Desde Bucaramanga, Catalina Serrano convirtió su fascinación por las series y las telenovelas en una carrera como guionista, escritora y docente. Con producciones como “El Juicio del Conde” y “Juegan como niñas”, ha contribuido a la ficción hecha en Santander, mientras enseña a nuevas generaciones a transformar sus experiencias en historias.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Catalina Serrano conserva una imagen de infancia que hoy parece anticipar su oficio: sentada en el piso del cuarto de sus padres, entre cuadernos y frente al televisor. Eran los años de la parabólica, cuando cada nueva serie abría una ventana hacia mundos lejanos.
Creció viendo series como Tres por tres, Salvado por la campana y Sabrina, pero también entre telenovelas, una pasión que todavía conserva.
“A mí las telenovelas me fascinaban”, recuerda.
En su casa, la televisión era parte de la rutina: su padre seguía los deportes y su madre, las telenovelas. Así, Catalina aprendió a mirar con atención mucho antes de escribir guiones.
También escribía desde adolescente, aunque tardó en unir esa pasión con la televisión. A los 16 años aún exploraba otros caminos antes de reconocer dónde quería estar.
La producción audiovisual le mostró lo que había detrás de la pantalla: edición, realización y narrativa. Así, Catalina empezó a verse no solo como espectadora, sino como creadora.
Mientras Catalina descubría historias a través de la parabólica, Santander vivía también una transformación frente a la pantalla. En 1995 nació la Televisión Regional del Oriente, Canal TRO, y un año después comenzaron sus transmisiones. Su infancia coincidió, por tanto, con un momento en el que la televisión dejaba de ser solamente una ventana hacia historias producidas lejos de casa y comenzaba a convertirse también en un espacio desde el cual la región podía narrarse a sí misma.
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Catalina creció, además, en una ciudad con una relación centenaria con las pantallas. Bucaramanga registra exhibiciones cinematográficas desde 1897, cuando el cine era todavía una novedad tecnológica que comenzaba a recorrer el mundo. Más de un siglo después, esa fascinación por mirar imágenes en movimiento encontraría nuevas generaciones dispuestas no solo a consumirlas, sino también a producirlas.

Hacerlo desde Bucaramanga parecía difícil, así que Catalina siguió formándose en comunicación y encontró en la radio y la televisión universitaria una escuela decisiva. Allí, entre quienes marcaron su camino, estaba Mario Mantilla.
Primero fueron amigos y colegas; después se convirtieron en pareja y, con el tiempo, en compañeros de creación. Catalina suele resumir esa historia con una frase cargada de humor: “Me casé con mi mentor”. Sin embargo, detrás de la broma también aparece un proceso de formación compartido, pues junto a Mantilla y otros realizadores de la región se acercó cada vez más a la producción independiente y comenzó a encontrar su lugar dentro de los proyectos audiovisuales.
Entre rodajes, personajes e ideas llegó la escritura. Pienta, El Encanto y El Juicio del Conde le confirmaron que podía escribir televisión desde Santander.
Con El Juicio del Conde, Catalina pasó de admirar actores en la pantalla a escribir historias para ellos.
La nominación a los Premios India Catalina confirmó que desde las regiones también es posible crear ficción con alcance nacional.
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Mientras avanzaba como guionista, Catalina creó Tiempo de Series, un espacio para recomendar y analizar televisión en redes, YouTube, blog y pódcast.
Ese proyecto también fue una escuela: le permitió entender mejor la narrativa, la producción y el negocio audiovisual.
Esa experiencia también le aclaró su lugar en la industria: más que hablar de las historias, Catalina quería escribirlas.
Alrededor de los 40 años revisó sus referentes y notó que casi todos eran hombres. Entonces se hizo una pregunta clave: “¿Dónde están las mujeres?”.
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Desde entonces empezó a leer más mujeres y encontró nuevas referentes, como Nora Ephron. Más que reemplazar sus influencias, amplió el horizonte desde el que podía imaginarse como creadora.
A los 40 también replanteó las historias que quería contar. De esa búsqueda surgió Juegan como niñas, una serie sobre fútbol femenino y los prejuicios que enfrentan las niñas.
Juegan como niñas superó las expectativas del equipo: tras emitirse en canales regionales, llegó a nuevos escenarios y recibió reconocimientos que confirmaron el alcance de una historia hecha desde Santander.
Esa experiencia también reforzó una idea que hoy lleva a las aulas.
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Como profesora de Comunicación Social, Catalina enseña producción y lenguaje audiovisual con una premisa: primero hay que conocer las reglas para luego poder romperlas.

Incluso cuando ve una serie por gusto, analiza guiones, escenas y tendencias. “A veces estoy estudiando”, dice.
El cine sigue siendo otra de sus pasiones. “Mi primer amor es la televisión y mi amante es el cine”, resume.
La ficción reúne sus dos grandes pasiones y le permite imaginar otros mundos. Por eso, dice, la ama.
En los últimos años, la enseñanza ganó fuerza en su camino. Además de ser profesora, Catalina ha trabajado con niños y jóvenes de Floridablanca, mostrándoles que una anécdota o un recuerdo también pueden convertirse en historia.
De esos talleres recuerda a un niño de nueve años que, al contar cómo se hizo hincha del Barcelona por su padre, terminó llenando una hoja.
Esa idea también guía sus proyectos actuales: sigue desarrollando historias y explora formatos como una novela por entregas vía newsletter.
Hoy tiene claro que, además de contar sus propias historias, quiere ayudar a otros a encontrar las suyas.
Desde Bucaramanga, ser guionista parecía lejano, pero Catalina terminó convirtiendo esa posibilidad en oficio.
Décadas después, Catalina sigue viendo televisión, enseñando y escribiendo. Aquella fascinación de la infancia terminó convertida en oficio.















