Esta bióloga ha dedicado su carrera a convertir la información genética en una herramienta para conservar la naturaleza. Su propósito es que la ciencia salga de los laboratorios y contribuya a tomar mejores decisiones sobre la riqueza natural de Colombia.

Publicado por: John Arias
La biodiversidad puede esconder historias que no siempre están a la vista. En una muestra de suelo, una gota de agua o un pequeño fragmento de tejido hay información que puede ayudar a comprender qué especies habitan un territorio, cómo se relacionan sus poblaciones y qué amenazas enfrentan. Descifrar esas señales es parte del trabajo de Mailyn González, una científica que ha encontrado en la genética una manera de aportar a la conservación de la naturaleza.
Aunque nació en Barranquilla, llegó a Bucaramanga cuando tenía apenas seis meses. Aquí creció y forjó una identidad que, asegura, también ha influido en su manera de desenvolverse en el mundo científico. La perseverancia, la franqueza y la firmeza de carácter son algunas de las características santandereanas que reconoce en sí misma y que le han servido para afrontar los desafíos de su carrera. Lea también: De las canchas de Bucaramanga al Mundial: la historia de Samantha Rodríguez con Colombia
Su interés por la naturaleza comenzó desde pequeña, en una familia cercana al campo y a la ciencia. Sin embargo, recuerda especialmente las noticias ambientales de 1993, cuando las advertencias sobre la pérdida de la capa de ozono y el avance de los desiertos despertaron en ella una intriga que terminaría marcando su futuro. “En esa época surgió para mí esa inquietud de querer hacer algo por revertir o mejorar esa situación”, recuerda.
La biología le ofreció un camino para transformar esa preocupación en preguntas, descubrimientos y acciones. En esta disciplina encontró una fuente constante de curiosidad, una motivación que continúa acompañándola después de años de investigación. “Entre más conoce uno, más preguntas se hace y el asombro con las diferentes formas de vida es algo que no termina”, explica.

Una formación entre Suiza y Francia
Su recorrido académico comenzó en la Fundación Colegio UIS. Tras terminar el bachillerato, se trasladó a Suiza para estudiar Biología en la Universidad de Lausana, donde también cursó una maestría en Biología de Poblaciones.
Posteriormente, continuó su formación en la Universidad de Toulouse III, Paul Sabatier, en Francia, donde realizó un doctorado en Ecología, Biodiversidad y Evolución. En su trayectoria académica se acercó a las posibilidades de la genética para identificar especies y ampliar el conocimiento sobre los ecosistemas.
A finales de 2009 regresó a Colombia y se vinculó a la Universidad de los Andes, donde permaneció tres años. Paralelamente, comenzó a trabajar con el Instituto Humboldt, primero como contratista y luego como integrante de su equipo de investigación.
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Allí asumió el reto de desarrollar una línea de genética de la conservación a partir de la colección de tejidos administrada por la institución, ubicada en la sede del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), en Palmira.
La misión consistía en generar conocimiento a partir de las muestras disponibles. Una de las herramientas utilizadas fue el barcoding o código de barras de ADN, una técnica que permite identificar especies mediante secuencias de su material genético.

El ADN cuenta historias sobre la naturaleza
Los primeros estudios estuvieron relacionados con aves cuyo comercio internacional está regulado por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES). Loros, colibríes y otras especies amenazadas por el tráfico hicieron parte de las investigaciones con las que comenzó a construirse información genética útil para su identificación.
Con el tiempo, el trabajo se extendió a plantas, insectos, hongos, peces, mamíferos y otros vertebrados. Cada proyecto permitió ampliar el conocimiento disponible sobre la diversidad biológica del país.
Uno de los campos que comenzó a explorar fue el ADN ambiental. Durante las investigaciones relacionadas con la delimitación de páramos y humedales, González impulsó estudios en el páramo de Iguaque para analizar cómo variaba la diversidad de microorganismos del suelo a diferentes alturas.
La investigación permitió ampliar la mirada más allá de la vegetación visible y acercarse a las comunidades microscópicas que habitan los ecosistemas.
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Esta metodología también ha tenido aplicaciones en Santander. Después del derrame de hidrocarburos ocurrido en La Lizama, se realizaron estudios de suelos, aguas y sedimentos para caracterizar los microorganismos presentes. El trabajo se extendió a áreas operativas de Ecopetrol en Santander, Meta y Huila.
Para González, el propósito de estas investigaciones va más allá de producir información científica. Se trata de que los resultados puedan utilizarse para orientar acciones concretas de conservación y manejo ambiental. “Ha sido tratar de generar datos genéticos que se puedan conectar a preguntas de gestión, a preguntas de conservación, de manejo”, señala.

