplantó a la brisa marina.
La memoria musical y el choque cultural enriquecen el tejido de la novela. Los personajes mitigan la soledad aferrándose al arte popular: don Isma empezó con Envidia, el bolero, abriendo una ventana a la melancolía. El propio narrador confiesa: «Luego fui coleccionando canciones como la gente que recoge conchas en la playa». Esas melodías contrastan con las historias del pueblito de su madre, Curití, al evocar la añoranza de la tierra firme. Es el conflicto eterno de los navegantes: los pesares de las personas nómadas cuando tienen una familia que las ancla. No obstante, el peso de los años no puede echarse por la borda; los recuerdos persisten.
Finalmente, la novela adquiere una dimensión mística y de denuncia social. La pesca indiscriminada se hace visible mediante un trasmallo para pescar que atrapa especies no comestibles sin discriminación, destruyendo el equilibrio submarino. Esta agresión conecta con la cosmogonía indígena: dicen los mamos que el equilibrio se alteró para siempre cuando desecaron la laguna sagrada de Huwulka, en territorio Tayrona. Frente a esta devastación material, La vida fue hace mucho se levanta como un testimonio áspero y persistente, demostrando que la esperanza es el único salvavidas capaz de mantener a flote al navegante cuando el horizonte se borra.













