Si ocurre alguna situación que nos obliga a cambiar, entendamos que somos los principales conductores de dicha transformación. Es usual que el miedo a cambiar pueda interferir en ese proceso, pero no debemos resistirnos, pues todo en la vida está en movimiento y es preciso asumir la realidad.

Con la frialdad de la noche el vapor se condensa en la atmósfera en gotas que escasamente son perceptibles a la vista. Hablo del rocío, ese que se posa suavemente sobre la hierba como una delicada caricia de la naturaleza. Esa gota refleja, además de la pureza y la frescura que trae la lluvia, la renovación del paisaje.
Y así como el rocío conlleva un nuevo comienzo para el entorno, los cambios que experimentamos a nuestro alrededor también nos instan a transformarnos. Es claro que cualquier giro, por más pequeño que sea, nos genera incertidumbre; sin embargo, querámoslo o no, nos corresponde enfrentarlo.
Yo sé que en muchas ocasiones nos da pavor ver ‘cara a cara’ a esa nueva circunstancia, pero no por eso debemos escapar de ella. Y si en ese proceso nos equivocamos, no hay problema; podremos recomenzar sabiendo que no perdimos el tiempo, pues cada cosa que hagamos nos dejará aprendizajes.
Por encima de los temores, siempre podemos embadurnarnos de fortaleza y de renovación en esos instantes en los que nuestros caminos nos lanzan a otros destinos.
El cambio nos brinda la oportunidad de ser resilientes y de adaptarnos a las circunstancias sorpresivas. Al igual que una gota de rocío puede darle más vida a la naturaleza, nuestros propios cambios nos ofrecen experiencias en nuestro camino material y espiritual.

La clave es asumir el desafío, más allá de que nuestro equilibrio interior se inquiete o que se nos mueva el piso; al final, todo será para bien.
Reitero: el cambio es inevitable y quien no esté dispuesto a adaptarse a él vivirá momentos difíciles o, al menos, se sentirá muy incómodo.
Muchas veces yo mismo me pregunto qué tan dispuesto estoy a lidiar con las nuevas circunstancias. ¿Qué responderé? Pues, obvio que siento cierta angustia, entre otras cosas, porque lo que me resulta extraño suele dejarme a la defensiva. No obstante, cuando estudio lo que sucede, comprendo las lecciones que la vida me quiere brindar. Lo que no hago jamás es sacarle el quite a lo desconocido, ‘con el cuento’ de que no quiero estresarme.
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En lugar de temer a la transformación, todos deberíamos abrazar cada nueva situación como una oportunidad para adquirir mayor experiencia. Si nos resistimos, nos veremos navegando en aguas turbulentas. No podemos insistir en vivir en el letargo la rutina: es mejor sumergirnos en la corriente del cambio con valentía y gratitud.
Escuchemos nuestro corazón, dejémonos llevar por la intuición, y seamos valientes. ¿Es fácil hacerlo? ¡Ni un poquito! Pero aprendamos a hacerlo, porque la vida es eso: cambio.
BREVES REFLEXIONES

¿Sabía usted que ser amable estabiliza su estado de ánimo y frena sus estados de estrés y de ansiedad? Y la amabilidad tiene el poder de desactivar actitudes negativas en los demás. Su propia alma se nutre de buena vibra cuando es amable.
Las manifestaciones más comunes de la envidia son: la crítica amarga, la sátira, la calumnia, la copia, la compasión fingida y el abrazo falso; sin embargo, su forma más peligrosa es la adulación servil.

A todos nos corresponde desarrollar esa capacidad de soportar algo sin alterarnos. Debemos tener paciencia, la vida es muy corta como para gastarla en ansiedades. No nos amarguemos por conseguirlo todo de una; todo llega a su tiempo.

Como conductores, casi todos solemos creernos más prudentes y más hábiles ‘al volante’ que cualquier otro. Nos percibimos más inteligentes que los demás y, a veces, construimos nuestras vidas inspirados en sueños irrealizables.
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EL CASO DE HOY

Testimonio: “Suelo escapar de los problemas. Soy un experto en evadir todo; es más, prefiero escapar de la tortura de verme al espejo. Son tantas las pruebas que la vida me ha puesto que soy muy cobarde para resolver todos mis líos. ¿Qué me podría aconsejar? Gracias”.

Respuesta: A muchas personas, tal y como le ocurre a usted, les cuesta aceptar lo que está viviendo y prefieren huir.
La verdad es que a veces la vida lo somete a duras pruebas, pero cerrar los ojos ante lo que sucede no cambiará los hechos; al contrario, puede conducirlo a la aparición de trastornos psicológicos debido a la represión de los contenidos emocionales que lo seguirán perturbando desde el inconsciente.
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Dicho de una forma más directa: escapar le alivia de manera parcial aquello que usted teme afrontar; pero esa es solo una salida, no la solución. En últimas, la experiencia, el recuerdo, la situación de la que huye permanece sin resolverse, arruinando de algún modo su cotidianidad.
Procure calmar su mente y trate de conectarse con usted mismo, con miras a encontrar paz interior y claridad en medio de las dificultades.
Tómese el tiempo para ordenar sus pensamientos, emociones y acciones; es decir, haga una autoreflexión, pues eso le ayudará a comprender su estado actual y sus motivaciones; además, así podrá identificar áreas en las que puede mejorar.
Enfrente su realidad, por muy difícil que le parezca dar ese paso. Acepte su situación actual, pues ese será el punto de partida para el cambio y el crecimiento espiritual. ¡Pídale a Dios que le dé fortaleza y claridad para saber actuar!
