De los laboratorios a la protección de las especies
Uno de los campos en los que su trabajo tiene aplicaciones directas es la atención de animales víctimas del tráfico ilegal. En colaboración con corporaciones autónomas regionales, su equipo genera información genética de los ejemplares que ingresan a centros de atención y valoración de fauna silvestre.
Identificar con precisión a estos animales puede ayudar a determinar su procedencia y orientar decisiones sobre su alimentación, manejo y eventual liberación. Conocer la especie y sus características resulta fundamental para establecer qué condiciones necesita cada individuo. “Conocer la identidad de una especie tiene muchas consecuencias”, afirma.
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La investigadora también ha participado en estudios sobre el oso de anteojos, orientados a conocer su diversidad genética y establecer qué tan conectadas están sus poblaciones. Asimismo, ha trabajado con especies de plantas amenazadas, en investigaciones que buscan aportar información para su conservación.
Su labor abarca distintos niveles: desde los microorganismos que habitan un ecosistema hasta las poblaciones de una especie y los individuos que necesitan atención especializada. En cada caso, la genética permite obtener información que puede complementar otras herramientas de investigación y apoyar la toma de decisiones.

La firmeza de una santandereana
Para González, ser mujer no debe representar una desventaja en ningún campo del conocimiento. Su experiencia le ha permitido participar en escenarios de investigación y gestión, donde considera fundamental que las mujeres puedan aportar desde sus capacidades, conocimientos y formas de liderazgo. “Creo que las mujeres tenemos la capacidad de hacer todo lo que nos propongamos”, afirma.
Su visión también incluye una responsabilidad que, a su juicio, acompaña el ejercicio científico. “Buscamos que el conocimiento no solo se genere, sino que se transfiera, se comparta, que se generen capacidades y que, a partir del conocimiento que generamos, también se tomen mejores decisiones”, explica.
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En esa trayectoria reconoce rasgos de su identidad santandereana que le han ayudado a desenvolverse en reuniones y escenarios de gestión con personas de distintas regiones. La franqueza, la claridad al expresar sus ideas y la firmeza de carácter son cualidades que identifica como parte de su manera de trabajar. “Menos mal soy santandereana y esto no me queda grande”, recuerda haber pensado durante encuentros exigentes.
Para ella, esa identidad también le ha enseñado a concentrarse en el fondo de las discusiones, incluso cuando las formas de expresar las ideas son diferentes. La transparencia y la comunicación directa, añade, facilitan el trabajo con los equipos.

Una ciencia que conecte con el país
Entre sus proyectos actuales están las iniciativas de monitoreo de la diversidad biológica junto con comunidades y actores locales, así como el desarrollo de estándares para obtener información sobre peces, microinvertebrados acuáticos y otros organismos mediante ADN ambiental.
A largo plazo, su propósito es fortalecer las conexiones de la investigación científica. Quiere que la genética deje de ser un conocimiento restringido al ámbito académico y se convierta en una herramienta útil. “Mi reto y mi intención han sido lograr que la genética salga del ámbito muy académico y conecte a la empresa, a las corporaciones, a las autoridades ambientales y a la gente”, señala.
La investigadora también identifica posibilidades en campos como la bioeconomía y la bioprospección, en los que la información genética puede contribuir a conocer y aprovechar responsablemente los recursos biológicos.
Su expectativa es que Colombia valore cada vez más la diversidad genética, un componente de la biodiversidad que todavía tiene mucho potencial por explorar. “Espero que lo que venga sea que el país tome decisiones más informadas y le dé mucho valor a la biodiversidad”, afirma.
Mailyn González continúa buscando maneras de conectar el conocimiento científico con las necesidades del territorio. Su apuesta es que comprender la riqueza natural de Colombia permita protegerla mejor y que ese patrimonio no se entienda únicamente como un motivo de orgullo. “Que la biodiversidad sea realmente nuestra identidad, pero que esa identidad venga con la responsabilidad de conservarla”, concluye.
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